Ibarretxe pone fecha a su nuevo desafío y convoca la consulta el 25 de octubre de 2008

Apuesta por el plebiscito para «obligar» a ETA a dejar las armas por imperativo popular y forzar un nuevo proceso de paz y normalización

OLATZ BARRIUSO O.BARRIUSO@DIARIO-ELCORREO.COM
SIN AUSENCIAS. El Pleno del Parlamento vasco al completo atiende el discurso de Juan José Ibarretxe, con los dirigentes del grupo socialista Patxi López y José Antonio Pastor en primer plano. / FOTOS:  IOSU ONANDIA E IGOR AIZPURU/
SIN AUSENCIAS. El Pleno del Parlamento vasco al completo atiende el discurso de Juan José Ibarretxe, con los dirigentes del grupo socialista Patxi López y José Antonio Pastor en primer plano. / FOTOS: IOSU ONANDIA E IGOR AIZPURU

El nuevo desafío de Juan José Ibarretxe tiene desde ayer un exhaustivo calendario de ejecución, con una fecha estrella -el 25 de octubre de 2008, sábado-, la fijada por el lehendakari para celebrar, contra viento y marea, la controvertida consulta popular en la que ha vol-cado todo su empeño político, convencido de que se trata de un asunto de honor. «Hay que cumplir la palabra dada. Yo di la mía y voy a cumplirla», proclamó ayer, solemne, el jefe del Ejecutivo de Vitoria ante un expectante hemiciclo, minutos antes de desvelar, con todo lujo de detalles, la 'hoja de ruta' que ha diseñado para «romper la espiral» que bloquea, a su juicio, la solución del «conflicto» y que supone, dijo, emprender «un camino sin retorno» para «decidir nuestro futuro en paz».

El remozado plan de Ibarretxe -que amenaza con adquirir ecos y dimensiones aún mayores que el fallido proyecto que rechazó el Congreso en febrero de 2005- pasa esencialmente por acomodar el borrador de ponencia aprobada en el seno del EBB del PNV a sus propios postulados y poner el énfasis no en la posibilidad de alcanzar un acuerdo de normalización política con el Ejecutivo central, sino en la vía plebiscitaria que debería desbrozar, según sus cálculos, un camino hipotéticamente bloqueado por la cerrazón gubernamental de Madrid. Así, el presidente vasco se colocó la venda antes que la herida y anunció que, medie o no un pacto con José Luis Rodríguez Zapatero, llamará a los vascos a las urnas en una fecha emblemática -la del vigesimonoveno aniversario de la aprobación del Estatuto de Gernika-, para que participen en una consulta que tanto el Gobierno central como expertos y juristas barruntan fuera de los límites de la legalidad vigente. El PP la tachó ya directamente de ilegal y anticonstitucional y culpó incluso a los socialistas de haber alentado el «disparate».

Si hubiera acuerdo con Zapatero -una hipótesis en la que ni el propio Ibarretxe cree-, la convocatoria serviría para que la ciudadanía vasca lo ratifique con «plena validez jurídica»; si no lo hubiera, para que se pronuncie sin efectos jurídicamente vinculantes a favor del final de la violencia y del ejercicio del derecho a decidir. La consulta cumpliría así el doble objetivo que ya venía sugiriendo en público el consejero Javier Madrazo desde principios de verano: forzar un nuevo y supuestamente definitivo proceso de paz al tiempo que se canaliza la reforma del marco político; una proclama que encendió todas las alarmas en la dirección del PNV y llevó a Josu Jon Imaz a publicar su célebre artículo 'No imponer, no impedir', en el que alertaba de las «diabólicas» consecuencias de convocar la consulta con ETA en activo. Pero Ibarretxe admitió ayer que habría abandonado el barco antes de aceptar que no se pueden presentar «iniciativas políticas» sin el «permiso» de los terroristas. Paradójicamente, será la izquierda radical la que, una vez más, tenga la llave en la Cámara vasca para permitir o no que el Parlamento autorice a celebrar la consulta, un trámite que, según los plazos previstos, se cumplirá en junio del año que viene.

Referéndum «resolutivo»

Estrictamente, Ibarretxe deja para dentro de tres años el referéndum último y «resolutivo», el que contemplaba el pacto de gobierno PNV-EA-EB para validar definitivamente el acuerdo de normalización alcanzado entre las fuerzas políticas vascas, y soslaya con ese quiebro la exigencia que él mismo se autoimpuso en su discurso de investidura de celebrar la consulta «en ausencia de violencia». La anunciada para otoño de 2008 sería una especie de solución intermedia que le permitiría cumplir su empeño sin desvirtuar del todo un acuerdo de gobierno para cuya relectura formal en ningún momento ha convocado a los partidos firmantes.

