Como la hormiga del cuento

«Sin estridencias y sin hacer ruido», Iñigo Urkullu ha construido una imagen de «líder para largo» gracias a su cautela y afán por el trabajo

OLATZ BARRIUSO O.BARRIUSO@DIARIO-ELCORREO.COM
CON VISTAS. Iñigo Urkullu observa los bilbaínos Jardines de Albia desde su despacho en Sabin Etxea. / J . L. NOCITO/
CON VISTAS. Iñigo Urkullu observa los bilbaínos Jardines de Albia desde su despacho en Sabin Etxea. / J . L. NOCITO

Iñigo Urkullu Rentería (Alonsotegi, 1961) ha llegado para quedarse. Al menos ésa es la impresión que comparten muchos de sus correligionarios, que, sin expresarlo exactamente así, ven en él un 'alter ego' de la hormiga de la fábula. Frente a cigarras cantarinas y otras especies deslumbrantes de la 'fauna' peneuvista, Urkullu ha ido aprovisionándose para el invierno «sin estridencias y sin hacer ruido» hasta completar un bagaje labrado a base de dedicación casi religiosa al partido, largas horas de trabajo y una cautela innata, de no dar puntada sin hilo, que se ha convertido en su pasaporte a la cima. Josu Jon Imaz, el hombre que le cederá hoy el testigo de un cargo para el que no parecía especialmente predestinado, está convencido de que «hay líder para rato».

Quienes le conocen de cerca también aprecian en él la templanza necesaria para nadar y guardar la ropa y asentarse en la presidencia del PNV a largo plazo. Urkullu empieza la partida con buenas cartas. Domina los entresijos de la organización jeltzale y es plenamente consciente de lo que las bases quieren oír y, lo que es más importante, sabe muy bien lo que les hace pitar los oídos. Tiene «entorno», un equipo compacto de incondicionales vinculados como él al poderoso 'aparato' vizcaíno en el que apoyarse. Y, sobre todo, es un hombre sin demasiadas aristas y, en consecuencia, «sin flancos débiles». «Como nunca arriesga y siempre se cubre las espaldas, no va a meter la pata», analiza, con llaneza, un compañero de partido. «No como Josu Jon. A Iñigo no le oiremos nunca lo de cautivar a España», aclara, por si las moscas.

La personalidad del nuevo presidente del Euzkadi buru batzar es un reflejo inequívoco de su trayectoria, el prototipo de jeltzale de pata negra que ha ligado su vida personal y profesional al partido. Al ex portavoz peneuvista le pintan como un líder poco dado a las sorpresas frente a la brillantez apasionada de su predecesor. Serio aunque afectuoso, perseverante, responsable, prudente, reservado. Hermético. Metódico hasta el punto de tomar nota de todo con letra menuda y prieta. Con una memoria prodigiosa para los nombres y las personas, a las que no olvida después de verlas una vez.

Un Virgo de manual, aunque se desconoce si es aficionado al horóscopo como Imaz. Hay quien le tilda de «gris» y otros inciden en el tópico del «yerno ideal», por sus maneras exquisitas y su sonrisa perenne. Tranquilo y contenido aunque implacable para seguir el camino que se ha trazado. 'El bello Urkullu', le llaman, con sorna, en los blogs proclives a Joseba Egibar. Reacio a exteriorizar sus emociones, son contadas las ocasiones en que se le ha visto enfadado o eufórico. Más bien ninguna. Un hombre más previsible que a buen seguro no será, como el carismático Josu Jon, objetivo preferente de las cámaras de 'Caiga quien caiga', pero sí capaz -dicen en el PNV- de equilibrar las dos 'almas' peneuvistas sin quemarse en el intento y de enderezar y estabilizar la agitada trayectoria reciente de la nave jeltzale. No en vano, el partido, concebido como un bien superior a preservar, ha sido su otro 'yo' durante toda su vida adulta y parte de su adolescencia. Todo comenzó a los quince años.

