Rasmussen deja el Tour de las mentiras

Su expulsión coloca a Contador como líder ante la indiferencia del público y el caos del ciclismo

J. GÓMEZ PEÑA
A LA CALLE. La expulsión de Rasmussen ha marcado el Tour. / AP/
A LA CALLE. La expulsión de Rasmussen ha marcado el Tour. / AP

«No quiero seguir. Quiero irme a casa». Bajo casco y gafas. En una conversación íntima, un ciclista del Tour se siente fuera de lugar. Incómodo en su sueño. Vuelto pesadilla de tanto dopaje. «Para cambiar esto hay que empezar por uno mismo», continúa. Quiere irse. Nadie aspira a ganar. Para qué. El triunfo está envenenado. Los patrocinadores tiemblan ante un posible éxito. El podio es una horca. El Tour está en puntos suspensivos. Reventado por el positivo con sangre extraña de Vinokourov, por la fuerza de laboratorio escondida tras la testosterona de Moreni... Y, sobre todo, por la expulsión de Rasmussen, hasta el miércoles líder total del peor Tour de la historia. Su equipo, el Rabobank, acosado por la dirección de la carrera, por las encuestas en Holanda y por los abucheos de la afición francesa, decidió sacar a su líder de la prueba. Por mentir. Por haber esquivado durante un año los controles antidopaje. El ciclismo bascula entre el escándalo y el descrédito. Nadie quiere seguir aquí. El dopaje ha pasado de moda. Impopular.

«La salida del Tour de Rasmussen es lo mejor que nos podía haber pasado». Es la leyenda que Christian Prudhomme, director de la ronda gala, escribió ayer sobre la lápida del danés. «En el ciclismo no existe la presunción de inocencia», añadió Patrice Clerc, patrón de la Grande Boucle. «Rasmussen había mentido y con ese comportamiento demostró una intención evidente de hacer trampa». Sentenciado. El corredor danés fue expulsado de la carrera el miércoles, el día de su triunfo en el Aubisque. Su vida mutó en cuatro horas. Del podio a un coche tintado, oculto. Proscrito. No ha dado positivo, pero, según su equipo (Rabobank), ha mentido.

La casualidad le descubrió. Davide Cassani, ex ciclista y comentarista de la RAI, le halagó durante la etapa de Tignes, la octava del Tour, la primera que ganó Rasmussen. «Le vi entrenando en los Dolomitas (Italia) a mediados de junio, bajo la lluvia». Esa frase permaneció en el aire. Inofensiva. Hasta que cuatro días después, la Federación danesa anunció que le expulsaba de la selección por no informar sobre sus lugares de residencia y entrenamiento. Por dos veces, los controladores de la UCI acudieron en su busca y no lo encontraron. Dos faltas. A la tercera, es positivo. Rasmussen alegó que estaba en México, donde su esposa. Y andada en los Dolomitas. «Le echamos porque nos ha mentido. No hay dopaje. Es una cuestión de confianza», explicó ayer Theo de Rooy, mánager del Rabobank. Rasmussen rompió el código interno. El equipo siguió en el Tour, aunque Menchov se bajó en el avituallamiento.

La raíz del dopaje es profunda. A la espera de que todo empeore con los Atletas Genéticamente Modificados, el ciclismo agoniza. No hay gremio más dividido. Con los corredores partidos entre 'creíbles' e 'increíbles'. Con el Tour en duelo a muerte con la Unión Ciclista Internacional. «La UCI sabía de las anomalías de Rasmussen y no nos informó. Hay que romper el sistema», amenaza Prudhomme. Con los equipos enemistados entre sí para siempre. La historia del ciclismo se ha hecho a base de metas. Ahora no encuentra la salida. De ejemplo del cisma vale otra salida, la de Pau ayer. Decía Bernadeau, director del Bouygues: «La marcha de Rasmussen es un bella lección. No se puede hacer trampa y robarle la gloria al limpio». Al otro lado del frente, Echávarri, mánager del Caisse d'Epargne, respondía: «Estamos en el deporte equivocado. No respeta las leyes. Se salta los derechos humanos».

En la lista

Mientras todos discutían, Alberto Contador bajaba de blanco -maillot de mejor joven- del autobús del Discovery. Serio. Ante un público indeciso. Desconfiado. Le quedaban 188 kilómetros para vestirse de amarillo, de líder. El premio deseado. Y no era feliz. No había elegido esa manera de derrotar a Rasmussen. Lejos de Pau, el danés se defendía: «No estaba en Italia. Cassani me ha confundido con otro. Mi jefe se ha vuelto loco». Se sabe ya en la lista de los nombres vomitados por el dopaje. «Estoy destruido». Cierto. Joop Atsma, presidente de la comisión de ruta de la UCI, ya ha pedido sanciones para él. «Pero nuestra pena no será la más dura. Ningún equipo le querrá». Tachado. Como buena parte de los últimos mitos. El ciclismo pierde su memoria.

Y el Tour tiembla. Reacciona. «No nos hace falta correr con 200 corredores. Basta la mitad», avisa Patrice Clerc. Esto es, los equipos franceses, los alemanes y los que acepten la ley del Tour, de ese espectáculo gratuito que cada año alinea a quince millones de personas en las cunetas. El martes, el Aubisque reunió en la pantalla al 55% de la audiencia gala. En España, más de tres millones de espectadores. El programa más visto. Horas después se supo de Rasmussen, de su féretro metido en un coche anónimo. «La clasificación es más creíble desde ayer», se felicita Prudhomme. «Contador es más creíble», apunta. Pero la fractura es ya enorme. Ciclismo al borde. Con el público sin fe. El que ayer acudió a la salida de Pau no encontraba a sus ídolos. Teme que sólo sean máscaras. Un ciclista, Rasmussen, se había ido por mentir. Otros, que callan, querían irse. Pero no encuentran la salida.

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