La pugna soterrada sale a la luz

La decisión de Urkullu de enmendar la plana a Egibar es el primer reflejo de la distancia entre dos líderes que nunca han mantenido una relación estrecha

OLATZ BARRIUSO
LÍDER. Urkullu, el martes en Sabin Etxea con Greaves. / B. CORRAL/
LÍDER. Urkullu, el martes en Sabin Etxea con Greaves. / B. CORRAL

¿Pretendía Joseba Egibar con su órdago del martes sabotear las conversaciones de Iñigo Urkullu con el PSOE? Ésa es la pregunta que muchos se han hecho esta semana en el PNV, después de que, a lomos del controvertido 'caso Mondragón', el presidente del EBB y el líder guipuzcoano hayan escenificado como nunca la distancia que les separa. La imagen de un Egibar impertérrito escuchando cómo su jefe de filas corregía el rumbo que él había marcado un día antes quedará para los anales del partido. Ésa es, hasta la fecha, la única fotografía pública de sus divergencias, que ambos acordaron aparcar para salvaguardar la unidad de la nave jeltzale en octubre, tras el abandono de Josu Jon Imaz para evitar males mayores. Pero a nadie se le escapa que el cese de hostilidades fue más una unión de conveniencia que el reflejo de un consenso real.

Muchos en el PNV creen que la decisión del burukide de Andoain de no corresponder al gesto de su rival interno batiéndose también en retirada da la medida exacta de su carácter y de su apego al poder, en el que lleva instalado de forma ininterrumpida desde hace más de veinte años, tanto en cargos institucionales como internos. Fue precisamente su feudo guipuzcoano el único territorio donde no fue posible la integración entre sectores en la ejecutiva. No falta quien, dentro de sus propias filas, le achaca «deslealtad» hacia la máxima autoridad de su partido o, al menos, cierta tendencia a «ir a lo suyo», a actuar por libre y de acuerdo con sus intereses. Sin sopesar demasiado las consecuencias de sus acciones.

La polémica en torno a la moción de censura en Mondragón es buen ejemplo de ello: Egibar no sólo había dejado patente en la asamblea territorial del 28 de marzo su nula intención de apoyar la iniciativa, también se lo había comunicado al PSE, a sus concejales en el municipio y a un EBB huérfano de líder en ese momento. Y, fiel a su estilo, llegó hasta el final sin titubear, mientras Urkullu negociaba prebendas institucionales en Madrid con el PSOE, ajeno, a decir de los suyos, al vendaval que se avecinaba.

Es muy posible que el presidente del PNV no se haya sentido dolido en lo personal -sí en lo político- por la jugada de Egibar, porque nunca ha existido entre ellos una especial química y mucho menos una relación de amistad como la que sí unió hace bastantes años al líder del GBB con Imaz. Pero Egibar y Urkullu, a pesar de ser coetáneos -de 1959 el guipuzcoano, del 61 el vizcaíno- y de haber vinculado ambos desde siempre su vida personal y profesional al partido, nunca se han relacionado más allá de lo estrictamente necesario. Ni siquiera en el largo período en que ambos coincidieron en el Parlamento vasco, donde, según fuentes peneuvistas, cada uno tenía «su gente» y hacía su trabajo sin demasiadas interferencias, al frente de la comisión de Derechos Humanos Urkullu y como portavoz Egibar.

Precisamente, en la época en que el dirigente de Andoain acumulaba hasta tres cargos internos -el liderazgo del Gipuzku, la portavocía del EBB y la del grupo jeltzale en la Cámara de Vitoria- el potente 'aparato' vizcaíno trató de que Urkullu ostentara alguna de las portavocías, pero Xabier Arzalluz frenó en seco la maniobra. De hecho, la cercanía entre el veterano burukide y Egibar -su delfín para la sucesión- contrasta con su escasa simpatía por Urkullu. El pragmatismo de este último nada tiene que ver con la etiqueta de 'soberanista' que acompaña a Egibar desde que se convirtiera en uno de los principales impulsores de la fallida aventura de Lizarra y que le ha valido reproches en sus propias filas por su supuesta excesiva condescendencia con la izquierda radical.

Poco antes de esa apuesta por la acumulación de fuerzas nacionalistas, que nunca ha dejado de abanderar, Egibar autorizó como líder de la ejecutiva guipuzcoana una operación calcada a la que ahora ha intentado desarbolar. PNV, PSE y EA desalojaron en 1997 de la alcaldía de Mondragón al alcalde de HB y colocaron al peneuvista José María Loiti. ETA acababa de asesinar a Miguel Ángel Blanco.

Caracteres herméticos

La férrea vinculación del actual presidente a la organización vizcaína frente a un Egibar dedicado en cuerpo y alma a levantar el partido en Guipúzcoa desde la escisión que dio lugar a EA tampoco ha favorecido el acercamiento entre dos líderes herméticos que, aparte de ese rasgo de carácter, no comparten ni aficiones deportivas: Urkullu es un declarado futbolero y Egibar tiene en común con el lehendakari la pasión por el ciclismo.

Precisamente, el ardor empleado por la portavoz de Ibarretxe, Miren Azkarate, en defender el proceder de Egibar ha alentado las sospechas sobre la supuesta intención del dirigente guipuzcoano de frustrar cualquier entendimiento con el PSOE para allanar el camino a la 'hoja de ruta' de Ibarretxe, que, de seguir adelante, quedaría en manos precisamente de la izquierda radical. Casi lo logra: los socialistas vascos montaron en cólera y presionaron a sus compañeros en Madrid para que retirasen al PNV los senadores prestados si no rectificaba.

Desde octubre, todas sus maniobras en la sombra han ido encaminadas a apuntalar los planes del lehendakari, aunque nunca habían requerido de un golpe de timón semejante para frenarlas. Sobre todo la que, también por su cuenta y riesgo, fue fraguando para sumar voluntades en torno a la gran coalición nacionalista en apoyo al derecho a decidir. Logró hacer ruido pero fracasó en su intento. Igual que ahora.