Fuera de órbita

Mike Oldfield estrenó en el Guggenheim de Bilbao su 'Música de las esferas' sin ser capaz de integrarse en el sinfonismo de la orquesta y el coro

JOSU OLARTE
CONCENTRADO. Oldfield, en un momento del concierto. / EL CORREO/
CONCENTRADO. Oldfield, en un momento del concierto. / EL CORREO

Ciudades de las ciencias, planetarios o modernas galerías de artes plásticas. Con la complicidad de las sucesivas discográficas que han amparado la última etapa de su redundante carrera, Mike Oldfield se ha habituado a buscar marcos con vitola contemporánea para estrenar las obras con conexiones trascendentes y espirituales a las que suele ser proclive. En esa dinámica hay que enmarcar su última apuesta, 'Music of the Spheres', una suerte de sinfonía en dos movimientos inspirada por la secular teoría de los sonidos armónicos que emiten los planetas y los cuerpos celestes.

Los sesenta músicos de la Orquesta Sinfónica de Euskadi y las 44 voces femeninas de la Sociedad Coral tuvieron que empaquetarse en la parte trasera del atrio del museo Guggenheim, marco elegido para la 'première' mundial de la obra, para dejar espacio al público, restringido a centenares de periodistas y 'vips'. Aunque excesivamente iluminado, el marco tuvo la solemnidad necesaria y una sonoridad casi catedralicia, muy a tono con la vocación clásica y orquestal del disco número 24 de autor de 'Tubular Bells'.

Un alto directivo del sello Universal Classics introdujo el recital refiriéndose al «cambio en la forma de abordar las grabaciones» que supuso el famoso disco instrumental que Oldfield grabó en 1973 con sólo 19 años. Oldfield lo definió en su día como «algo que comienza con un arpegio y termina con una campana». Y lo cierto es que algo de eso hubo en un concierto que comenzó con la secuencia de su melodía inserta en 'Harbinger' y concluyó con las campanas tubulares del emblemático epílogo 'Musica Universalis'.

Oldfield ha trabajado con orquestas en diversos momentos de su carrera, aunque para dar forma a un álbum puramente clásico recurrió a Karl Jenkins, compositor galés célebre gracias al éxito de obras a medio camino entre el clasicismo y las nuevas músicas como la saga Adiemus. Sus partituras no suponen ningún gran desafío para una orquesta de la solvencia de la Sinfónica de Euskadi. Otra cosa es la manera en que se integraría con ella en directo un músico que había reconocido su dificultad para seguir la batuta del director Enrique Ugarte.

Lo que de alguna manera se sabía, que Oldfield no es un guitarrista de concierto en el sentido más clásico del término, se pudo comprobar al poco de sentarse con su guitarra española Ramírez y cuando recurrió a unas gafas para seguir a duras penas la partitura de su atril. «No sé leer ni escribir música demasiado bien», ha reconocido el artista de Reading, que dejó en la adolescencia sus estudios musicales para convertirse en multinstrumentista y compositor autodidacta e intuitivo.

Músicas evanescentes

La Sinfónica de Euskadi y el coro de voces femeninas engrandecieron y aportaron la ampulosidad acústica necesaria a una obra en la que Oldfield toca poca guitarra en la grabación original y, en consecuencia, tampoco lo hizo demasiado en su 'première' bilbaína. Por momentos agarrotado, aplicó microfonía a su guitarra pero no logró aportar la presencia necesaria a sus escuetos fraseos románticos, que quedaron en buena medida sepultados por el suntuoso acompañamiento orquestal.

Influenciada en teoría por predecentes como la suite 'Los Planetas" del británico Gustav Holst, la escuela minimalista (Reich, Glass, Mertens) y productores coetáneos como William Orbit, la por momentos evocadora 'Music of the Spheres' evoca, desde su impronta clásica, las nuevas músicas evanescentes, que Oldfield anticipó en 'Hergestride' o en 'Incantations' (78), en las flautas célticas de 'Voyager' (91) y 'Riverdance'. También conecta con la época cinemática de compositores como Howard Shore o el Vangelis de 'La conquista del Paraíso', o 'Mythodea: Mars Oddysey', o el clasicismo 'new age' del propio autor de 'Adiemus'.

Mención aparte merece la debilidad de Oldfield por inmaculadas voces femeninas como la de Hayley Westenra, joven y popular soprano neozelandesa cuyo prodigioso chorro cristalino llenó el atrio de Guggenheim en ese 'On my heart' que,de haberlo escuchado, Leonard Rosenman hubiera deseado incluir en lugar de Enya en la banda sonora de 'El señor de los anillos'.

Fue el momento que más llegó al auditorio del «maravilloso experimento acústico», tal y como Oldfield calificó su conexión con la OSE y las voces de la Sociedad Coral que, por momentos, parecieron gravitar en otra órbita.

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