La verdad de Amaia Piedra

Con la tranquilidad de contar con una sentencia favorable, la atleta bilbaína rompe para EL CORREO su silencio tras tres años y medio de lucha por demostrar su inocencia tras su positivo por EPO

IGOR BARCIA
Piedra gana el Nacional de 2004, para después iniciar su calvario./
Piedra gana el Nacional de 2004, para después iniciar su calvario.

Tres años y medio ha durado el calvario de Amaia Piedra. Desde aquel fatídico mes de julio de 2004, cuando le comunicaron lo que nunca hubiera esperado -«cuando me dijeron que había dado positivo por EPO no me lo podía creer, era imposible»- la atleta bilbaína afrontó su prueba más dura, demostrar su inocencia ante todas las instancias y organismos hasta que la semana pasada, el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco anuló su sanción. Ahora, con la satisfacción del respaldo de una sentencia favorable, Amaia Piedra ha decidido romper el silencio que ha mantenido durante todo el proceso para contar a EL CORREO su verdad.

«Quiero dejar claro que mis análisis de EPO dan un negativo rotundo, pero desde un primer momento fui considerada culpable y me he pasado todo este tiempo intentando demostrar mi inocencia, aportando pruebas y más pruebas que en muchas ocasiones no fueron tenidas en cuenta. He tenido que acudir a la justicia ordinaria y al final me han dado la razón por algo que no esperaba, por un error burocrático, lo cual me deja contenta, pero no satisfecha, porque no han entrado a valorar mi caso», afirma.

Para explicar su caso, Piedra bucea en los recuerdos y en la numerosa documentación acumulada en un proceso tan largo como este. Y recuerda «los numerosos errores que se han ido produciendo y que nadie los ha querido tener en cuenta».

Todo comenzó en el Torneo Federaciones de Valladolid, celebrado el 26 de junio de 2004. «Desde ese momento, todo fue un cúmulo de errores y despropósitos, como fuimos viendo una vez que nos pusimos a recabar datos para mi defensa. Para empezar, el material empleado por la RFEA en la recogida de orina no estaba homologado ni acreditado, y lo que es peor, las muestras se llevaron en una mochila de cámping de 7 euros totalmente inadecuada para un transporte de muestras de EPO en el que la orina tiene que estar refrigerada», explica.

En concreto, los organismos atléticos no coinciden a la hora de valorar a qué temperatura tienen que mantenerse las muestras de orina mientras son trasladadas al laboratorio. Mientras la IAAF recomienda que estén entre 0 y -8 grados centígrados, la RFEA considera que deben estar entre 0 y 4 grados. Pero en algo coinciden, y es que el plazo de entrega máximo desde la recogida de muestras y la entrega para su análisis no debe superar las 24 horas. «Y en mi caso tardaron 63 horas. Y teniendo en cuenta que fueron transportadas con un material totalmente inadecuado, y que la temperatura ambiente en Valladolid y Madrid rondó los 35 grados aquel fin de semana, la consecuencia lógica es que la orina llegó al laboratorio totalmente alterada. Desde el principio se rompió la cadena de frío, algo fundamental para un correcto análisis de EPO».

Y como resultado, los parámetros de la orina quedaron alterados, según consta en el acta del laboratorio. De un PH 5.0 se pasó a un 6.2, «algo totalmente exagerado. Puede haber una variación máxima de 0.2 o 0.3, pero no de más de un punto. Es que al final es como si esa orina fuera de otra persona, porque cuando salió de Valladolid, tenía un aspecto normal, y luego en el laboratorio era totalmente turbia», como decía el acta.

'Orina inestable'

En este sentido, Amaia Piedra recuerda el reglamento de la Agencia Mundial Antidopaje en el que señala que «si la orina no llega en condiciones de estabilidad, el resultado de los análisis debe considerarse como no positivo». Es el principio de lo que se denomina 'orina inestable', algo que cree totalmente aplicable a su control.

«El caso es que tras tardar 21 días en realizar el test de EPO, cuando lo normal es que se haga en 48 horas o en 72, el laboratorio resulta que asegura que se ha detectado esta sustancia, pero no nos dicen cuánto porque no lo pueden acreditar. Es decir, que ese laboratorio de Madrid no estaba acreditado para realizar este tipo de controles», explica la atleta, que relata los «numerosos problemas que ofrecía el método de detección de EPO en aquella época, que se hacía por cuantificación».

El caso Beke, en el que el triatleta belga demostró ante la justicia que a determinados niveles de esfuerzo continuado había alteraciones naturales de esta proteína -hizo una prueba y en diez muestras dio tres positivos y siete negativos- acabó con el viejo sistema y se impuso la interpretación visual, «en el que si aparecen tres bandas superiores consecutivas en la banda de análisis se interpreta que es positivo. En mi caso, se ve que es negativo, pero hubo un problema», dice.

El problema es que la AMA aceptó el cambio de sistema en 2005 y decidió archivar los casos pendientes desde el 1 de enero de ese año, «pero yo, como era de verano de 2004, ni lo archivaron, ni podía aportar mi test», lamenta la atleta, quien destaca que en todos los controles sanguíneos de aquel año, el valor más alto de hematocrito fue del 43%, cuando el límite permitido es del 50%. «Después todo fue un querer y no poder, todo tipo de trabas para impedir que aportara pruebas, -las que aportaba la RFEA me las tachaba como innecesarias- hasta que tuve que acudir a la vía ordinaria y me ha llegado por fin una sentencia favorable», afirma ahora con un suspiro de tranquilidad y alivio.

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