El padre Peio y los perritos (Ramón Loza Lengaran)

Recuerdo muy bien al padre Peio. Sobre todo cuando se estiraba. Cuando retrocedía para coger aire apenas si lo conseguía distinguir, pero cuando se lanzaba sobre el borde del púlpito para sobrecogernos con sus palabras apocalípticas, podía reconocer perfectamente su rostro congestionado por la justa ira, sus ojos proyectándose sobre nuestras negras almas, las salibillas que se le escapaban de entre las comisuras, blancas como la pureza de sus intenciones.

El padre Peio tenía un empeño especial en conseguir que todos los que nos agazapábamos aterrorizados bajo su vociferio fuéramos buenos. Y, para lograrlo, no dudaba en prevenirnos de las mayores desgracias, si no lo éramos. En este mundo y, sobre todo, en la eternidad del otro.

Tan asustado me hallaba tras sus ordalías sermonescas que no fueron pocas las veces en que, en medio de la ceremonia, me levanté de mi banco entre vergüenzas para esconderme tras la cortinilla del confesonario y ponerme en paz con quien estuviera detrás. De la cortinilla y de todo esto. Ya de rodillas, y con pueril entusiasmo, repasaba uno a uno los Mandamientos por ver de encontrar los horribles pecados que el padre Peio me había ensupuestado, y ¿no los conseguía encontrar! Ni yo, ni la voz oscura del otro lado. Así que, con un Señor Mío Jesucristo de cumplimiento, se me aviaba, supongo que acompañado por su parte con un respingo de gran paciencia, '¿Jesús, Jesús!'.

Pero es que, claro, el padre Peio se empeñaba en redimir a los buenos. ¿Lógico! ¿Quién iba a ir a la Iglesia a misa sino nosotros? Los malos ni la pisaban. Compañeros tenía yo, y puedo dar nombres, que decían en casa que iban a misa y se marchaban a la plaza, a jugar o a comprar cromos, de chicas incluso. O sea, a pecar. ¿Dónde estaba el padre Peio entonces para evitar que pecaran? ¿Cómo les iba a amenazar con todo lo amenazable si no tenía ocasión ni de verles?

Desde por entonces he sacado la conclusión de que, como es más fácil reñir a los buenos que a los malos, todo el que puede lo sigue haciendo. Aunque hayan dejado de ser padres, sigue habiendo una legión interminable de Peios dispuesta a seguir con tan injusta costumbre.

El otro día, otro Peio, el concejal del Ayuntamiento de Vitoria, no tuvo mejor ocurrencia que amenazarnos a los dueños de perritos/as con una próxima ordenanza según la cual nos van a caer todas la penas del Infierno (multas), si se nos ocurre entrar con ellos/ellas en los bares. Traducido. No son capaces de evitar que haya perros sueltos molestando por todas partes, que haya dueños/cerdos que dejan las porquerías de sus animales en el suelo, y se van a meter con los que entramos a los bares con el perrito absolutamente controlado.

A mí, y a la mayoría de los dueños de perros, no hay que exigirnos llevar el animal sujeto por una correa de dos metros porque, la mayoría, lo llevamos atado con una más corta. A mí, y a la mayoría, no nos tiene que recordar que, si entramos a un bar, el perro tiene que estar muy controlado, para no molestar a nada ni a nadie. A mí -o al dueño del bar- no me tiene que amenazar el concejal con que me va a multar si mi comportamiento es incívico. Lo que tiene que hacer es preocuparse por quienes ya manifiestan ese comportamiento en calles y jardines.

Es que me pasa como cuando los sermones del padre Peio. Repaso los Mandamientos de mi comportamiento, y el de la mayoría de los dueños de perros que conozco, y no nos encuentro pecado. Ni aunque entremos en un bar, como miles de dueños de perros en toda Europa. Otra cosa es que, cuando nos demos una vuelta por ella, descubramos que no hay un solo dueño de animal que no recoja sus cacas, y no sea sancionado. Que nadie lleva los perros sueltos en ambiente urbano. Que no se consiente que se les tenga como compañía pringosa de vidas voluntariamente construidas sobre la marginalidad

En definitiva, padre Peio, hay que ir a la Plaza, buscar allí a los pecadores, y sermonearles y convencerles, por la buenas o por las malas, de que se tienen que portar bien, ellos y sus perritos. Y no esperar a que vengamos los buenos a la Iglesia para reñirnos. O ponerle una multa a un dueño de un bar lo suficientemente razonable como para admitir en su establecimiento perros debidamente controlados y prohibirles la entrada, lógicamente, a los no lo están. Amén.