Finlandia ha logrado que el 94% de los alumnos acabe con éxito la etapa de enseñanza obligatoria

IMPLICADOS. En la clase de Geometría del centro de Secundaria de Nummela, los alumnos participan de forma activa. / FOTOGRAFÍAS: I. GARRASTATXU/
IMPLICADOS. En la clase de Geometría del centro de Secundaria de Nummela, los alumnos participan de forma activa. / FOTOGRAFÍAS: I. GARRASTATXU

En Finlandia la luz del sol es el bien más escaso. Y más en febrero. Aún no son las nueve de la mañana y un gris plomo envuelve el pueblo de Raisio, situado a las afueras de Turku, antigua capital, a 200 kilómetros de Helsinki. De los bosques y senderos que rodean la escuela Kerttula Koulu aparece un goteo de niños caminando, con esquís de fondo o avanzando a duras penas en bicicleta por la nieve. La temperatura roza los tres grados bajo cero y los patios están nevados. Los pequeños dejan sus esquís y bicicletas apoyados en las paredes de esta escuela con aspecto de acogedora casita de cuento y se lanzan a jugar al fútbol o a escalar montones de nieve.

La enseñanza obligatoria se inicia en Finlandia a los 7 años en escuelas como la de Raisio -pequeñas y de ambiente familiar-, que imparten la primera etapa hasta los 12 años. Aquí comienza a gestarse el 'milagro' educativo finlandés, una fórmula que tratan de descubrir muchos países europeos y que ha colocado a Suomi -en finés: 'el país de los pantanos'- en los primeros puestos en la prueba de PISA en materias como Lengua, Matemáticas y Ciencias, realizada a adolescentes de 15 años. EL CORREO ha recorrido escuelas finlandesas para conocer las claves. Comienza la búsqueda.

No llegan autobuses de transporte escolar a las puertas de Kerttula Koulu, ni padres que lleven a sus hijos en coche. No hay madres que carguen con las mochilas de sus pequeños o les griten que no se mojen con la nieve. Aparcan dos taxis en la entrada con varios niños. Los escolares campan a sus anchas.

En este país de 338.000 kilómetros cuadrados y 5,2 millones de habitantes no existe el transporte escolar. El Ayuntamiento, que lleva las riendas de la enseñanza en cada municipio, asigna a los escolares a un centro educativo a menos de cinco kilómetros de su casa. Hay varios colegios de tamaño pequeño en cada pueblo -una decena para los 24.000 habitantes de Raisio-, lo que contribuye a facilitar una enseñanza muy individualizada. Kerttula Koulu tiene 300 alumnos y 18 profesores. Si el niño vive en una zona muy alejada, el municipio le paga el taxi a diario. «Cuando empezó mi hija le traía en coche. Me llamó el director y me dijo que tenía que venir andando como el resto. Aquí quieren niños independientes», explica Begoña del Barrio, profesora de español nacida en Bilbao y que vive en Raisio.

Refuerzo escolar

Los pequeños entran al colegio, se quitan anorak, pantalones de esquiar, botas, guantes y gorros y los dejan en sus colgadores. Hay orden y limpieza. La jornada escolar ya está en marcha. Hay alumnos que han empezado a las ocho de la mañana para dar clases de refuerzo. Recibir ayuda escolar es algo habitual. No etiqueta a los alumnos como 'torpes'. En los colegios de Finlandia es frecuente ver a un docente sentado junto a un alumno en una mesa del pasillo, en la biblioteca o en un aula. Los estudiantes aprovechan el descanso, entran una hora antes, o salen una más tarde para esas sesiones.

El director de Kerttula Koulu, Ollie Ranta, lo resume: «Aquí nunca dejamos solo a un niño con problemas de aprendizaje. Es uno de los secretos de los resultados que obtenemos en PISA». El profesor de cada materia es el que se encarga de dar las clases de refuerzo de su asignatura. En Finlandia, el 94% de los estudiantes finaliza con éxito la etapa obligatoria -en España apenas llega al 70%-, y el otro 6% acaba por reincorporarse al sistema educativo años más tarde a través de la Formación Profesional.

