Cambio climático y desarrollo humano (Mikel Mancisidor y Josu Sanz)

Cambio climático y desarrollo humano (Mikel Mancisidor y Josu Sanz)

EL CORREO publicó el 18-12-07 un magnífico artículo del profesor José Manuel Moreno que concluía, en referencia a la Cumbre sobre Cambio Climático de Bali, con una llamada a una «revolución» en la que «modifiquemos la forma de relacionarnos con nuestro planeta». Esta revolución debe incluir a nuestro juicio profundos cambios en la forma de relacionarnos los países del norte y los del sur.

Recientemente se ha presentado en Euskadi el Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) titulado 'La lucha contra el cambio climático: solidaridad frente a un mundo compartido' (ver presentación e informe en www.unescoeh.org). Según este informe, el cambio en los ciclos climáticos está ya provocando una desaceleración en el desarrollo humano, en especial en los países más pobres.

Son muchos y de variadas fuentes los informes y documentos sobre el cambio climático. Estas informaciones a veces nos asustan por la gravedad de sus previsiones, otras nos inquietan por la responsabilidad que parece tenemos los países industrializados y en muchas ocasiones nos abruman por la cantidad de información técnica y compleja. La primera tarea que nos cabe como ciudadanos interesados es distinguir entre las fuentes solventes (el panel de expertos de las Naciones Unidas, este Informe del PNUD, las revistas y publicaciones científicas y sociales más prestigiosas y los libros de autores con currículum contrastado lo son) de la cantidad de material secundario muchas veces poco riguroso que parece haber confundido hasta hace bien poco a más de un responsable político, haciéndole llegar lastimosamente tarde a donde llevan algún tiempo trabajando el consenso científico y las más importantes instituciones públicas y privadas del mundo, con la ONU a la cabeza.

La Cumbre de Bali, aun siendo preparatoria, se ha resuelto con avances en la consideración y tratamiento de los países empobrecidos como actores especialmente interesados y relevantes. Se han avanzado medidas de ayuda que incluirán fondos y transferencia tecnológica, además de objetivos y obligaciones. De especial importancia nos parecen las iniciativas para la conservación de las selvas y bosques primarios (no sólo para las plantaciones nuevas) en la línea de lo que venía explicando y defendiendo el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz.

El desarrollo humano, siguiendo al también Nobel de Economía Amartya Sen, como la ampliación de las potencialidades humanas y el aumento de las oportunidades y libertades para las personas. El cambio climático está ya produciendo en los países empobrecidos una gradual disminución de los niveles de desarrollo humano. La disminución de las precipitaciones en parte del globo y en general la cada vez mayor variabilidad del clima, en especial en los países del eje del ecuador y marcadamente en África, conlleva una disminución de la producción agrícola y una reducción de los niveles de seguridad alimentaria de sus poblaciones. La falta de lluvias, en un continente ya más urbano que rural, como es África, provoca problemas ambientales y de saneamiento. El aumento del nivel del mar, por el deshielo de parte de la criosfera, puede provocar en un corto período de tiempo gran número de 'desplazados climáticos'. Los cambios en las temperaturas, ciclos biológicos y meteorológicos harán que la biodiversidad en la Tierra se vea más alterada y amenazada.

Hay quienes, mayoritariamente desde países del norte, se resisten a los compromisos de disminución de emisiones objetando que así se impide o dificulta el desarrollo de los pueblos del sur. Pero el gran riesgo para los países empobrecidos no es verse obligados a sumarse a los objetivos de control de emisiones (si bien con menor responsabilidad que los grandes emisores ricos, es evidente), sino permitir que no se actúe frente al cambio climático y, más aún, quedarse atrás sin participar en los nuevos retos y oportunidades de las innovaciones tecnológicas, sociales y políticas que todos vamos a tener, tarde o temprano, en el norte y en el sur, que ir aplicando tanto en prevención como en adaptación.

La Premio Nobel Wangari Maathai nos escribía hace unas pocas semanas una nota a UNESCO Etxea en la que celebraba que «en 2007 el mundo ha despertado ante la amenaza que representa el cambio climático en nuestro planeta. Es un asunto grave y urgente. Los países más pobres del sur serán las zonas más afectadas, pese a que son países que apenas contribuyen a las emisiones. No obstante nuestra responsabilidad de actuar no es mínima, es responsabilidad de todos adoptar las medidas frente a este fenómeno». Son los más pobres, los que emiten menos carbono, los que más rápido y con mayor virulencia sufrirán las consecuencias del cambio climático. Es justo reconocer nuestra inmensa huella ecológica, y su significado ético y político, con los más desfavorecidos. Toca por ello colaborar con los más vulnerables frente a las amenazas del cambio global.

Actuar saldrá caro, sin duda, pero más caro resulta, como nos recuerda el Informe Stern, no actuar. Pero aún decimos más: parte importante de este coste de actuar puede entrar en el capítulo de inversión y de creación de oportunidades económicas y sociales, para el norte y para el sur. Tenemos que conseguir que esta inversión sirva para una globalización que funcione mejor en beneficio de todos los habitantes de la Tierra. La lucha contra el cambio climático -y la necesaria adaptación a sus efectos ya inevitables- no compite con, por ejemplo, la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, sino que deben ser un requisito necesario y un instrumento multiplicador útil para conseguir su cumplimiento en 2015.

Esta crisis trasciende de lo meramente ambiental y nos confronta con nuestro modelo energético, de crecimiento y de consumo y con las relaciones desiguales con los países menos desarrollados. Sólo así podremos solucionarlo o al menos amortiguar sus efectos. Debemos considerar además la inercia del cambio climático, que hace que en las próximas décadas estemos abocados a sufrir las consecuencias de lo ya emitido. Las reducciones en las emisiones que a partir de ahora adoptemos no tendrán consecuencias hasta dentro de varios decenios. Debemos ser conscientes de la urgencia del problema, de las consecuencias acumulativas que pueden suponer los futuros años sin compromisos efectivos. Finalmente debemos pensar en la escala mundial del problema, en la interdependencia que hace que una tonelada de gases de efecto invernadero emitida en Euskadi tenga a algunos efectos mayores consecuencias en, por ejemplo, Sri Lanka o Benin que en nuestro país.

Los planes y programas de lucha contra el cambio climático de los países desarrollados nos ayudarán a mitigar nuestro impacto y a adaptarnos a sus consecuencias inevitables (y por ello celebramos la aprobación del Plan Vasco de lucha contra el Cambio Climático) pero además debemos ser capaces de colaborar más y mejor con quienes están ya sufriendo, y sufrirán en el futuro, las peores consecuencias del cambio climático. Por ellos y por nosotros, esta pelea nos toca hacerla juntos.