«Las chicas eran muy púdicas»

El periodista llamó a 400 teléfonos del pueblo tarraconense de Torredembarra para localizar a la chica de la que estaba enamorado

LUISA IDOATE
RESIGNADO. En los bailes era difícil el roce, recuerda. / I. IBÁÑEZ/
RESIGNADO. En los bailes era difícil el roce, recuerda. / I. IBÁÑEZ

Chicos y chicas separados. Siempre. Los domingos, José María Íñigo se apuntaba a los bailes matinales del Arizona, «una sala de fiestas de Bilbao que ahora es un bingo». Por la tarde, se acercaba a los bailables de la plaza de Erandio. «Cuando paraba la orquesta, un señor te tocaba en el hombro y pagabas por cada pieza. Luego Gran Vía arriba y abajo, abajo y arriba, siempre por la acera del hotel Carlton». Ellos por un lado, ellas por otro. «Intercambio de miradas, tropezones y un '¿ay, perdón!'. Era la forma en que ligábamos a los 15». El baile del Chicharrillo, en La Casilla, era para los mayores, los de 25. «Recuerdo los anuncios de la radio: 'Gasteleku, hoy baile'. Los que se lo podían permitir iban a Pumaniesca, cerca de Correos».

Vinos en Iturribide y rabas en la calle Ledesma. Y poco más. «Ni en verano ni en invierno: ahí nadie tocaba nada. En el baile no podías meter la pierna porque las chicas de diecisiete años, aunque fueran muy estilizadas, llevaban faja; algo que ahora sólo usan algunas amamas. Y aquello, amiga, era como la muralla de Ávila». A lo que se añadía la famosa palanca de antebrazo. «Tenían la puñetera costumbre de ponerte la mano en el hombro y separarte. No existía roce de pecho». Algún amigo improvisaba un empujón casual y propiciaba el encontronazo de la pareja. «Pero poca cosa. Las chicas eran muy púdicas. Era así, tampoco te cabreabas». Ni siquiera se podía entrar a cualquier cine. «Si en la película salía una escena de cama, la clasificaban de 3R ó 3X y no te dejaban entrar. No existía la posibilidad de excitación sexual. Nada. Cero».

Hubo una chica llamada Carmen. «Era enfermera, una preciosidad. Y un día me dejó por un médico, como está mandado. Era guapa, guapísima». Otra novia, que estudiaba en la Escuela de Ingenieros, se le fue monja. «Pensé que no era más que una buena excusa para quitarme de enmedio. Pero fui al convento y constaté que era cierto: se había ido monja. Y dije: 'Bueno,vamos a dejarlo así'». Son las dos historias que le quedan en la memoria. «No recuerdo más. No he vuelto a verlas. Al cabo de 40 años, no las reconocería».

Su mayor locura de amor fue telefónica y le salió muy cara. «Me enamoré profunda y platónicamente de una chica que veraneaba en Torredembarra, en Tarragona». Fue a buscarla y se encontró con un pueblo inmenso. «Así que llamé a todos los números de la guía telefónica; absolutamente a todos. Sólo me quedaban nueve cuando la encontré. Marqué 400 teléfonos, desde las nueve de la mañana a las seis de la tarde, desde una cabina, y me gasté todos los ahorros del mundo».

Susto en Artxanda

Una vez se quedó petrificado en su «magnífico 600» mientras enseñaba el monte Artxanda de noche a una inglesa. «Estábamos en pleno abrazo, beso o lo que fuera y, de repente, llaman a la ventanilla. Me vuelvo y veo a la Guardia Civil que pregunta: '¿Necesitan ustedes algo?' Se me heló el corazón, el hígado, y se me bajó todo lo que había subido. Entonces lo del tricornio imponía mucho. Me acojonó de tal manera que estuve sin ir a Artxanda a esos menesteres mucho tiempo». Aquellas emociones ya no tienen sentido, dice, porque los quinceañeros ven en la tele lo que él no supo hasta los 30. «Entonces, si salías con alguien tres veces, la cosa era seria. Besar a una chica, ni te cuento: era compromiso formal. Lo otro olvídalo; ni se nos ocurría siquiera».

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