Y el rock se hizo carne

El BEC se rindió a Bruce Springsteen, que ofreció un vibrante y honesto concierto de rock a la vieja usanza

JOSU OLARTE
LA LEYENDA. Decenas de manos 'imploran' al Boss, entregados al que ya se considera un mito en la historia del rock. / FOTOS: IGNACIO PÉREZ, FERNADO GÓMEZ Y BORJA AGUDO/
LA LEYENDA. Decenas de manos 'imploran' al Boss, entregados al que ya se considera un mito en la historia del rock. / FOTOS: IGNACIO PÉREZ, FERNADO GÓMEZ Y BORJA AGUDO

Lo que ya se sabía, que a estas alturas Springsteen es el último gran catalizador de masas del rock, quedó una vez más demostrado durante la esperada visita a Euskadi del músico de New Jersey. Con U2 presa de su gigantismo y de las ínfulas de su líder y unos Stones que en su huida hacia adelante han terminado por vender su parque temático al mejor postor o banquero, el Boss representa para muchos el máximo garante de la identidad, sinceridad y experiencia física y anímica que se le supone a la mayor manifestación de la cultura popular del pasado siglo.

Puede que a sus muy bien llevados 58 años no transmita la urgencia de antaño, que el ímpetu de su épica rockera se haya aplacado un tanto y que la fertilidad creativa propiciada por su voluntad política haya afectado al calado de su desigual producción reciente, pero incluso en sus peores momentos, el autor de The River está muy por encima de la media. El tiempo ha pasado, pero Springsteen no ha cambiado y eso explica la respetuosa entrega de todos los que anoche le escuchamos en Barakaldo.

Carisma y vigor

Ante un público variopinto y más bien maduro, Springsteen elevó el termómetro sentimental del rock haciendo sentir al personal que iba a vivir una experiencia irrepetible. Aunque como siempre que actúa al sur de los Pirineos contaba con la audiencia entregada de antemano (los conversos eran ayer también mayoría), en su medio natural el Jefe despliega una fe y una convicción en lo que hace que es difícil sustraerse. Sus conciertos se han acortado (rondan las dos horas frente a las casi tres del pasado) y su despliegue físico no es el mismo, pero conserva el carisma y el vigor al recrear en vivo toda la bohemia urbana y el romanticismo implícito en sus temas.

Para defender su enfoque directo y esencialista del rock, cuenta con ese grupo de amigos que han envejecido juntos; una E Street Band que, aunque transmita por momentos un feeling un tanto maduro, funciona todavía como una maquinaria rockera de primera. Con un Clarence Clemons un tanto disminuido, el juego de guitarras entre Steve Van Zandt y el enorme Nils Lofgren y la solidez de la tremenda base rítmica formada por Max Weinberg y Garry Tallent sustentan a un grupo al que ahora aportan solvencia Charles Giordano (sustituto del teclista y acordeonista Danny Federici) y Soozie Tyrell, la violinista, guitarrista y corista de la sessions band que el año pasado ya suplió la señora Springsteen, una Patti Scialfa que, como se rumoreaba, se ha caído de la alineación.

Se esperaba alguna sorpresa sobre el guión de su concierto en Madrid, pero lo ofrecido en Bilbao superó todas las expectativas tanto en tiempo la actuación duró dos horas y cuarto, como en un repertorio que estuvo jalonado de temas poco frecuentes en sus últimos directos. Sobre un escenario austero y con veinte minutos de retraso, un organillo de feria dio paso a un «Gabon Bilbao», seguido del habitual «¿Hay alguien ahí?» con el que dio inicio al recital, provocando el delirio y pasando a componer en la penumbra: una pose ya icónica en la historia del rock.

«Pozik nago»

Radio Nowhere, el dardo garajero a las radios americanas que tira de su último disco, Magic, lanzó al respetable por una autopista emocional trufada de clásicos, que intercaló con temas de su última entrega. Los 16.000 afortunados que estaban allí se emocionaron con cada acorde. Ese descreído remanso que da título a su disco fue presentado con un «Pozik nago (Estoy feliz)». Con la convicción de los grandes animales de escenario, Springsteen acercó Reason to believe al boogie-blues del grupo tejano Zz Top, elevando la temperatura de un recital que despegó con Shes The One o el Living in the future, que explicó en castellano denunciando la «pérdida de derechos civiles, las guerras innecesarias» y la falta de valores tradicionales en América, frase que concluyó con un contundente, «así que... ¡a luchar!».

Hacia la primera hora, el show entró en su momento cumbre con clásicos como Backstreets, Darlington county. Después, la cosa perdió algo de ímpetu y el grupo recuperó aliento con temas sentimentales como Ill Work For Your Love, Devils Arcade, dedicada a los soldados de Irak, y la tríada patriótica The Rising, Last to Die y Long Walk Home. Una relectura prolongada y enfática de Badlands, otro tema de su disco más revisitado (Darkness on the Edge), elevó la temperatura poniendo al personal al borde del éxtasis.

Con la euforia desatada, Springsteen dejó nada menos que seis temas para los bises. Arrancó con una dedicatoria «a las chicas de Bilbao», regalándoles Girls in Summer Clothes. Después engarzo dos excelentes relecturas de clásicos como 10th Avenue Freeze Out, en clave soul, y Street Shuffle. Ya con el público en pie y a plena luz sonó pletórica Born to Run y el hit Dancing in the dark precedió al jolgorio folk and roll de American Land, tema en homenaje a Pete Seeger, que puso broche a una noche con magia y con el savoir faire que da la experiencia y la fe ciega en lo que se hace y se cree. Gracias, Jefe, por venir hasta aquí.