Interlocutor (Kepa Aulestia)

La contestación de fondo a la apertura del procedimiento de ilegalización de ANV y EHAK y a la actuación judicial contra sus dirigentes por parte de la izquierda abertzale y del resto del nacionalismo ha dado paso a un argumento recurrente cada vez que el Gobierno de turno o los tribunales se han mostrado implacables frente a la trama pública del terrorismo: si siguen por esa vía, acabarán quedándose sin interlocutor. La versión de que las detenciones, los procesamientos y las sentencias que han afectado a los portavoces de la izquierda abertzale dinamitan la interlocución constituye, sencillamente, una falacia. La realidad es que siempre ha sido ETA la que ha acabado con el interlocutor. En los contados momentos en los que esa figura ha existido de verdad, su papel ha resultado meramente instrumental para la banda. Aunque en otras muchas ocasiones el interlocutor no lo era por mandato expreso etarra, sino que representaba un difuso voluntariado al que los terroristas concedían el beneficio de no desautorizarlo expresamente.

La fracasada historia del mal llamado proceso de paz último podría relatarse también a través de la figura del interlocutor. De ese interlocutor que, a medida que transcurrían las semanas, dejó de serlo para convertirse en un intermediario funcional y, al final, ni siquiera eso. Pónganse los nombres que se quieran, aparecieran por Loyola o en las citas concertadas en localidades francesas, o en los encuentros celebrados en ciudades europeas. Los autorizados veían cómo su autoridad mermaba. Los no autorizados pero consentidos se esforzaban en disimular que su función era meramente especulativa. Algo parecido ocurrió en cuantas ocasiones ETA mantuvo contactos formales con el Ejecutivo de Madrid; en 1977, durante las conversaciones de Argel, o a lo largo de 2006.

Si la amenaza del terror no persistiera, sería sencillamente patético contemplar cómo algunos dirigentes de la izquierda abertzale tratan ahora de reivindicarse como interlocutores, cuando ni su rol orgánico dentro de la trama ni su ejecutoria personal avalan tal condición. Pero lo que parece increíble es que todavía, fuera de la izquierda abertzale, haya quien crea en la existencia misma del interlocutor, como si se tratara de un dispositivo con el que la espiral etarra contase a modo de mecanismo de desactivación presto para que sea usado en el momento en que un Gobierno se avenga a negociar. Frente al argumento de que a este paso Zapatero -o quien sea elegido presidente- se quedará sin interlocutores, será mejor que quien disienta de la Ley de Partidos, de su aplicación concreta o de las actuaciones de Garzón se refiera a ello y no aliente fantasías.

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