En contra de lo que en vísperas del Pleno de Política General se sugería desde las filas del tripartito -que, por razones de elemental prudencia, Ibarretxe no desvelaría todas sus cartas en la primera baza-, el lehendakari quiso hablar «con toda claridad» y desgranó un preciso calendario que debería culminar en la segunda mitad de 2010. Para entonces, según el esquema prefigurado por el jefe del Ejecutivo de Vitoria, ETA habrá renunciado a empuñar las armas, «obligada por decisión popular a realizar una manifestación inequívoca, creíble y demostrable de su voluntad de poner fin a la lucha armada». En esa lógica, el Gobierno central de turno y la banda abrirían un nuevo proceso de conversaciones, impulsados por la estela del imperativo ciudadano. Y se pondría en marcha, por fin, la mesa de partidos vascos, nonata durante el período de alto el fuego finiquitado por ETA con el atentado de Barajas. En esos mimbres se cimentaría un nuevo acuerdo político que debería abordar -según acotó Ibarretxe- dos pilares fundamentales, que ya exigió ETA en el frustrado proceso anterior: la territorialidad y la autodeterminación.

El lehendakari recalcó que en ese pacto no cabrían «vetos» de ninguna fuerza política y dejó abiertas las mayorías requeridas para otorgarle carta de naturaleza, aunque en otras ocasiones ha reconocido que debería recabar un respaldo mayor que el obtenido por el Estatuto. «Algunos partidos exigen un consenso y un respaldo popular mucho mayor que el que se exigió y se exige para mantener el marco jurídico-político vigente. Es preciso reivindicar el estricto principio democrático como instrumento fundamental para resolver los conflictos y romper la espiral que nos ata indefectiblemente al bloqueo permanente», avanzó.

Imaz, en el debate

Fue, por lo tanto, más allá de lo que muchos esperaban y pisó un terreno pantanoso del que sólo un reducidísimo grupo de personas tenía noticia exacta: entre ellos, los presidentes de las tres fuerzas que componen el tripartito: Begoña Errazti, Javier Madrazo y, por supuesto, Josu Jon Imaz, que siguió el debate desde la tribuna de invitados consciente de ser el blanco de muchas miradas. Aunque en algún momento del discurso -de más de dos horas y media de duración- abandonó su asiento, al final aplaudió las palabras de Ibarretxe, como casi todos los parlamentarios del tripartito, a excepción, curiosamente, de Joseba Egibar. Sentado junto a José Antonio Rubalkaba, ambos permanecieron impasibles en su escaño al término de la intervención.

Anécdotas aparte, el órdago de Ibarretxe complica el mandato al sucesor de Imaz, Iñigo Urkullu, que, aunque ayer expresó el «pleno respaldo» del partido al lehendakari, se verá obligado a gestionar un escenario sumamente incómodo. Puertas adentro del tripartito, la osadía de Ibarretxe se interpreta como un signo inequívoco de que ha salido «victorioso y reforzado» de la «batalla» frente a Imaz, que mañana mismo pronunciará ante la militancia jeltzale su discurso de despedida, en el que prevé dejar constancia de su legado político. Los propios adversarios de Ibarretxe no pasaron por alto la renuncia de Imaz a la reelección como líder del EBB. «Ahora entiendo por qué se ha ido Josu Jon», le espetó Patxi López al lehendakari. Ibarretxe, airado, le exigió que no «ensucie» la imagen de su «amigo», cuya talla política, según dijo, nunca podrá igualar.

En el futuro inmediato, Ibarretxe deberá, según sus propios planes, reunirse con Zapatero para tratar de esbozar el acuerdo al que apela. No obstante, él mismo negó esa posibilidad al constatar que es imposible entenderse con quien tiene un concepto «uninacional» del Estado y a quien, por otra parte, le concede un corto y precario plazo justo al final de su mandato para cerrar un pacto de semejante envergadura. Además, los planes de Ibarretxe chocan con las reiteradas apelaciones a la Constitución con que el propio presidente y destacados miembros de su Gabinete replicaron ayer al lehendakari. «Le voy a escuchar pero él me tendrá que escuchar también a mí», resumió Zapatero.

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