La Plaza Vieja

Hasta finales del siglo XIX, buena parte de la vida política, económica y social se daba cita en uno de los lugares más emblemáticos e importantes del que fuera el Bilbao histórico

IMANOL VILLA
PUNTO DE ENCUENTRO. La Plaza Vieja, con el edificio de las Casas Consistoriales al fondo. / EL CORREO/
PUNTO DE ENCUENTRO. La Plaza Vieja, con el edificio de las Casas Consistoriales al fondo. / EL CORREO

Cuando hacia la mitad del siglo XIX, se inauguró la Plaza de Fernando VII, que habría de conocerse como Nueva, los bilbaínos, ya que no quedaba más remedio, adoptaron definitivamente el apelativo de Vieja para el lugar que, durante siglos, había sido el centro neurálgico de la villa. Posiblemente porque durante mucho tiempo no hubo con qué compararla, la Plaza Vieja de Bilbao tardó siglos en adoptar un nombre oficialmente aceptado por la gente. Como señaló Emiliano de Arriaga, es más que probable que «cuando se alzó en su testero la Torre de un templo que debía presidirla en nombre de la religión, no la llamaron plaza. Ni cuando al flanco se erigió otra torre, notable en el orden civil, la llamarían vieja, si es que la llamaron plaza».

Y así, en el particular callejero popular, el citado lugar pasó de siglo en siglo sin que se viera la necesidad de bautizarlo, a pesar de que a nivel oficial se la llamase en un principio Plaza Mayor y luego Plaza del Mercado. Hasta se la renombró como Plaza de la Constitución. Sin embargo, ninguno de estos nombres calaron en el gusto colectivo de una población que tenía en aquel lugar el punto de actividad más importante. Fue a partir de 1830, año en el que comenzó la construcción de la Plaza Nueva, cuando las gentes de Bilbao decidieron que a la otra, más antigua, habrían de llamarla Plaza Vieja.

Casas Consistoriales

Pascual Madoz, en su Diccionario Histórico-Geográfico, describió el lugar como «un trapecio, del cual forma un lado el muelle que hay sobre el río Nervión (vulgarmente ría), hallándose en el lado del frente una línea de casas con arcos desde la bocacalle de la Somera, hasta la Carnicería Vieja, donde finaliza la plaza, formando aquí el lado más corto del referido trapecio, cuyo lado apenas tiene 50 pies de longitud». Frente a éste se hallaba el lado principal de la plaza formado por las Casas Consistoriales, la iglesia de San Antón y la entrada que conectaba con el puente viejo. Las Casas Consistoriales se ubicaban en un edificio levantado en 1603 en sustitución del anterior Ayuntamiento destruido durante la inundación de 1593. En él se encontraban los salones y dependencias usados por las autoridades municipales y, en el segundo piso, el Consulado de Bilbao. En su patio, además de reunir de manera desenfadada a las autoridades políticas y económicas, se llegaron a organizar funciones dramáticas de Lope de Vega, Calderón y otros insignes autores de la época. A sus balcones se asomaban los conocidos como trompeteros de casaca roja para anunciar la llegada de los reyes y todos los años, durante la octava del Corpus -genuina época festiva bilbaína-, un txistulari recorría sus tres arcos a modo de proclama de un tiempo especial para la villa. Como escribió Emiliano de Arriaga, «aquellas Casas venían a ser entonces la representación genuina de cuanto era, valía y significaba Bilbao».

Vendedores de jilgueros

Otro de los elementos característicos de la Plaza Vieja, existentes hoy en día, eran sus arcos. También las casas-torre, edificaciones que en la Edad Media protegían el acceso a las calles, tuvieron un notable protagonismo. La Torre de Zubialdea alcanzó la mayor fama y llegó a convertirse en una de las más longevas, ya que se mantuvo en pie hasta 1866. Fue uno de los lugares en los que la Historia se detuvo más veces, muchas de ellas de forma dramática, para dar así cierto rango de prestigio a la villa. Fue por una de sus ventanas por la que Don Tello, Señor de Vizcaya, tiró el cadáver del banderizo Juan de Avendaño en 1359. También allí se alojó el rey Pedro I el Cruel, el cual no se anduvo con remilgos a la hora de arrojar, también por una de sus ventanas, el cuerpo del Infante Don Juan de Aragón al que había matado a porrazos en una antecámara del edificio. La altanería del rey Pedro quedó clara cuando tras el incidente, del cual fue testigo una multitud boquiabierta, exclamó: «¿Catad ahí a vuestro señor que vos demandaba!».

Años más tarde, en 1457, la casa-torre albergó a Enrique IV, con motivo de su viaje a Bilbao para jurar los fueros. La misma razón justificó la visita de Fernando V, en 1476, y de la reina Isabel I en 1483, que tuvieron a bien albergarse en la citada casa. A los Zubialdea les siguieron en la titularidad de la casa-torre, los Arbieto, los Barrenechea y los Echevarría. En 1866 se derribó el edificio y en su lugar se levantó un bloque de viviendas.

La Plaza Vieja fue el centro vital de la actividad mercantil de Bilbao, protagonismo que, desde el siglo XVIII, compartió con los muelles del Arenal. Sin embargo, lejos de ser en exclusiva un lugar de significación política y económica, la Plaza Vieja acogió importantes corridas de toros -de hecho fue el primer coso taurino de la villa- y en ella «se formaban los bultos para las procesiones de Semana Santa». Pero si algo cabría destacar de aquel lugar del Bilbao histórico, que aún se mantiene de manera indiscutible, esto habría de ser el de haberse erigido como el centro principal del mercado de abastos. Allí podía encontrarse de todo en medio de un ambiente animado que se formaba entre vendejeras, compradores y curiosos. Y es que la oferta era casi infinita. Desde los conocidos como chorierricos, vendedores de jilgueros y demás pájaros cantores hasta barberos que, armados de la correspondiente navaja, afeitaban en seco por dos míseros cuartos. No faltaban tampoco las verduras, los embutidos, las nueces, las castañas pilongas, los bollos de mantequilla y, cómo no, las merluceras, las tocineras y las cordereras.

Junto a todo esto, la Plaza Vieja tuvo su particular versión del sajón 'speaker corner', puesto que no faltaban los imitadores de los políticos, los voceadores que prometían remedios maravillosos para los males del cuerpo, los domesticadores de ratas blancas, los adivinadores de la buenaventura y los que se dedicaban a escribir, por encargo, cartas de amor y aleluyas.

La Plaza Vieja y todo su mundo se murió poco a poco a finales del siglo XIX. Bilbao se ensanchaba y los centros de decisión se repartían por otros lugares con más modernidad que el veterano rincón histórico. En 1892, se inauguró el nuevo Ayuntamiento y cuatro años más tarde se demolieron las Casas Consistoriales. Mucho tiempo después, con la construcción del edificio del Mercado en la segunda década del siglo XX, Bilbao perdió los últimos vestigios de esa Plaza a la que llamaron Vieja.