Los arqueólogos recrean el estilo de vida en el castro

A pesar de su actividad agrícola y ganadera, los antiguos moradores de Bolunburu se caracterizaban por ser gente de guerra

S. LLAMAS

Los moradores del antiguo castro de Bolunburu y su forma de vida son todavía una incógnita para los arqueólogos. Sin embargo, las investigaciones efectuadas en otras fortalezas de la época permiten avanzar algunas características. «Parece que se trata de un poblado que se dedicaba principalmente a la ganadería y a la agricultura, aunque entre ellos también había gente de guerra», afirma Mikel Unzueta, arqueólogo de la Diputación.

«Era una sociedad bastante bélica», insiste el experto. Las comunidades prerromanas, de hecho, se caracterizaban por tener una organización jerárquica. No obstante, resulta complicado determinar si esta autoridad se sostenía en un consejo o en una jefatura personal, «o incluso en un mando electo», agrega.

La mayor parte de las batallas que se libraban entonces no solían tener motivaciones políticas, sino económicas. El vencedor se llevaba todas las riquezas, puesto que ya entonces existía la figura del «mercenario» y un mercado de guerra. «En esta época estaba democratizado el uso del hierro para elaborar armas y herramientas», advierte.

En cualquier caso, la muralla era sumamente importante en aquella época. «Hace 2.300 años estos muros servían al poblado para defenderse». Y es que el lugar sobre el que se asentaba el castro era un enclave estratégico «excepcionalmente bueno». «Su ubicación les permitía controlar la ladera, pastorear y vigilar el paso del Cadagua», ejemplifica Unzueta. Su área de influencia abarcaba un perímetro de cinco o seis kilómetros, en el que se aprovisionaban de otras materias primas, como la madera.

Tejados de paja

Con estos recursos edificaban sus frágiles moradas. «Vivían en cabañas construidas con varas de avellano clavadas al suelo y cubiertas de un manteado de barro, con tejados de paja o brezo», defiende el experto. En ellas se agrupaban por familias compuestas por padres, hijos e incluso abuelos. «Es posible que además existiera un edificio público para reunirse, o que utilizaran una plaza con este fin», señala. Los niños, por su parte, vagaban por el interior del cerco, siempre «todos juntos».

Esta forma de vida, sin embargo, apenas sobrevivió después de la llegada de las primeras legiones romanas. «Tras la romanización tardaría unas dos generaciones en abandonarse», sostiene el arqueólogo. Un periodo no muy largo, ya que estos ancestrales encartados no gozaban de mucha longevidad. «Su esperanza de vida rondaba los 30 ó 40 años». Y eso a pesar de que su alimentación era variada, con la carne y los cereales como productos básicos. Por eso, los expertos suponen que el castro estuvo rodeado de un cerco de madera para el ganado, así como de diversos campos de cultivo.

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