Sanna Reiman está en clase con una alumna inmigrante que aprovecha el descanso para poner al día su trabajo escolar. Es la profesora de Lengua Materna, como se llama en Finlandia a la asignatura. El 92% de la población habla finés y el 6%, sueco -el 'saame' sobrevive en áreas de Laponia-. Los alumnos tienen derecho a estudiar en cualquiera de las dos lenguas oficiales. Todos se escolarizan en su idioma materno y el otro lo cursan de forma obligatoria como asignatura, dos horas semanales.

El sistema educativo de este país nórdico se vuelca en el aprendizaje de la lengua, sobre todo en los primeros cursos, entre primero y cuarto -de los 7 a los 10 años-. Hay más de siete horas a la semana. «Es el fundamento de la enseñanza. Deben aprender a expresarse bien, a escribir, a leer. De ello depende su futuro escolar», remarca Sanna. La mayoría de las clases de refuerzo hasta los diez años se dedican al dominio del idioma materno.

La de Lengua es una de las clases que se desdobla junto con Inglés y Matemáticas. Forman grupos de 10 ó 12 alumnos -las clases son de 20 a 25-. «Leemos, hacemos redacciones, teatro, grabamos vídeos», añade. Todos los viernes, la profesora acude a la biblioteca municipal con los niños. Y hay autobuses-biblioteca que se desplazan por los colegios para prestar libros a los escolares. «La riqueza de vocabulario de los niños finlandeses es sorprendente», comenta el catalán Manuel Pelegrín, traductor de finés.

Suena una música suave, relajante, como el ambiente de este colegio, donde ¿no se oyen gritos!; la melodía marca el fin de cada clase. Los niños salen al patio a jugar. La vida escolar de Kerttula Koulu es intensa, no hay tiempo de aburrirse. Las clases son de 45 minutos y hay 15 de descanso después de cada asignatura. Tienen media hora para comer. «Aquí no se pierde el tiempo», dice Begoña del Barrio. Los profesores se colocan chalecos amarillo reflectante cuando salen a vigilar los patios -para que les vean entre la penumbra de las 11 de la mañana-.

Los maestros hablan con orgullo de su labor. «¿El secreto de PISA?: Los profesores. Son brillantes», sentencia con una sonrisa Markku Vanala, el especialista de Carpintería. Es otro de los pilares del sistema: la formación del docente. Cursan una carrera universitaria y ciclos de pedagogía. Para obtener el título deben enfrentarse a un tribunal de expertos y otro de niños, con el fin de demostrar que saben explicar.

Es una profesión con un gran prestigio social. Está reservada para los mejores estudiantes. Apenas un 15% de los aspirantes logra plaza para entrar en las facultades. «Los profesores son vocacionales y tienen un gran entusiasmo», dice el director. Sólo se quejan del sueldo. Entre 2.200 y 2.600 euros.

-¿Cuántos alumnos suspenden?

-Aquí no hay suspensos. (A Begoña, la profesora de español que ejerce de traductora, le sorprende la pregunta).

-¿No hay suspensos? ¿Nadie? En España es habitual que un escolar traiga dos, tres, cuatro...

-Las notas van del 4 al 10. Pero 4 no se pone casi nunca. Antes de que llegue el suspenso ya se ha detectado el problema.

-Y repeticiones... En España, entre un 30% y un 40% de los alumnos repite curso.

-No se repite. Es muy raro.

Un grupo de alumnos de Raisio sale del colegio para su hora de Educación Física. Van a patinar sobre hielo. En otra clase han cogido los esquís de fondo y se dirigen al bosque a pasear. Se pierden en medio del paisaje gris. Los alumnos acaban a las cuatro de la tarde. Dan de 20 a 30 clases semanales, según las etapas. Similar a cualquier país europeo. Pero su calendario sí es más largo: Los niños finlandeses tienen 190 días lectivos, 15 más que en España, de mediados de agosto a finales de junio. ¿Deberes para casa? A diario. «Entre media y una hora todas las tardes», aclara Emilia Raitio, de 12 años.

