La voz de los agotes

Mitos, leyendas y prejuicios han pesado sobre el barrio Bozate de Arizkun. A orillas del río Baztan, el escultor Xabier Santxotena se esfuerza por resituar a sus antepasados en la historia

POR ANDER IZAGUIRRE
VERDE. El parque Santxotena, en el barrio Bozate de la localidad baztandarra de Arizkun. / FOTOS: ANDER IZAGIRRE/
VERDE. El parque Santxotena, en el barrio Bozate de la localidad baztandarra de Arizkun. / FOTOS: ANDER IZAGIRRE

De los habitantes de Bozate se dijo durante siglos que eran herejes y sellaban pactos con el diablo, que padecían lepra, que no tenían lóbulos en la orejas, que por sus venas corría una sangre casi hirviente (por eso, si pisaban descalzos, la hierba no volvía a crecer; si sostenían una manzana, se pudría rápidamente). No les dejaban poseer tierras ni ganado. Ni cortar leña en los bosques comunales. Ni beber en las fuentes públicas. Ni casarse con otra gente distinta.

Les obligaban a llevar en la ropa un distintivo rojo, con forma de huella de gato. Se les permitía entrar en la iglesia de Arizkun pero asistían a misa arrinconados, encerrados tras una verja, en un fondo al que entraban por una puerta especial (aún hoy se puede ver esa puerta, tapiada hace unas décadas). También tenían aguabenditera y pila bautismal aparte. Y sólo podían enterrar a sus muertos en la zona sin bendecir del cementerio, la destinada a paganos, suicidas, prostitutas y a ellos. A los agotes.

Estas gentes, instaladas desde la Edad Media en el gueto de Bozate (en el pueblo baztandarra de Arizkun), sufrieron el desprecio y las marginaciones hasta bien entrado el siglo XX. «Somos hijos de una raza maldita -dice el escultor Xabier Santxotena, descendiente de agotes-. Y todavía hoy nos da vergüenza reconocer nuestra historia; a los vecinos de Bozate y de los alrededores no les hace mucha gracia remover un pasado doloroso. En parte es lógico, porque algunos medios de comunicación han venido a investigar y luego han contado historias sensacionalistas, han dado una imagen muy negra y muy morbosa, y eso molesta. Aun así, yo tengo el afán de recuperar la historia de los agotes, de convertir nuestros complejos en orgullo. Pero todavía tendrá que pasar una generación más para que esto se normalice».

Casas más pequeñas

El empeño de Santxotena por reivindicar ese orgullo se refleja en la primera persona del plural, que asoma constantemente en sus explicaciones: «Nosotros, los agotes, siempre hemos sido artesanos». Y muestra el taller de carpintería en el que han trabajado como mínimo cinco generaciones de su familia. Ese taller es el primer espacio que se contempla durante la visita a la casa Gorrienea de Bozate, rehabilitada por Santxotena en 1998 y convertida en museo etnográfico y en exposición de sus esculturas. Porque Xabier, discípulo de Oteiza, recibió la tradición artesana y la derivó hacia la escultura. Sus obras rememoran el mundo de los antepasados, la mitología, las leyendas, las tradiciones. Y él las explica a los visitantes, hilvanándolas con la historia y la cultura de los agotes y de los baztandarras en general.

En Gorrienea, además de la carpintería y las salas de esculturas, se pueden contemplar una cocina, un comedor y un dormitorio de antaño, con sus muebles y enseres. «Pero en realidad esto no era una casa sino seis -explica Santxotena-. Las viviendas de Bozate no tenían nada que ver con las del resto del Baztán, con esos enormes caseríos de 300 metros cuadrados por planta. Aquí las familias agotes se arreglaban con 50 o 60 metros. Como les prohibían tener ganado, no necesitaban espacio para establos; y como apenas les dejaban obtener madera -un árbol al año-, construían las viviendas adosadas para aprovechar el escaso material».