EL BATZOKI Y EL SEMINARIO

Urkullu es un «chico formal» de Alonsotegi, de familia nacionalista de toda la vida. Hijo de un trabajador de la fábrica de aceros, pasa largas temporadas en Mungia, su pueblo materno, y habla el euskera desde la cuna. En el 77, el año de la asamblea de Pamplona en la que el PNV salió de la clandestinidad, se afilia al partido, unos meses antes de cumplir la edad legal.

En un reportaje publicado hace doce años en este periódico, un afiliado del batzoki de Abando daba en el clavo con una certera definición del desde hoy líder del PNV y del resto de cachorros jeltzales de su círculo, que en aquellos tiempos se afanaban en dar un golpe de mano para renovar las estructuras de poder en Vizcaya. «Les salieron los dientes montando txoznas en los alderdis. Se conocen el partido por dentro mejor que nadie. Ya es hora de que les demos más responsabilidad», comentaba entonces el anónimo jelkide. 'Touché'. Ha tenido que pasar más de una década pero la imparable ascensión de aquella generación a los puestos clave del poder peneuvista es hoy una realidad con la que entonces sólo soñaban.

Por partes. Urkullu ingresa en EGI -las juventudes del PNV, de cuya dirección entraría a formar parte sólo tres años más tarde- y su vida y el partido pasan a ser sinónimos. Sus amigos, sus primeras novias, fomentan la endogamia peneuvista. Hoy día tampoco tiene apenas amistades fuera de las filas propias, aunque sí muchas y sólidas dentro, según cuentan. En aquella época conoce a quienes años más tarde empezarían a ser conocidos como los 'jobuvis' -jóvenes burukides vizcaínos-, una ocurrencia debida a la 'chispa' de Andoni Ortuzar, persona de su máxima confianza y su sucesor al frente de la ejecutiva vizcaína a partir de enero próximo.

Allí coincide con el resto de miembros del 'clan', además de Ortuzar: José Luis Bilbao, Koldo Mediavilla, Joseba Aurrekoetxea, Aitor Esteban, Iñigo Camino, Iñigo Iturrate, Jon Sánchez e Iñaki Bernardo -hoy su jefe de prensa-, entre otros. El ex parlamentario y amigo personal Xabier Ormaetxea también formó parte de aquel grupo que, según dice, se entregó a la vida de partido con fervor casi espiritual. Aunque matiza: «Las cosas entonces no eran como ahora. Teníamos poco dinero y nos pasábamos las tardes en el batzoki, con un 'pintxo' y una 'coca cola' hablando de política y de otros temas».

Corrían los bullentes tiempos de la Transición y la política se vivía con intensidad casi «obsesiva», recuerda. Casi todos los jelkides de ese entorno se curtieron en una activa militancia desde chavales y casi todos han vinculado su carrera al PNV, sin intereses económicos en la empresa privada. Casi todos se casaron jóvenes también, Urkullu con Lucía Arieta-Araunabeña, hija de un jugador del Athletic, con quien ha tenido tres niños.

El Urkullu de esa época es además el Urkullu estudiante. Empieza Filología Hispánica en Deusto, pero lo deja para trasladarse al seminario de Derio, en cuya escuela universitaria, vinculada al Obispado, completó su formación como diplomado en Magisterio por la rama de Filología vasca. Los docentes le recuerdan como un buen alumno -de hecho, no tuvo que opositar gracias a sus brillantes calificaciones y pronto ganó plaza de profesor titular, aunque ejerció muy poco tiempo- y dan fe también de sus esfuerzos por «integrar» en una época convulsa, en la que un joven peneuvista era poco menos que un bicho raro en un ambiente donde menudeaban los izquierdistas y los abertzales radicales.

