Samuel y Antón, la suma perfecta

El asturiano corona en Monachil la exhibición táctica del Euskaltel Euskadi y Menchov confirma su dominio en la Vuelta

J. GÓMEZ PEÑA
TRIUNFADOR. Samuel Sánchez celebra su victoria en Granada, por delante de Beltrán. / EFE/
TRIUNFADOR. Samuel Sánchez celebra su victoria en Granada, por delante de Beltrán. / EFE

La Vuelta desde una habitación naranja. Decorada con el color del Euskaltel-Euskadi. La que comparten Samuel Sánchez e Igor Antón en hoteles de una noche. 'Samu' es el mayor, el que dicta consejos. «Siempre me dice que me centre en lo mío, en las subidas, que me olvide de lo otro, que aproveche mi don», confiesa 'Fuji'. 'Fuji' es Antón y es el joven. Componen la suma perfecta. Cada uno a lo suyo. El aprendiz sube; el veterano baja. Ayer, la operación le salió perfecta al Euskaltel-Euskadi. En la cima de Monachil, la etapa que descendía a Granada se inclinó hacia Samuel. Y la Vuelta, otra vez hacia Menchov. Líder duradero. Intacto ayer.

¿En qué piensa un asturiano que desciende Monachil a 90 por hora? «En el tubular, en que no reviente. Si patina, Valentino Rossi le puede dar gas a la moto. Yo no». Se juega la crisma. Samuel también creció sobre una moto. «Desde los tres años». Ahora vive sobre un cimiento más precario: el centímetro y medio de un tubular. Es un ciclista de rodeo. Un dorsal de vértigo. Le gusta hacerle descuentos a las curvas. A la suerte hay que obligarla. Y a por ella salió en el tramo final de Monachil, cuando ya Sastre había firmado tablas con Menchov, Evans y Efimkin. Antón, el que sube, le impulsó. Cambio de turno en la habitación. Monachil era una tarde abrasada. De sol. Naranja.

Delante, Cunego, resto de una fuga, perdía asfalto. El Triki Beltrán se lo quitaba. Detrás, Samuel notó que el público se iba espaciando. Eso es que se terminaba el ascenso, que empezaba lo suyo: el descenso de Monachil. Allí hay un recuerdo en el suelo, el que dejó Vinokourov. El kazajo le levantó en ese tramo la Vuelta 2006 a Valverde. En descenso. En esa cascada que precisa un millón de pedales. De músculo. Y de corazón. Salvaje. Asturiano. Samuel agarró su kit de equilibrista y se arrojó contra las cuatro primeras curvas de Monachil. Las peores. Las mejores para él. «Sé donde está mi límite». Más allá que la frontera a la que se atrevían a arrimarse Beltrán y Cunego. La mirada violenta de Samuel les cogió enseguida. Cunego bajó pronto la bandera. Ni pudo con Beltrán en la subida ni con Sánchez en la bajada. Se resignó a ser engullido por el grupo de Menchov, Sastre, Evans, Efimkin, Barredo y Luis Pérez. Allí, Antón hacía de secante. El que sube bajaba con el lazo en la mano: anuló cada intento de caza. Todo quedaba en una habitación.

A Samuel le sobraban colmillos. Tanto enterró el casco en el manillar para comprimir su figura que se le enredó su amuleto con la tija. Susto. Algo pasa: el colgante se casca... Tranquilos. Tiene currículo de camicace que siempre vuelve a casa. A 90 por hora agarró al aire la cadena donde barqueaba su suerte: un crucifijo y un colmillo de tiburón tigre, herencia de un viaje a Cuba. Se los pasó a un motorista. Moteros. Colegas de velocidad. Ya no le hacía falta esa suerte. Sólo piernas y un par de relevos del Triki. Son amigos. Beltrán ya sabía cuál era su final: «Me ha dicho que yo ganaba, que soy más rápido», aseguró luego Samuel. Le agradeció el impulso. Le abrazó en la meta mientras repartía una sonrisa que alegraba Granada.

Trabajo en equipo

A 24 segundos venían Barredo y Antón, el vigilante. El que sube. Estaba inquieto. No sabía. Impaciente, a diez metros de la pancarta preguntó al público. «¿Quién ha ganado?». Y comenzó a pedalear con un brazo al aire. Feliz. El triunfo de Samuel, del que baja, le pilla cerca. En la misma habitación. «'Samu' es una máquina», repetía. Eufórico. Naranja. El color de la maquinaria del Euskaltel-Euskadi. Exacta ayer. Por eso Samuel no necesitó de su colmillo cubano. Tenía otra cadena. El primer eslabón fue Zubeldia, presente en la fuga inicial, la de Cunego. Luego se engarzaron Fernández de Larrea, Galparsoro, Aitor Hernández, Isasi, Landaluze y Alain Pérez. Broche naranja. «Se lo debo a ellos», agradecía Samuel. El equipo compacto. Comunión. La perla era cosa de Antón. Hacia arriba. Ya en Monachil. Y el cierre, de Samuel. Hacia abajo. El equipo que suma: Samuel ya es quinto y quiere colgar al Euskaltel por primera vez de un podio. Igor ya es décimo. Y sube. Y sube.

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