Herrero, atropellado por un paso de cebra

El ciclista bilbaíno, que acabó en el hospital, se cayó con Evans y Riccó en la recta de meta de Orio, donde Cunego superó al líder Contador

J. GÓMEZ PEÑA
AL SUELO. David Herrero trata de recuperarse de la espectacular caída que sufrió a la entrada de la recta de meta de Orio. / FOTOS: REUTERS/
AL SUELO. David Herrero trata de recuperarse de la espectacular caída que sufrió a la entrada de la recta de meta de Orio. / FOTOS: REUTERS

Los pasos de cebra tienen dos caras. Jeckill y Hyde. Son islas que rescatan a los peatones del tráfico y que, a la vez, atropellan ciclistas. Los tumban. Los pasos de cebra visten dos pieles. Una es de asfalto: segura, tierra firme. La otra está maquillada, pintada de blanco. Color inocente. Trampa. Ni el cristal es más deslizante. Tierra movediza. La etapa 'reina' de la Vuelta, la del pico de Aia, se condensó en los seis metros del paso de cebra que va hacia la playa de Orio. A 400 metros de la meta. Evans estiraba el cuello de los dorsales con peso: Contador, Herrero, Schleck, Cunego, Astarloza, Riccó... El australiano enloqueció el último descenso. Bufaba. Humeaba aliento por la nariz. Entró primero en la última rotonda. Herrero, candado a su rueda, le arañó allí un metro. Moto. La velocidad del riesgo. Pero se encontró de repente sobre el paso de cebra. En la cuerda blanca del funambulista. Los dos centímetros de suela de su tubular pasaron de la brea a la pintura. Al espejo. Roto. Cambió la meta por el bordillo. Trazó el giro recto. Derecho al hospital.

Antes pudo alcanzar la meta. Con una pierna trenca, desmanejada, inútil. Pedaleando sólo con la izquierda. Con el muslo y el tobillo derechos en piel viva. A lágrima viva. Astillado por fuera y, sobre todo, roto por dentro. Por caerse en la Vuelta de su vida. Por sentirse amputado para la contrarreloj final de hoy. Luego, en el hospital le dijeron que sí, que podrá correrla si una mala noche no lo impide. Los médicos le devolvieron, aunque averiada, su segunda biela. Y los jueces le dieron el mismo tiempo que el vencedor en Orio, Cunego. En la general sigue a sólo ocho segundos de Contador (como Cunego, Kirchen, Evans, Astarloza, Monfort, Rebellin, Dekker y Schleck), pero con un golpe de más. La coz del paso de cebra. Herrero marcado por la herradura. Al salir del hospital era pesimista: es duda para la contrarreloj de hoy.

El vadén que contenía ese cruce pintado tuvo casi más altura que el resto de la etapa. Fría. Un día que jadeaba en las subidas a Esolua y Santa Ageda, y que tosía en sus descensos. El Euskaltel incendió una hoguera al principio. Calor. El descenso de Arlaban es una ruta de camiones. Tiene asfalto de aceite, de gasoil. Con eso basta para desparramar el pelotón. Y más si llueve. Delante, sólo quedaron 25, entre ellos Contador, siempre a punto. Hacia arriba y hacia abajo. Líder total, blindado por el Astana. Con él allí, los demás renunciaron. Que decida el muro de Aia: ese kilómetro y medio con un escalón del 26%. Al borde de la ley de la gravedad. En esa dirección tiró el Saunier. Camaño sacó el látigo amarillo.

Entusiasta Antón

La curva inicial de Aia la ganó el Caisse d'Epargne: Arroyo, David López y su especialista en muros, Joaquín Rodríguez. Tras él, Dekker, Cunego, Rebellin, Herrero, el entusiasta Antón (fue el primero en tirar hacia la gran muralla guipuzcoana)... Y Contador. Hasta allí, al líder le había guardado la espalda su equipo; desde ahí, de eso se encargó la montaña. Es lo suyo. «Aia se me ha hecho corto», dijo luego. Esa frase mide su tamaño, el de un vencedor del Tour. Él y Joaquín Rodríguez treparon primero al pueblo que levita sobre Orio. Al resto, Aia les pareció infinito, de goma. Subieron con miradas oblicuas. Mejor no ver. A pedales de cemento. O incluso a pie. Por eso llevaban calcetines sobre las zapatillas, para caminar. Todos domesticados por dos tremendas rampas. Amarrados al suelo. A muchos no les bastó ni con el piñón de 27 dientes, ni con el compack. Del dolor de Aia no te salva ni la técnica. Era la escena esperada. La tortura rítmica. Lenta. Interminable salvo para Contador. «Mejor si hubiera sido más larga. Así habría podido hacer más hueco». Pájaro voraz.

A la cima, los candidatos llegaron desparramados. Se juntaron en el descenso hacia Orio: Contador y Rodríguez, más Evans, Schleck, Cunego, Herrero, Dekker, Astarloza, Antón, Riccó... Astarloza abrió la puerta de Orio. Estilo imponente. Quijote. Pisaba su casa. Podía conducir a ciegas. Con Herrero, Schleck y Cunego buscó ventaja en el ascenso a la rampa de Txanka. Eso mismo hizo luego Evans en el descenso. Nombres del Tour en Orio. La meta esperaba tras una rotonda. La que descorrió la cortina del paso de cebra. Evans y Herrero no salieron de él. Ahogados en pintura. Contador es un líder afortunado. Los libró. Retráctil. Como Cunego, vencedor sin respuesta. Riccó, en cambio, se zambulló en la caída. Patinó al lado de Herrero, el malherido. Desarticulado, aunque sin ninguna fractura. Sólo con el ánimo quebrado porque si hoy sale en la contarreloj llevará encima el peso rayado de la cebra.

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