El superviviente cumple 15 años

El Euskaltel-Euskadi estuvo a punto de cerrar en varias ocasiones antes de ingresar en la élite del ciclismo

J. GÓMEZ PEÑA

Durante sus primeros años, el reloj del equipo Euskadi sólo cronometró la angustia. Era frágil, vivía de prestado. Nació en 1994 y hasta agosto de 1997, hasta que la firma de telefonía Euskaltel se atrevió a meter 25 millones de pesetas en ese maillot, permaneció en una incubadora. Tiritando. Sin abrigo. Con deudas. Miguel Madariaga es hoy el patrón de una de las escuadras elegidas por el UCI Pro Tour. Socio de la élite. Vip. Pero entonces era sólo el responsable de un pozo sin agua. De ahí sacó al actual Euskaltel-Euskadi: el superviviente que en 2008 cumplirá quince años.

«Vivía de favores. No lo volvería a hacer. Fue por masoquismo. Por ignorancia. No sabía todas la dificultades que íbamos a encontrar. En aquella época la angustia era constante», dice Madariaga. En abril de 1994, en la temporada del debut, llegó el primer triunfo: aquella cabalgada de Agustín Sagasti en la última etapa de la Vuelta al País Vasco. El inicio de un palmarés de casi 120 victorias. Madariaga no lo vio. Mientras sus dorsales competían, él amasaba músculos en su gabinete de masaje de Mungia. Consulta privada. Era masajista y aquel día tenía 30 citas que cumplir. «Estaba allí hasta las once de la noche». De esas sesiones sacaba parte del dinero para alimentar al equipo. Tracción a sudor. Por eso, del éxito de Sagasti supo de oídas. Tenía las manos ocupadas en mantener vivo aquel milagro: un equipo ciclista creado sólo con el apoyo popular. Utopía. «Todos me decían que era una bilbainada».

En el ciclismo, vivir sin una empresa detrás es eso, un milagro. Y claro, el del equipo Euskadi comenzó en Lourdes. Por allí pasó una etapa del Tour de Francia 1992. En una terraza, cerveza en mano, Madariaga charlaba con José Alberto Pradera, diputado general de Vizcaya. Madariaga conducía una escuadra amateur, el Beyena. Pradera era un hincha del ciclismo. La barra de aquella 'brasería' estaba ocupada por ciclistas y auxiliares del PDM holandés. El uniforme del éxito. Y surgió la pregunta: «Miguel, ¿sería posible un equipo vasco?». Induráin era el monarca del inicio de la década. Soñaban: los mejores corredores vascos conjurados en su maillot. Pero en ese sueño entraron a tientas. Hubo tropezones.

Pradera y su jefe de prensa, Juan Carlos Urrutxurtu, arrancaron el plan. Hablaron con Jaime Ugarte, presidente de la Federación vasca. Así pasó un año. Con bocetos. En el Tour 1993, en Andorra, Pradera y Madariaga hablaron con ciclistas. Les tentaron. «Nadie creía que fuera posible», recuerda el mánager del Euskaltel. De vuelta, el 31 de julio -fiesta de San Ignacio- hubo una reunión en la Diputación. Pradera convocó a Marco Gerediaga, el alma de la Sociedad Ciclista Amorebieta, y a Ibáñez Arana, ex presidente de la Federación española y candidato a presidir la Fundación Euskadi. Madariaga era sólo consejero en el entramado del proyecto. Su vida era otra: trabajaba por la mañana como encargado del parque móvil de la Diputación y en el masaje por la tarde.

En la 'era Induráin'

El ciclismo seguía borbotando. Era la estrella mediática: Induráin laminaba en el Giro y el Tour; Lejarreta, un mito local, se estrellaba en el descenso de Montecalvo... A ese rebufo, los padres del equipo Euskadi enviaron 25.000 cartas a empresas y particulares para solicitar su apoyo. La encuesta obtuvo un resultado optimista. Pero no se tradujo en monedas. El dinero sí que es un milagro. Para el andamiaje del equipo hacían falta 128 millones de pesetas. Mucho para sacarlo sólo del altruismo. E imposible si entre los responsables del plan se desata una lucha de poder. «A algunos corredores, como Cabestany, se les iba a poner sueldos desorbitados», cuenta Madariaga. No salían las cuentas. Ugarte e Ibáñez Arana salieron del proyecto. «Nos quedamos Urrutxurtu, Gerediaga, Julián Eraso (Euskal Bizikleta), mi hermano Javier (presidente de la Federación vizcaína) y yo». En la siguiente reunión, Pradera situó a Madariaga al frente. Ahí sigue.