En aquella etapa ya destacaba por su dominio del euskera, un valor añadido que le ha ayudado a forjarse desde siempre un cierto marchamo de líder entre los 'jobuvis', aunque también -cuentan sus profesores- se le daba bien el inglés e impartía clases de música, un terreno en el que despunta con el txistu. Nunca llegó a decantarse por la vida religiosa, si bien los curas acariciaban la idea de que a aquel muchacho que llegó a jugar en Primera Juvenil con el Larramendi y cuyo equipo ganó el único torneo futbolístico 'interjuventudes' de partidos que se organizó en Euskadi se le despertara la vocación.

Cuenta Ormaetxea que se percataron por fin de que allí no había madera de sacerdote sino de político el día que vieron la imagen de Urkullu subido a la tribuna en el Alderdi Eguna que el PNV celebró en las campas de Aixerrota en 1983, el año de las inundaciones de Bilbao. Tomó la palabra, en representación de EGI, entre Garaikoetxea y Arzalluz, con chubasquero y en medio de un diluvio de los que hacen época. El político de raza ya estaba allí.

LOS 'JOBUVIS' SE MUEVEN

Quizá en aquella fiesta del partido pasada por agua Arzalluz ya recelaba de su predecesor en el atril y del resto de los 'jabugos' -como coloquialmente se les conoce-, a quienes siempre ha visto con prevención, en unos casos, y con abierta antipatía, en otros. Diversas fuentes consultadas en el PNV coinciden en que el veterano burukide siempre «despreció» a Urkullu. «Decía de él que era un 'maestrillo' que ni siquiera había ejercido y veía debilidad en su actitud respetuosa», apuntan.

Arzalluz no les perdonó su intento por impulsar una profunda renovación de las estructuras vizcaínas a mediados de los noventa, a la vez que iban copando puestos de responsabilidad tanto internos como institucionales. Ahí se consumó el distanciamiento, acentuado cuando el dirigente de Azkoitia apoyó la candidatura del histórico Luis María Retolaza para la presidencia del Bizkai buru batzar frente a la de Javier Atutxa, a quien se considera el 'padrino' político de Urkullu, que figuraba en su plancha.

De esa misma época data la primera 'campaña' seria en la que se embarcaron los 'jobuvis', que hizo que en el partido empezaran a verles como un colectivo consolidado con unas metas bien definidas. Los jóvenes burukides vizcaínos ven con disgusto como, una vez consumada la traumática escisión del 86, los guipuzcoanos de su generación -Joseba Egibar, Patxi Ezkiaga, Juan Mari Juaristi, 'Xeler'- empiezan a hacerse con cargos de máxima responsabilidad en el partido. Buena parte de la vieja guardia peneuvista en Guipúzcoa estaba ya en EA y les había dejado el camino expedito.

Ellos en cambio, barruntan un panorama más oscuro y constatan como los Bergara, Atutxa o Anasagasti ponen techo, por el momento, a sus aspiraciones. En ese contexto, empiezan a moverse para aupar precisamente al joven Urkullu -26 años- al cargo de diputado de Cultura que dejaba vacante Patxi Zurikarai. Preparan escritos, hacen gestiones. Fracasan. Tomás Uribeetxeberria ocupa el cargo para el que postulaban al burukide de Alonsotegi, que en esa época ya había entrado hace tiempo -desde el 84- en el BBB, del que fue portavoz y secretario antes de dar, en 2000, el salto a la presidencia en sustitución de Atutxa.

EL HOMBRE «DIALOGANTE»

Pero supieron perseverar y esperar su momento. «Se han tenido que abrir camino con dificultad», observa un militante peneuvista, «pero se habían juramentado para lograrlo y lo han logrado». Mientras tanto, el grupo se curte en las responsabilidades institucionales: Urkullu fue nombrado director de Juventud de la Diputación vizcaína en 1987, puesto que ocupa hasta el 94. Se da cuenta entonces de que prefiere las tareas de control del 'aparato' al lenguaje técnico y jurídico de la labor institucional, un terreno en el que no se siente tan cómodo. En esa etapa, Bilbao ha entrado a Hacienda y Esteban es diputado de Presidencia y portavoz. Los 'jabugos' descollan. «Me impresionaba lo serio que era para sus pocos años, muy maduro y con criterio», recuerda el entonces diputado general José Alberto Pradera, que le describe como un «hombre de consenso».