Respeto al profesor

En Finlandia utilizar el coche es un lujo. Los impuestos que se pagan por los vehículos -como por todo- son altos y la gasolina, cara. La población utiliza el transporte público, puntual y abundante. El autobús que sale a las siete y media de la mañana de Helsinki en dirección a Nummela lo cogen a diario estudiantes que acuden al instituto de este pequeño pueblo situado a 50 kilómetros al norte de la capital, dedicado a Secundaria, de 12 a 16 años. Para los escolares es gratis.

La autopista está helada. El conductor se detiene en pequeñas paradas con techos de madera. En ellas esperan grupos de adolescentes. Llegan del bosque que rodea la autopista, de casitas de madera que se adivinan entre los árboles. Llevan puestos sus auriculares. Durante el trayecto hasta Nummela charlan, repasan apuntes o escuchan música. No alborotan.

El instituto Nummelanharhun Koulu está en una pequeña colina nevada. Cruzar la puerta del centro es como entrar en una exposición de muebles de Ikea. Mesas, sillas, pizarras... parecen recién estrenados. Los libros están apilados en las estanterías por colecciones. Hay periódicos en las mesas de los pasillos, en la biblioteca, en las aulas, en la sala de los profesores. Finlandia es el país europeo con más lectores de periódicos. En los tablones cuelgan trabajos sobre la Unión Europea. Ni una pintada, ni un papel en el suelo. Parece mentira que entre esas paredes se muevan a diario 500 adolescentes. Cada clase tiene un ordenador y la biblioteca dispone de una veintena. No hay lujos, pero sí los medios necesarios. El Gobierno gasta entre 5.000 y 8.000 euros por alumno y curso según las etapas -En Euskadi la factura es de 6.500 en la red pública-.

Matemáticas es la otra materia en la que pone el acento el sistema finlandés. Tres o cuatro horas semanales durante toda la enseñanza obligatoria. Similar a España. La clase de Geometría para los alumnos de 14 años la imparte el subdirector, Olli Holma. No tiene que levantar la voz en ningún momento. Los alumnos finlandeses se dirigen a sus maestros con confianza, pero les tienen respeto.

El profesor saca una caja de cartón con cartabones y los reparte. En Finlandia, el material escolar es gratuito durante la etapa obligatoria. Los libros se heredan de curso en curso hasta que se estropean. Por eso hay que cuidarlos. Los estudiantes emplean unas libretas sencillas que les da el colegio -un cuaderno de tapas duras cuesta entre 15 y 20 euros-. En las aulas se respira austeridad.

La clase es participativa. El profesor hace problemas en la pizarra y pregunta a los alumnos. No se pierde el ritmo. «Si vemos que alguien va mal le damos refuerzo», explica Holma. Tuija Turkki imparte castellano en Nummela. Lo tiene claro: «La forma de enseñar es muy importante. Es más eficaz que descubran las cosas por sí mismos. Deben investigar, hacer trabajos. No se trata de llegar a clase y soltar la explicación». «Los docentes están muy motivados y hacen un trabajo creativo, con mucha libertad», apunta la directora, Erja Ilo.

En la sala de profesores hay reunión. «El éxito de PISA se gesta aquí», dicen divertidos. Los colegios tienen gran autonomía para elaborar sus programas y se preparan ya para los nuevos retos educativos: «Descentralizar más la toma de decisiones en la enseñanza, mayor inversión para la educación obligatoria, que los estudios de profesor tengan rango de máster y soporte escolar a los más desfavorecidos», resume un portavoz de la Dirección de Educación.

El puzzle se completa. Una buena formación de los docentes, la prioridad por el aprendizaje de la lengua y matemáticas, refuerzos educativos para chicos con dificultades, clases prácticas que fomentan la creatividad y respeto al maestro. Es la fórmula finlandesa. A las cuatro de la tarde es ya noche cerrada en Helsinki. El frío y la oscuridad invitan a ir a casa. A leer, conectarse a Internet, escuchar música, o hacer un curso de español o de cultura vietnamita, que los hay. ¿Será también el clima parte del secreto finlandés?