Cantemos, hijos de la patria

Los himnos hablan de guerra, libertad, justicia, Dios... Algunos han debido adaptarse a las nuevas circunstancias

IRATXE BERNAL |
La selección estadounidense escucha el himno durante el Mundial de Fútbol de 2006./ Efe/
La selección estadounidense escucha el himno durante el Mundial de Fútbol de 2006./ Efe

Esa música nos ahorrará muchos cañones». Siempre pragmático, el genio estratega de Napoleón valoraba La Marsellesa como un arma más. Aquella composición, distinguida como himno nacional casi por aclamación popular tan sólo tres años después de ser escrita, era la más poderosa de las arengas. Di a tus hombres que el feroz enemigo está ya tan cerca que puedes oír sus bramidos. Di que viene a degollar a sus hijos y a sus compañeras. Que lo que les espera son cadenas de esclavo. Dílo con vehemencia y no hará falta mucho más para que, encorajinados, deseen tomar las armas. Mejor aún; cántalo con rabia. Allons enfants de la Patrie. Ahorrarás cañones.

Hoy, más de dos siglos después de que, en 1792, el capitán Claude-Joseph Rouget de l'Isle lo compusiera para animar a su regimiento en la recién declarada guerra contra Austria, los franceses no sólo pueden presumir de conservar intacto el himno fundacional de su tan querida república; además pueden alardear de que éste se ha universalizado como símbolo de la libertad y la lucha por la igualdad. La caída del Antiguo Régimen paseó sus enfurecidas notas por una Europa que alternaba revoluciones burguesas con guerras restauradoras. El Viejo continente era un tótum revolútum en el que los coros de la La Marsellesa dejaron de ser exaltación de una sola patria para convertirse en un canto que, sin preguntar por nacionalidades, hermanaba a todos los aspirantes a ciudadanos, a todos cuantos se levantaban contra «el estandarte ensangrentado de la tiranía».

Es evidente que el emotivo y fácil de tararear acompañamiento musical dio alas al mensaje revolucionario y tuvo mucho que ver en aquel éxito inmediato. «El sentimiento patriótico que inspiran las banderas o los escudos es una emoción más personal, más individual, pero los himnos fueron creados para ser cantados colectivamente. Con 'La Marsellesa' se pasa de las marchas reales, que sólo honran al rey o las altas esferas, a las piezas que integran al pueblo», explica David Romero, historiador y autor de La identidad nacional española a través de las canciones de la Guerra Civil.

Algo de ese espíritu, de ese poder de aglutinación, era lo que buscaban el Comité Olímpico Español y la Sociedad General de Autores al proponer la creación de una letra para la Marcha real o Marcha granadera. Quizá en el COE aún recuerden con bochorno la versión que del himno nacional perpetraron hace siete años en Fukuoka (Japón) los miembros de la selección de waterpolo. Ante la imposibilidad de arreglar la megafonía, la organización del mundial les pidió que lo cantaran a capella y ellos, jocosamente, echaron mano del oficioso chunda-chunda. Los flamantes campeones del mundo cerraron una fabulosa actuación deportiva con una, para algunos, indignante actuación musical.

Su iniciativa para inventar unos versos que acompañen con grandeza patriótica los áureos momentos deportivos contó con detractores desde el inicio. Estaban quienes ponen en entredicho la vigencia actual de los símbolos nacionales y, por tanto, ven innecesaria cualquier alteración de éstos, pero también, quienes sostienen que si el himno ha llegado desde 1761 hasta nuestros días sin más interrupción que la de la II República es precisamente porque nunca ha tenido letra oficial. Puede que esta peculiaridad implique una menor adhesión por parte del pueblo, pero ha hecho de la composición uno de los himnos vigentes más antiguos de Europa, junto al británico y el real danés. «Aunque se conservan algunos más antiguos, la creación o búsqueda de himnos nacionales se generaliza a mediados del siglo XIX. Es entonces cuando surge la nación como concepto histórico. Es cuando desaparecen los súbditos y nacen los ciudadanos y, con ellos, la necesidad de crear unos nuevos símbolos que les transmitan pertenencia y orgullo, que generen cohesión», describe Romero.

Símbolos

Y aunque no era esa la unión patriótica en que el COE y la SGAE habían pensado, la ramplona letra escogida ha obtenido críticas unánimes que han forzaron su retirada sólo cinco días después de ser presentada. El himno vuelve a quedarse mudo. «A lo mejor esperabais una letra llena de sangre y banderas, pero considero más importantes valores como la libertad, la paz o el respeto; pilares de una patria moderna», reprochaba Paulino Cubero, el improvisado letrista, a quienes desdeñaron la calidad literaria o épica del texto.

Parte de razón lleva. Los países que han cambiado su forma de Gobierno o los estados de reciente creación han ido abandonando determinados conceptos, suavizando agravios e incorporando ideales más apropiados para tiempos y «patrias modernas». «Los himnos antiguos están llenos de referencias a la patria, la raza, Dios, el destino... Era lo que querían destacar, al héroe leal que luchaba y estaba dispuesto a entregar la vida por devolver a la comunidad la grandeza perdida. Además, curiosamente, muy pocas veces se sabe con certeza quién fue el autor de la letra, de modo que su origen real se pierde en la noche de los tiempos, en ese pasado mítico que se evocaba», subraya Romero.

