Las últimas de Quejana

Álava despidió con gran emoción y mucha tristeza a las cinco monjas dominicas del monasterio que fundó en 1378 el padre del Canciller de Ayala

F. GÓNGORA P.GONGORA@DIARIO-ELCORREO.COM
CLAUSTRO. Una de las hermanas saca una foto digital de los asistentes a la misa. / IGOR AIZPURU/
CLAUSTRO. Una de las hermanas saca una foto digital de los asistentes a la misa. / IGOR AIZPURU

630 años de oración y silencio encadenados, de rezos, plegarias y hermosos cantos, de lágrimas secadas en su hábito blanco, de favores y sonrisas se cerraron ayer con un «gracias» de la madre superiora en la puerta del convento de Quejana, en medio de un tumulto de personas que querían sellar personalmente el agradecimiento. El monasterio de San Juan Bautista, el segundo más antiguo de los que actualmente existen en Álava, ha sido cerrado por petición propia. El pasado 25 de enero recibieron la carta de autorización de mano del mismísimo papa, Benedicto XVI, con el visto bueno del Obispo de Vitoria. Se cerraba así seis siglos de historia de un gran beaterio, ubicado en uno de los parajes más hermosos de Álava.

Nerviosas, pero siempre amables, las cinco heroínas de ese castillo del espíritu que es el conjunto monumental fundado por el padre del Canciller Ayala, Fernán Pérez de Ayala, trataban de sonreír guardándose la inevitable tristeza para dentro. Se llaman sor Caridad Azcárate, sor María Jesús Angulo, sor Natividad Arteche, sor Mari Paz Guijarrubia y sor María Gloria de la Vega. La más joven supera los 70 años. En breve se mudarán a un nuevo destino: el convento de dominicas de San Sebastián para seguir haciendo lo que saben: predicar y hablar de Dios desde el silencio y la contemplación.

Decenas de personas, amigos, vecinos de Quejana y de Amurrio, abarrotaron el pequeño templo de San Juan Bautista para darles un cálido adiós. La misa de despedida estuvo presidida por el obispo Miguel Asurmendi, al que acompañaron otros 16 sacerdotes, entre ellos el provincial de la orden de predicadores. Entre los que quisieron agasajar a las monjas -dueñas las llamaba el Canciller- se encontraban el diputado general, Xabier Agirre; el presidente de las Juntas Generales, José Antonio Zárate: diputados forales como Javier Aspuru o ex diputados como Gabriel Chinchetru o Gaizka Gancedo; hombres de la empresa como Josu Lapatza o de la cultura como Henrike Knörr o Joaquín Jiménez.

Especialmente emotivas y sencillas fueron las palabras del presidente de la junta administrativa de Quejana, José Ramón Isla. «Mi casa está llena de tapetes y calcetines de lana que hacían ellas. En su huerta han estado mis abuelos y mis padres. Hemos comido sus dulces. La relación con el pueblo ha sido formidable. Aquí nos han bautizado, nos hemos casado y hemos despedido a nuestros familiares. Son unas vecinas más, las mejores», decía el regidor que ponía palabras a los sentimientos de los presentes.

«En el corazón»

«Se quedan en el corazón», anunció el diputado general, Xabier Agirre, que confió en que las negociaciones que se llevan a cabo entre la comunidad y la institución para comprar el conjunto lleguen a buen puerto. «El acuerdo será bueno para las monjas y para el patrimonio de la provincia», aseguró.

Uno de los momentos más emotivos ocurrió al terminar la misa. Las dominicas permanecieron enclaustradas en el coro de la iglesia tras una imponente verja de hierro. Los presentes comenzaron a aplaudir y agitar las manos y se cantó un popular «adiós con el corazón que con el alma no puedo». Las palabras se ahogaron en lágrimas. A personas de todas las edades se les encogió el alma.