Maestros constructores

A pesar de tantas trabas, los agotes desarrollaron una economía que a menudo resultó más próspera que la de los demás arizkundarras. «Eso fue gracias a que desempeñaban un oficio muy estimado: eran artesanos de la madera y la piedra. Como no podían ser agricultores ni ganaderos, también se convirtieron en cazadores y pescadores expertos. Agarraban las truchas con las manos. Hoy en día los habitantes de Bozate siguen teniendo un gen especial para la pesca. Los agotes también fueron molineros en todo el Bidasoa, desde Erratzu hasta Irun. Pero sus oficios principales fueron la artesanía y la construcción».

En este punto nos asomamos al origen de los agotes y de su maldición. Se ha divagado mucho sobre este misterioso grupo que en tiempos remotos se asentó en el Baztán: que si eran carolingios refugiados, que si eran descendientes de godos (y de ahí vendría el nombre agote, de godo) Xabier Santxotena, apoyándose en las conclusiones de un congreso celebrado en Carcassonne en 2003, afirma que los agotes eran un grupo de maestros constructores que vinieron desde Occitania (actual sureste francés) en el siglo XIII.

Y llegaron huyendo de la Inquisición, perseguidos porque profesaban la fe de los cátaros, entonces muy extendida en aquella región. Los cátaros negaban la divinidad de Cristo y de la Virgen, no recibían los sacramentos, propugnaban una vida ascética y rechazaban el poder y la riqueza de la jerarquía católica. Según Santxotena, la Inquisición persiguió con especial saña a los gremios de los constructores, ya que se trataba de hermandades poderosas con ritos peculiares, que se transmitían los conocimientos bajo juramento de secreto.

Aquellos grupos amenazados de muerte se desperdigaron por el sur y el oeste de Francia (donde se les llamaba agotes, cagots, capots, gaffets, gabach -¿origen del despectivo gabacho?- ); algunos cruzaron el Pirineo y se asentaron en pueblos navarros y aragoneses.

Parece que los agotes se radicaron en Bozate en el año 1253, bajo la tutela del señor de Ursúa (cuya torre aún se levanta en las cercanías). Así se formó este barrio peculiar, con un grupo de extranjeros que mantenían en secreto las más avanzadas técnicas de construcción, que eran tachados de herejes y que a fuerza de discriminación se vieron abocados a la endogamia, lo que atrajo aún más desprecio y más leyendas negras.

Parque escultórico

A pesar de sus habilidades (participaron en la construcción de algunos templos medievales, como probablemente el santuario de La Antigua en Zumarraga), la marginación religiosa y civil se mantuvo durante siglos. Y en ningún lugar duró tanto como en Bozate, casi hasta nuestros días.

Hoy el barrio no tiene nada que ver con la estampa lúgubre que describió Baroja y que enfada a Santxotena por injusta, porque la calidad de las casas y el modo de vida de los vecinos debió de ser igual o mejor aquí que en los demás pueblos del valle. Bozate compone ahora un paraje de postal: un racimo de caseríos encalados y relucientes, asomados a una pradera en la que pastan los rebaños, rodeados por colinas boscosas en las que se enreda la habitual niebla baztandarra.

Enfrente del pueblo se extiende el Parque Santxotena, en una pradera regada por el río Baztán-Bidasoa. Desde el año 2003, allí se levantan como tótems las grandes esculturas de Xabier, y también otras pequeñas, de acero, piedra o tubos, que oscilan entre las formas orgánicas y las geométricas, y que interpretan aspectos de la mitología -con lamias bañándose en un vistoso estanque-, episodios históricos tan variados como la batalla de Roncesvalles o el 11-S, homenajes al maestro Oteiza y a algunos prohombres vascos -en el futuro llegarán las promujeres-, estudios de las formas de la naturaleza, homenajes a la vida tradicional del valle -las ovejas latxas, las palomas, la pelota -.

Un camino enlosado lleva al visitante a las bordas desperdigadas por el parque. El autor las llama «bordas sacralizadas», cabañas de ganado convertidas en pequeños santuarios porque en ellas se cobijan, como ídolos, las esculturas de madera. Y en ellas se refleja el empeño principal de Santxotena, hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de agotes: convertir los ecos de los ancestros en voces vivas.

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