Pluralismo y transversalismo

XABIER GURRUTXAGA

Tras el fracaso del pacto de Lizarra uno creía que PNV y EA habían efectuado sus reflexiones autocríticas y sacado las conclusiones oportunas. A la vista de la experiencia frustrada, pensaba que en materia de pacificación y normalización la primera gran lección aprendida consistiría en evitar en el futuro las estrategias basadas en la unilateralidad, apostando desde el inicio por la multilateralidad. En coherencia con lo anterior y como segunda lección, aceptar que el objetivo de la normalización requería también desde el inicio apostar por estrategias de aproximación y entendimiento y no de confrontación entre bloques: nacionalistas vascos versus nacionalistas españoles. Porque Lizarra no sólo fracasó por la ruptura de la tregua y de la imposición militarista, sino también porque la mayoría nacionalista acumulada en torno a ese pacto presentó limitaciones sociales y electorales importantes, como para obligar a negociar al Estado y a las fuerzas políticas vascas de ámbito estatal. La estrategia de acumulación de fuerzas provocó la radicalización del antinacionalismo y facilitó al PP la articulación de llamado frente constitucionalista con la colaboración de los socialistas.

El modelo de Lizarra, mientras estuvo vigente, trajo consigo una mayor radicalización del conjunto del nacionalismo, el fortalecimiento social y electoral de la izquierda abertzale y la pérdida del peso específico del nacionalismo institucional. Uno creía que ese nacionalismo institucional había comprendido que lo que realmente le había hecho socialmente fuerte y políticamente un referente básico era, por una parte, su imagen de defensor de los intereses del país con un perfil netamente pactista y, por otro lado, su renuncia a hacer de Euskadi el escenario del 'pin, pan, pun', donde se materializaría el enfrentamiento entre comunidades. Sin embargo, vistas las declaraciones que se han efectuado este último mes por personas relevantes de los partidos referidos, no creo que la reflexión a la que aludía haya avanzado en la línea de lo que aquí se cuenta. Declaraciones en las que se considera el transversalismo político, es decir la búsqueda del pacto entre distintos modelos de construcción de la convivencia en Euskadi, como una trampa para el nacionalismo porque se entiende que otorga a los adversarios políticos la capacidad de desvirtuar el ideario nacionalista y se propone como estrategia la confrontación con el nacionalismo español y con el Estado, frente a la vía pactista del presidente del EBB, la cual se ridiculiza equiparándola sin fundamento fáctico alguno con el pragmatismo vacío de contenido. Es decir, con el pragmatismo que traiciona los principios.

Al contrario de esta opinión, considero que el pactismo y la transversalidad o el transversalismo, si se prefiere, constituyen las mejores y más eficaces pautas estratégicas de actuación para la articulación política de Euskadi y Navarra. Esta opción estratégica es especialmente de interés para el nacionalismo que realmente quiere construir una nación vasca potente, cohesionada socialmente y sólidamente articulada a nivel territorial. Resulta difícil compatibilizar la defensa del pluralismo de nuestra sociedad, como título constitutivo de la misma, con el rechazo activo del transversalismo. En una sociedad donde el pluralismo identitario corre el riesgo de evolucionar hacia el fraccionamiento comunitario debido al empuje de las dinámicas centrífugas que se dan tanto en el nacionalismo vasco como en el llamado constitucionalismo español, es urgente resaltar y fortalecer las tendencias centrípetas que buscan la aproximación y el entendimiento entre dos maneras o modelos de entender la sociedad vasca y la navarra. Porque el auténtico desafío que tenemos no reside en decir que se va a respetar la pluralidad interna, sino en aceptar y asumir que es el pluralismo el que debe inspirar las bases de todo proyecto de convivencia que aspire a ser título constituyente y referente identitario para la ciudadanía.

Me llama mucho la atención cómo en la Comunidad Autónoma Vasca sectores nacionalistas de PNV y EA frivolizan y se mofan respeto de lo que representa en política la transversalidad y, en cambio, en Navarra esa misma orientación política se convierte en un eje estratégico indispensable para el vasquismo serio y responsable. Lógicamente, me refiero a Nafarroa Bai. En el programa electoral presentado a las elecciones forales, los partidos que integran esta coalición señalan lo siguiente al referirse a los fundamentos en los que se asienta la nueva cultura política que representa NaBai: «Esa nueva cultura política se fundamenta en el reconocimiento de la pluralidad de la sociedad navarra y en la asunción de la transversalidad como eje político conductor». Más adelante añaden: «Nafarroa Bai está especialmente empeñada en realizar un proyecto de convivencia capaz de integrar a los ciudadanos y ciudadanas de todas las zonas de Navarra ( transversalidad geográfica), sea cual sea la identidad bajo la que se reconozcan (transversalidad identitaria)». La propia Elkarri de Navarra con motivo del debate parlamentario abierto sobre el marco de convivencia proponía que «en el debate sobre el futuro de Navarra se busque un consenso que además de mayoritario sea transversal».

En un foro vinculado más directamente a la situación de la comunidad autónoma como fue la llamada Mesa de Egino, los integrantes de la misma proponían un acuerdo donde se concretase el compromiso con el pluralismo, de manera que el ejercicio de la capacidad de decisión quedaría vinculado y armonizado con el principio del pacto y la no unilateralidad. Es decir, un acuerdo sustentado en el binomio integrado por la capacidad de decisión de la sociedad y la obligación de pactar. Más aún, en los acuerdos de Egino hay un compromiso y una determinación clara a favor de un pacto transversal, de tal forma que la mayoría requerida sea una mayoría cualificada que razonablemente debería ser de carácter transversal y plural.

Los artículos de Josu Jon Imaz no vienen más que asumir las cuatro reglas de juego que constituyen la sustancia de los acuerdos de Egino: 'sin violencia y sin exclusiones', 'capacidad de decidir' y 'obligación de pactar'. El propio Imaz dio a conocer que el PNV había incorporado los principios de dicho acuerdo al documento de Paz y Normalización aprobado por unanimidad por el EBB. Por eso resulta extraño y a la vez sospechoso que quienes mostraron su conformidad con la propuesta de Egino vean en las de Imaz tibieza, complejo y falta de firmeza, cuando no otras cuestiones inconfesables. No podemos olvidar que hablamos del marco de convivencia en Euskadi y en Navarra, de las reglas básicas del juego político en ambas comunidades. Por eso nuestro problema no se reduce exclusivamente a una cuestión de mayorías, va más allá. No alcanzaremos soluciones duraderas y eficaces si no son en origen acordadas y compartidas. No se trata de reconocer a nadie el derecho de veto, sino de asumir el consenso como objetivo propio y de aceptar que si no lo conseguimos habremos fracaso todos. Si en la comunidad autónoma, ante las dificultades para conseguir un acuerdo con el respaldo de una mayoría cualificada transversal, el nacionalismo opta por una huida hacia delante, con qué legitimidad política y moral va a poder exigir el consenso transversal en Navarra y no digamos ya en Iparralde.

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