Su experiencia en la Diputación y en el Bizkai en la etapa de los pactos con el PSE imprimió en él la huella de la transversalidad, que no le ha abandonado. También abonó su vena pragmática -compartida por sus coetáneos y amigos- que compatibiliza con una fidelidad imperturbable a la ortodoxia peneuvista y con unas convicciones profundamente nacionalistas. «Cualquier deslealtad o salida de tono, le hará a él mucho más daño que a Imaz», apuntan en el PNV. El socialista Rodolfo Ares compartió en aquellos años con él y con Aurrekoetxea largas negociaciones para dar forma, entre otros asuntos, a los pactos municipales entre peneuvistas y socialistas. Destaca que es «fácil hablar con él», un buen aval para el mandato que ahora arranca.

Su talante «dialogante» y su peso en el partido de Imaz -a quien él y su círculo auparon hace cuatro años al liderazgo peneuvista, convencidos de que aún no había llegado la hora de los vizcaínos- le condujeron también a la mesa de negociación de Loiola con socialistas y Batasuna, para tratar de llevar a buen puerto el frustrado proceso de paz. Cuentan que su carácter reservado y riguroso se dejaba notar también en aquellas reuniones secretas, frente al verbo más pasional de Imaz. Sea como sea, y a pesar de que su antecesor fue por libre en los últimos y cuestionados compases de su mandato, dicen que siguen manteniendo la sintonía y la proximidad.

El flanco institucional de Urkullu se completa con su experiencia de una década larga como parlamentario vasco. Ha presidido la comisión de Derechos Humanos y la Ponencia de Víctimas del Terrorismo, a quienes, como admite en privado, se sintió más cercano que nunca tras la angustiosa experiencia de visitar el 'zulo' en el que ETA mantuvo secuestrado a José Antonio Ortega Lara. En una ocasión, levantó cierta polvareda al hablar de 'grupos armados' para referirse al Ejército español y a la banda etarra pero, en general, sus oponentes elogian su labor.

Pocas veces se le veía en la cafetería de la Cámara. Dicen que en las pausas de los debates obviaba el café o la cerveza -es abstemio- con compañeros y adversarios. Prefería encerrarse en el despacho del grupo para atender una tonelada de llamadas pendientes del Bizkai y aprovechar el tiempo, como la hormiga de la fábula.

LA PÁGINA EN BLANCO

Y paso a paso, aprovisionándose para el invierno, ha llegado a donde está hoy. ¿Y a partir de ahora, qué? Hay algunos puntos en los que casi todos coinciden. Vaticinan que se apoyará en su 'núcleo duro' -las reuniones para decidir cuestiones de calado las celebra, sobre todo, con Ortuzar, Bilbao, Mediavilla y Aurrekoetxea-, una muestra más de su carácter más bien «gregario, de equipo». Aunque hay quien ve en él cierto aire distinto y único, el de un líder maduro y enemigo declarado de las controversias.

«Pero si tiene que dar un golpe en la mesa lo dará», apuntan sus compañeros. Y eso conduce al primer interrogante, al gran reto al que se enfrentará como presidente del EBB, además de las próximas citas electorales: el de evitar que el desafío soberanista planteado por Ibarretxe con su propuesta de consulta desborde los diques de contención de lo políticamente razonable.

Urkullu compartía las tesis expresadas por Imaz en el célebre artículo 'No imponer, no impedir' y sintoniza plenamente con la idea de alcanzar acuerdos que cimenten con fundamento los avances soberanistas, aunque jamás lo expresará con la claridad meridiana de su antecesor. Más bien parece que, con la prudencia que le achacan, esperará a que las urnas vayan despejando incógnitas. Tacita a tacita y sin precipitar los cambios en un partido en el que aún subsisten inercias difíciles de romper. Como la hormiga del cuento.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos