Samuel sube al Euskaltel al podio

El ciclista asturiano gana la contrarreloj, su tercera etapa en esta Vuelta, y mete a su equipo por primera vez en el cajón de una gran ronda Menchov, Sastre y Sánchez, trío de triunfadores hoy en Madrid

J. GÓMEZ PEÑA
UNA MIRADA AL CIELO. Samuel fija su vista en lo más añto, desde donde le ven su madre y su abuela. / REUTERS/
UNA MIRADA AL CIELO. Samuel fija su vista en lo más añto, desde donde le ven su madre y su abuela. / REUTERS

A los ciclistas les da por la pena cuando tocan el éxito. Nada más ganar la contrarreloj de Collado Villalba y de subir por primera vez al Euskaltel al podio de una gran vuelta, Samuel Sánchez giró el cuello hacia arriba, hacia su madre. Amparo. La que le crió hasta que irrumpió el cáncer. Y hacia su abuela, la que siguió luego criándole, cuando Amparo ya no estaba. A Carlos Sastre, segundo por fin en la Vuelta, la emoción le vino antes. En la rampa de salida. Oyó el coro popular. El aplauso del público. «Me ha hecho recordar lo que querían a mi cuñado, al 'Chaba'». Se sintió en su piel. El escalador. Cogió el testigo. «Me he sentido feliz». A veces, todos ganan. Sobre todo Menchov, segundo en la etapa y líder absoluto de la Vuelta que hoy concluye en Madrid. Ruso. Menos emotivo. Sopesa la euforia: «Prefiero ganar así que como en 2005». Por la descalificación de Heras. Mejor así. Una tarde feliz en Collado Villalba.

«La Vuelta ha hecho justicia», sentenció Sastre. Certero. El podio lo ocuparán Menchov, él y Samuel Sánchez. Evans se bajó ayer. Al australiano se le terminó el aliento. Nunca vio la salida en la vía de servicio de la A-6, de la autopista a La Coruña. Samuel le apartó. Pletórico. La Vuelta sólo ha tenido tres semanas para él. Corta. La termina entero. Con tres victorias de etapa y el orgullo de colgar al Euskaltel del podio. Le ha puesto su nombre a ese hito. El peso histórico. «Estaba nervioso», confesó. Tenía a 9 segundos esa frontera: ésa era la ventaja de Evans. Había que presionarle. «Salí a tope, para estresarle». Juego mental. Pero dudó. Galdeano, que le guiaba desde el coche, no hablaba. Silencio. Sinónimo de fracaso en una contrarreloj. Si no te animan, malo.

No oía. Pedaleaba. De repente, notó un cambio en el tono de voz del técnico alavés. Un pizca. Un chispazo. «¿Samu, le llevas cuatro segundos!». Había recortado casi la mitad. Nunca en 14 años de vida, su equipo había estado tan cerca. La sonrisa trágica del esfuerzo se convirtió en una carcajada interior. «He guardado fuerzas para el único repecho», confesó luego el asturiano. Nadie ha llegado al final de la carrera con sus reservas. La cuesta la subió sentado, anclado. Aerodinámico. Bisturí. Al compás de Galdeano. Evans tuvo que levantarse del sillín, golpearse con el viento. Estrujarse. Y ni así. «He subido con rabia», dijo Samuel. Con ese combustible llegó. Sin freno en la curva final. Afilando las vallas. Dando gas hasta con los codos. Un año atrás se había quedado a seis segundos de Vinokourov. Ayer le sacó 12 a Menchov, desplazó a Evans del podio y casi supera a Sastre. «Cada año crezco un poco». Mucho en 2007. El salto vale un lugar en el podio. Una victoria para el Euskaltel.

Más montaña

Y para Sastre. Destinado siempre a ser el cuarto clasificado. Siempre al borde del podio. Sin focos. Sin el premio que su carrera merece. Sin un recorrido para él. Ha llevado sobre los hombros el peso del reloj, de la contrarreloj de Zaragoza. Allí perdió sus opciones en la Vuelta. «Han faltado una o dos grandes etapas de montaña. De las que dan vistosidad a la carrera». Ayer lo dijo. Tenía clavados los 53 kilómetros de la lejana -octava etapa- crono maña. El agrio recuerdo de aquella autovía, vacía de gente. Eterna. Sobre esa línea blanca se le derramaron todas su opciones. Y aun así, pese a saberlo, corrió de frente. Atacó en cada cuesta. «He sido tres veces cuarto y eso no sirve para nada». El segundo puesto era su meta. Se subió a él en la montaña y se aguantó ayer sobre el crono: conservó 15 segundos ante el ímpetu de Samuel, que venía desabrochado. «Justicia», resumió Sastre. El público asentía con las palmas de las manos.

Tras todos ellos en la contrarreloj, por delante en la general, rodaba Menchov. El mejor. Punta, tacón. Perfecto. Boca cerrada en la rampa. Pausado. La calma que le daban los tres minutos sobre sus rivales. Todo un abismo para sólo 20 kilómetros casi planos. Al inicio de la Vuelta 2006 le dieron el maillot oro de la edición anterior. La prenda que había perdido Heras en un tira de gel que detecta rastros de EPO. Lo encuadró y lo colgó de su habitación. Pero nunca lo ha sentido suyo. Hoy cogerá otro. La versión que prefiere. Ha recuperado la Vuelta más justa. Ordenada por méritos: Menchov, Sastre, Samuel, Evans y Mosquera.

Fotos

Vídeos