En las entrañas de Bilbao

El macizo calcáreo del Pagasarri esconde cavernas de gran valor geológico, como la Cueva de San Roque, de 270 metros de desarrollo

J.M.REVIRIEGO@DIARIO-ELCORREO.COM

Cualquiera lo diría, pero esto también es Bilbao. Se trata de su parte más oculta, intrincada y desconocida, salpicada de riesgos y bellezas. Las imágenes que acompañan este reportaje ilustran la Cueva de San Roque, una de las tres grandes cavernas del macizo del Pagasarri. Este mundo fantástico se esconde en lo que en geología se conoce como un karst, un roquedo calcáreo horadado por el agua durante millones de años hasta convertirlo en una especie de queso de gruyere. Aquí, a un salto de la ciudad, se ha formado un paisaje de estalactitas y estalagmitas, de caprichosas formas erosionadas por el goteo. De manganeso y carbonato cálcico. De veta rojiza por las filtraciones de hierro.

Pese a su mágico poder de atracción, no es un lugar al alcance de todos los públicos, pues su visita exige experiencia y, mejor aún, el acompañamiento de un equipo de profesionales. EL CORREO visita la cueva guiado por Jabier Les y Gaizka Carretero, espeleólogos de la sociedad de ciencias Alfonso Antxia. Los peligros que entraña el mundo subterráneo han quedado de nuevo de manifiesto en el rescate de la espeleóloga belga Anette van Houtte, quien, tras romperse tres dedos del pie, estuvo atrapada 80 horas en una sima del Pirineo Navarra. Por tanto, no es de extrañar que los expertos recomienden adoptar todas las precauciones cuando se accede a un lugar así.

Evidentemente, la Cueva de San Roque no es como aquel laberinto de simas y galerías, pero sí muestra retazos de cómo son las entrañas de Bilbao. Sorprende su endiablada ubicación, el silencio que se respira dentro, el fresco -sale vaho de la boca- y, sobre todo, su tamaño, el desarrollo. Aunque es el sistema más modesto de los tres grandes del 'Paga', tiene 270 metros de longitud, 26 de desnivel, una anchura máxima de algo más de 20 metros y unos 7 de altura. En este recorrido hay dos grandes salas. Está claro que no es una gruta sin más. Como comparación, tiene mayor desarrollo que la Cueva de Pozalagua de Carranza, una de las más conocidas de Vizcaya.

En el macizo del Pagasarri, la sociedad Alfonso Antxia ha catalogado alrededor de 60 cavernas que, sumadas, ofrecen unos siete kilómetros de recorrido, casi tantos como el Sistema de Balzola, en Dima. Además de San Roque, la montaña más salvaje de Bilbao esconde otras dos cuevas espectaculares: el Sistema Sueño, de 1.343 metros de longitud; y el Sistema de los Nogales, de unos 3 kilómetros -está reconocida como una de las grandes cavidades de España-. Ambas son sólo aptas para gente bien rodada, ya que su interior esconde sifones, gateras que obligan a 'reptar', meandros En fin, todo lo que hace a este mundo asombroso y peligroso a la vez.

Por eso los espeleólogos advierten de que su visita exige experiencia. El difícil acceso a la Cueva de San Roque hace la primera criba porque la pronunciada pendiente no es para todos los públicos. Su interior conserva un mundo alucinante, conocido por algunos bilbaínos que, de chavales, hicieron de él un lugar de aventuras.

Vándalos

El problema ha sido que los vándalos ya han dejado su huella en este frágil enclave. La mayor parte de las estalactitas que se habían formado gota a gota están mutiladas por culpa de desaprensivos que se las han llevado a trozos como recuerdo, sin reparar en que han arrancado un pedazo de la memoria geológica de golpe y porrazo.

Aún quedan otros tesoros naturales. Hay portentosas columnas, creadas al unirse una estalactita y una estalagmita. La luz del casco permite descubrir una variada paleta de colores en la oscuridad. Las coladas provocadas por la filtración del agua dejan rocas erosionadas, algunas teñidas de tonos oscuros por el manganeso.

Otras son lechosas, del carbonato cálcico. Los espeleólogos destacan la existencia de 'gours', que son unos pequeños embalses formados por el goteo que discurre por las coladas y suelos de la cavidad. En algunas paredes surgen estalactitas excéntricas, retorcidas piezas que desafían la gravedad y que han hecho célebre a Pozalagua.

También se localiza lo que popularmente se conoce como 'huevo frito', que hace honor a su nombre. El agua ha formado así durante millones de años la Cueva de San Roque, en la que, a fecha de hoy, no hay constancia de que fuera utilizada como asentamiento humano. Aunque no hay restos arqueológicos ni pinturas rupestres como en Santimamiñe, emociona descubrir en la caverna la huella de quienes han pasado desde su descubrimiento. Tiznadas surgen firmas en la pared: «Manolo Gutiérrez, 1934». Hay otras más, también en carboncillo, datadas en 1902; otra en 1897. Incluso podría haber alguna de 1864,cuando Baldomero de Goyoaga dejó constancia documental de la gruta.

Jabier Les, el espeleólogo, ha recuperado una cita del descubrimiento. En el libro 'Album de unos locos', Goyoaga describió la visita como «un viaje al centro de la tierra»: «Algunos pedruscos, empujados por los bastones o por los pies de los expedicionarios, se desprendían de su base y rodaban hacia las desconocidas profundidades de la gruta, produciéndose al caer lúgubres sonidos capaces de amedrentar a cualquiera que no tuviera el alma tan bien puesta como la tenían todos aquellos valientes».

En la actualidad, los roquedos calizos conforman una categoría específica de especial protección, según el Plan del Pagasarri aprobado por el Ayuntamiento. La consultora Orbela, que ha asesorado a la concejalía de Medio Ambiente que gestiona Julia Madrazo, plantea la posibilidad de abrir las cuevas a las visitas y señalizarlas, siempre que los estudios descarten riesgos y se garantice la conservación.

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