Barakaldo desafía al cielo

La ciudad se olvida de los pequeños edificios y salpica su trama urbana de imponentes rascacielos para contrarrestar la incipiente escasez de suelo

JON FERNÁNDEZ

Cualquier rincón montañoso de la margen izquierda es ideal para ver Barakaldo. Es difícil abstraerse de las grandes moles levantadas a orillas de las antiguas ruinas industriales, que dominan las vistas con su imponente esqueleto. La segunda urbe vizcaína avanza hacia un nuevo modelo de ciudad. Aquel que, como si de Nueva York se tratara, salpica su geografía con rascacielos para contrarrestar la escasez de suelo.

Ya apenas quedan rastros del pasado fabril y un solo metro cuadrado se convierte en todo un tesoro. Proyectos grandiosos como las torres de San Vicente o la operación de cirugía urbana desarrollada en Beurko son una realidad. Ahora le toca el turno a tres emblemáticos colosos en Lutxana y Pormetxeta que darán aún mayor vistosidad al titán metropolitano.

Cuando los terrenos se agotan sin remisión, los urbanistas se enfrentan a un gran dilema. Casi de inmediato, crecer a lo alto gana enteros como alternativa y los estrategas baracaldeses del siglo XXI apenas se lo pensaron. «Era el momento de optar por un nuevo modelo con criterios de urbanismo sostenible». Tres ríos y un gran número de montañas complicaban aún más el diseño de la futura urbe. Había que consumir de la forma más razonable posible el exiguo suelo urbanizable «para consolidar una ciudad compacta».

La receta es bien sencilla. Allí donde es factible se erigen edificios lo más alto posibles, siempre que puedan disponer a su vera de amplias zonas verdes. «En lugar de construir a lo ancho, jugamos con densidades edificatorias grandes que estén acompañadas por espaciosos parques», describe el director del departamento local de Urbanismo y 'alma mater' del plan, Pedro Jáuregui. Muestra de ello es que, a día de hoy, Barakaldo disfruta ya de 15 metros cuadrados de áreas de esparcimiento por habitante. En San Vicente, sin ir más lejos, los ocho rascacielos que se levantaron -donde residen alrededor de 5.000 personas- fueron rodeados por un jardín botánico que suma más de tres hectáreas de terreno.

El caso de Beurko Berria es un tanto especial y no ha dado lugar a la deseada combinación. Hubo que optar por una «solución de emergencia». Más que nada, porque estaba en juego el realojo de 750 familias afectadas cuyos edificios sufrían el mal de la aluminosis. Las 1.240 viviendas construidas en el mismo paraje han sido, no obstante, dignas de encendidos elogios por parte de prestigiosos urbanistas. «En calidad urbana, Beurko está razonablemente bien resuelto gracias a sus grandes plazas que dejan entrar con nitidez la luz del sol», coinciden en diversos libros especialistas como Santiago González Varas.

Cambio de fisonomía

El recién nacido barrio de Loitzaga siguió su propio camino con zonas verdes que, a su vez, se conjugan con pisos baratos. Y es que había que dar cabida al mayor número posible de familias. De ahí que las «importantes» cargas de urbanización derivadas de esta ambiciosa operación se resolvieran con bloques de hasta 48 metros de altura. Las viviendas costaron al principio poco más de 20 millones de las antiguas pesetas y no llegan a desentonar al encontrarse en pleno corazón de Retuerto, donde las torres de mediana altura están a la orden del día.

Barakaldo ensayó su radical cambio de fisonomía en Retuerto y Cruces. A raíz de la construcción del hospital en el año 1955, surgió la idea de levantar grandes inmuebles residenciales en el polígono de La Paz. El plan se convirtió en realidad en la década de los 70 con amplios parques alrededor de los bloques.

La Ley de Suelo estipula densidades mínimas para no construir pequeñas casas en núcleos urbanos. Eso no quiere decir que el modelo siempre se pueda trasladar a otros desarrollos. En lugares como Gorostiza o El Regato la idea «nunca podría aplicarse», matiza Pedro Jáuregui. Son enclaves meramente rurales que se mantienen alejados del mundanal ruido pese al avance tecnológico.

Ya en pleno corazón de la ciudad, hasta hace unos años solamente el conocido edificio Argenta imponía a los baracaldeses por sus grandes dimensiones desde su atalaya en el barrio de Santa Teresa. Este inmueble, hoy visto como una gran mole de cemento más dentro de la pujante urbe, roza los 50 metros al disponer de 15 plantas y una amplísima zona de oficinas en su parte baja entre dos importantes arterias: las avenidas de la Libertad y Miranda.

«Ha sido el rascacielos de Barakaldo por antonomasia durante mucho tiempo dentro de lo que se considera el casco urbano. Es enorme no sólo de altura, sino también de tamaño a lo ancho», describe Jáuregui. Su emplazamiento en una parcela rodeada de viviendas y muy cerca del centro invitaba a una operación de esas características, con un bloque más alargado que otra cosa. Todo quedó plasmado en una construcción -mayoritariamente residencial, aunque también acoge empresas y un mercado- con una extraña forma triangular, como mandaban los cánones hasta hace bien poco. Eran otros tiempos, otra moda.

Los nuevos ensanches

Los núcleos de Urban-Galindo y Lutxana no es que se presten ahora a un gran número de imponentes edificios, aunque las torres tampoco faltarán en los nuevos ensanches baracaldeses. Los dos rascacielos inclinados proyectados en el solar que ocupaba la antigua fábrica de Sefanitro -ideados para ser vistos desde cualquier rincón de la metrópoli- y la grúa acristalada de Pormetxeta darán pronto el toque grandioso a estas colonias residenciales. Serán los iconos del futuro Barakaldo. Ese que se ha quitado los complejos y ya no quiere vivir a la sombra de Bilbao.

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