«Antes de irse, Ugarte ya había llegado a un compromiso con Txomin Perurena para que dirigiera el equipo». Fue en una comida en el 'Juantxu', el restaurante que sube hacia Autzagane. También estaban comprometidos Cabestany y Usabiaga. Aunque el primer corredor en firmar fue González Salvador. Veteranos y chavales como Cuesta o Laiseka. Ilusión sin fondos. Bancarrota. «Si es hoy no cargo con ese muerto. Ni hubiese hecho las cosas como las hicimos. Pero..., cuando quise salir ya no podía», confiesa Madariaga. El equipo entero descansaba sobre sus hombros. En sus manos. Dale al masaje. Por eso no vio ganar a Sagasti.

«No llegaba el dinero. No se apuntó como socio del equipo ni la mitad de la gente que esperábamos -apenas 5.000- y las empresas tampoco entraron como creíamos. De lo prometido, nada». Y ya estaba en marcha el calendario de 1994, el del estreno. «Todo el dinero que sacaba en el masaje iba para el equipo. Trabajaba a destajo. Eso me permitió no ir a la cárcel». Ni así bastaba. Sin fondo: la deuda subió a 10 millones de pesetas. Para colmo, Pradera duró poco más como diputado general. Su sustituto, Josu Bergara, «cumplió los compromisos adquiridos». Pero no tenía el entusiasmo de Pradera. Madariaga se apoyó en el segundo de la institución foral, en José Luis Bilbao, teniente de diputado general. «Este equipo siempre ha tenido su apoyo. Bilbao me ha salvado de tres fuegos». De tres finales.

La hoguera más dura data de 1995. «Estuvimos a punto de cerrar». Persiana para el sueño. «Me lancé a una aventura y casi acabo en la cárcel. José Luis Bilbao me salvó». La deuda del equipo con Hacienda llegó a las juntas generales. «Alguien pidió allí que el responsable lo pagara». O sea, Madariaga. Mediante un 'crédito puente', Bilbao permitió al conjunto ciclista mantener la respiración. «Hoy se ha pagado todo, pero entonces pareció el final». Mientras Miguel Madariaga rescata ese pasado, le escucha Igor González de Galdeano, que ingresó como corredor en 1995. «Venía del Banesto amateur, que tenía más medios que el Euskadi». Eso sí, nunca faltó material: los patrocinadores de siempre -Etxe-Ondo, Insalus, Orbea Astore...- sostuvieron el árbol. Ellos y la Diputación vizcaína.

Para 1997, apenas quedaban trazas del sueño. El equipo agonizaba. Mediada la temporada, los sueldos dejaron de llegar. «A algunos auxiliares que todavía hoy siguen, tengo mucho que agradecerles», reconoce Madariaga. Su silencio. Su espera. «Otra vez estábamos a punto de cerrar». En eso, llegó Euskaltel. José Luis Larrea y Carlos Lambarri convencieron al consejo de la empresa para subirse a la bici. El 17 de junio, la junta aprobó una aportación de 26,5 millones de pesetas. Euskaltel figuró ya en septiembre en el maillot de la Vuelta a España. «A Juan José Ibarretxe le gustaba este equipo y fue él el que me puso en contacto con Euskaltel».

Laiseka, decisivo

Madariaga halló asilo en la compañía telefónica. El nudo estrangulaba menos. Aun así, Laiseka tuvo que rescatar al equipo con su victoria en Abantos, en la Vuelta 1999. «Si no gana Roberto... Ninguna victoria fue ni será tan importante», compara Madariaga. Como la de Sagasti, tampoco la vio en directo. «Había pasado la mañana trabajando y salí de casa después de comer. Me pilló en Burgos, en un bar de autopista. Paré y vi los últimos seis kilómetros. Estaba yo solo. Aquel triunfo volvió a salvarnos. José Antonio Ardanza estaba ya en Euskaltel y siempre mantuvo su apoyo». Luego, en 2001, llegó el debut en el Tour, el acceso al sueño fundacional. Y la victoria, otra vez, de Laiseka en Luz Ardiden. La cumbre. El tacto de la utopía.

Hoy, el conjunto naranja sigue siendo un proyecto institucional, sostenido además por Euskaltel, la firma naranja. Han sido las dos llaves para salir de la incubadora; los argumentos para que desde el inicio del nuevo siglo Madariaga se atreva a pronosticar: «Este equipo no tiene fecha de caducidad». La escuadra superviviente. Gato. Quince vidas. Quince años.

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