El ejemplo más evidente de este modelo sería el himno político más antiguo, el británico Dios salve al rey, que ya en 1745 se entonaba como una plegaria por el monarca, sobre quien recaía la «defensa de las leyes». Este texto, en el que rey y reino son una misma cosa, es también el primer ejemplo de símbolo nacional que se modifica en determinados momentos históricos, aunque este cambio sea mínimo: rey o reina. Su influencia no sólo llegó a los miembros de Commonwealth; su melodía fue utilizada por Austria, Alemania, Dinamarca, Rusia, Suiza o Suecia antes de hacerse con un himno propio y aún hoy es la música oficial de Liechtenstein.

«A finales del XIX aparecen los movimientos sociales y obreros, más contestatarios que los burgueses que exaltaban a la nación y a la ciudadanía. Ser ciudadano significaba tener derechos, y los obreros no los tenían, así que ellos son quienes generalizan términos como justicia o igualdad», continúa David Romero. Es el momento, por ejemplo, de La Internacional, nacida, al igual que La Marsellesa, al calor de los cambios políticos franceses durante el Gobierno de la Comuna de París, en este caso y que mucho después, entre 1922 y 1944, llegó a ser el himno oficial de la Unión Soviética. También son de esta época el Alemania sobre todo y el Canto de los italianos, himnos nacidos tras sendos procesos de reunificación, y convertidos enseguida en símbolos del auge de los nacionalismos por su impetuosa llamada a la unidad fraternal.

Las ex colonias

Al otro lado del Atlántico, España empieza a perder sus colonias y los nuevos estados cantan a su independencia, siempre lograda a fuerza de sangre y mártires. Al igual que años antes y en idénticas circunstancias hiciera Estados Unidos en su La bandera llena de estrellas (de 1814), la mayoría optó por describir victorias heroicas en el campo de batalla. Sin embrago, a diferencia de los vecinos del norte, que se centraron en ensalzar su propia grandeza, los primeros himnos hispanoamericanos no disimularon que el odio a veces visceral a la antigua metrópoli ocupaba un lugar privilegiado entre sus sentimientos fundacionales. Cuando, en 1846, tras la independencia del país andino, Chile y España restablecieron sus relaciones diplomáticas, la recién nacida república tuvo que tachar de la partitura oficial aquello de «el cadalso o la antigua cadena os presenta el soberbio español; arrancad el puñal al tirano, quebrantad ese cuello feroz». Los tiempos habían cambiado y ahora tocaba hacer negocios con aquellas «fieras que la España a extinguirnos mandó». De un plumazo, se advirtió a la población de que «ya es hermano el que ayer invasor».

El chileno no es el único Gobierno que ha tenido que suavizar las versiones originales de sus marchas y sustituir el ardor guerrero por criterio más políticos. Tras la Segunda Guerra Mundial, los alemanes revisaron su himno, lo redujeron a su tercera y última estrofa y le cambiaron el título, que salía del primer verso, porque podía suscitar los recelos de las potencias victoriosas. Ahora es La canción de los alemanes. Otro tanto hizo Liechtenstein, que para eliminar los vestigios de su germanofilia cambió su Sobre lo alto del Rin alemán por Sobre lo alto del joven Rin.

Su claro valor como componente y constructor de la identidad nacional hace que aún hoy los nuevos estados afronten enseguida la redacción o modificación de su himno oficial. Así lo entendieron las repúblicas que hasta 1991 integraban la URSS. Tan expeditivas como fue la propia Duma al enterrar a Stalin y sustituirlo en el himno por el más moderado padre de la revolución, casi todas repasaron sus partituras y barrieron de ellas cualquier mención a Lenin o al Partido Comunista. Así, los bielorrusos se libraron de quienes antes les «guiaban por el camino de la felicidad» para dejar claro que con su independencia habían «aumentado el estandarte de victorias». Otros como, Israel, India o Pakistán, envueltos casi desde su nacimiento en continuos enfrentamientos bélicos, prefirieron hacer tabla rasa y evocar pacíficamente a la esperanza, la hermandad entre naciones y la fortuna a la hora de infundir patriotismo a sus ciudadanos.

Hoy, en los países con estabilidad democrática un concepto que, por cierto no aparece en ningún himno y sí incorporaba la propuesta del COE, es la corrección política la que propone los arreglos. Sólo La Marsellesa parece librarse de los revisionistas. Se salva porque los franceses se enorgullecen de su incuestionable valor histórico y porque, al no poner nombre ni nacionalidad al enemigo, resulta multiusos; arenga eficaz frente a austriacos, ingleses, rusos o alemanes en tiempo de guerra e inspiración de idealistas en tiempos de paz. Se salva porque así, sin retoques, consiguió convertirse en poco menos que un himno al amor cuando en 1967 los Beatles utilizaron sus primeros acordes en All you need is love. Quizá aquellos jóvenes rebeldes de Liverpool pensaron, como Bonaparte, que una canción puede hacer