La ambición de Contador acosa a Rasmussen

El madrileño, espléndido, trató por seis veces de dejar al líder, que estuvo a punto de entregarse

J. GÓMEZ PEÑA
ESFUERZO. Rasmussen aguanta los ataques del español Alberto Contador, que probó al líder en las rampas de Peyresourde. / AFP/
ESFUERZO. Rasmussen aguanta los ataques del español Alberto Contador, que probó al líder en las rampas de Peyresourde. / AFP

Todo el Tour cambia por obra de Alberto Contador. El destello blanco. Fue en el Peyresourde. Entre curvas que agarraban las ruedas. Ahí se giró. Le miró. A Rasmussen. «Quería desafiarle», confesó. Sus ojos eran el guante en el rostro mecánico del líder danés. De repente, le asestó veinte pedaladas. Giraba las bielas a la velocidad de la victoria. De la ambición. Rasmussen parecía por fin ablandarse. De líder de bronce a líder de cera. Pero no. Es un tipo difícil de roer. Por cinco veces repitió Contador su mirada. Su muelle. Piernas de cohete. El puerto, colmado de banderas, asistía al duelo de este Tour. Entre un danés viejo de rostro aséptico, incoloro, y un madrileño nuevo que siempre está dispuesto a jugársela en un salto mortal. Ni pestañea. «Mañana saldré a por todas. Esto va a ser un mano a mano». Hizo dudar a Rasmussen: «He estado a punto de ceder», reconoció el nórdico. Con las reservas a ras de asfalto. Entró pegado a la rueda de su único rival, pero con la mirada baja. Bizqueaba. Que no me mire Contador. Los ojos rojos de este Tour. Los que miran de cara hacia París.

Contador hizo honor a la historia que palpita en esta esquina de los Pirineos. Entre gargantas de piedra y de miles de aficionados. Ayer pasó por el col de Mente, por la curva sonora donde aún se escucha el eco de Ocaña. El grito. Por la caída. Por la derrota ante Merckx en un Tour, el de 1971, que parecía suyo. Aquí también, en Loudenvielle-Le Louron, se descorchó en 1991 la era de Miguel Induráin. Y aquí, ayer, Vinokourov se soltó sus grapas. A dentelladas. Nadie como él sabe conciliar fuerza y sufrimiento. Kazajo terco. Construyó una gran escapada con Menchov, Landaluze, Garate, Arroyo Kirchen, Cobo, Hincapie, Navarro, Vila, Rubén Pérez... Y Zubeldia, renovado. Agresivo al fin. El guipuzcoano del Euskaltel perdió su invisibilidad. Se mostró. Eliminó su velo. No pudo soportar a Vinokourov en el Peyresourde, pero sí brincar hasta la séptima plaza de la general. Entró con Kirchen, a 51 segundos de la segunda victoria de etapa de Vinokourov, el candidato que había perdido el Tour en una caída.

Ese Tour, el que no ganará el kazajo vendado, venía por detrás. A pasos cortos. El Rabobank de Rasmussen amortiguaba la subida a Balés, un puerto con perfil de tapia. Con bufanda de niebla. Todos al ritmo de Boogerd. Y así fue también el inicio del Peyresourde. A dos manos: entre Boogerd y Menchov, retirado por su equipo de la escapada. Todos con Rasmussen. La pleamar de la afición caldeó la subida. La cuesta se cocía a fuego lento. Al sol. Y cuando se terminó la fronda, cuando la sombra dejó de salpicar el asfalto, Contador comenzó a mirar a Rasmussen. En una secuencia prodigiosa. El chaval de Pinto, nada indeciso, imitaba a los pilotos de Fórmula 1 en la parrilla. Aceleraba sin soltar el freno. Retaba. Al primer guantazo, Rasmussen dejó de cruzar miradas. Los ojos se le bajaron al suelo. A sufrir. A perseguir. Otra vez, como en Plateau de Beille, los dos solos. Un Tour a dúo.

«Casi no aguanto»

Detrás, los otros dorsales explotaban como burbujas de jabón. Primero Schleck, Mayo y Popovych, y luego los demás: Evans, Leipheimer, Kloden, Sastre, Astarloza y Valverde. En el Peyresourde sonaba el 'gong'. Contador agrupó en ese puerto sus hachazos. Uno tras otro. A la base del tronco danés. A Rasmussen la asfixia le coloreaba el rostro. Por primera vez cárdeno. Congestionado. Humano. La cima, cercana ya, le pareció remota al líder. «Casi no aguanto». Pero lo hizo. Hasta en cinco ocasiones salió a romper la sombra amarilla que lleva dos días persiguiéndole. Sudaba su ambición. El Tour, el público, se lo agradecía.

Rasmussen ya no miraba. Sólo pensaba. Maldecía. Ceder un metro era alejarse de su Tour. «Contador tenía por delante a Hincapie, que le hubiera esperado en el descenso», se decía. Guardaba un gramo de fuerza para la táctica. Frío. Matemático. Estaba a punto de echarse a la cuneta, con el capó abierto y el radiador humeante. Pero estiró su motor hasta el vértice. Se salvó. Del Peyresourde y del sexto ataque. De Contador, claro. El maillot blanco desplegó su último abanico muscular ya en el repecho de Loudenvielle. El madrileño no dejaba de mirar. Le pareció ver en su rival un gesto de concesión, de renuncia. El líder casi no bombeaba. Con los pulmones en suspenso. «No me vale con ser segundo. Si puedo, voy a ir a por el Tour», anunció en la meta. A este Tour ya sólo le quedan un par de cortinas por levantar: la etapa 'reina' de mañana y la contrarreloj del sábado. A Rasmussen le salvan de Contador 2 minutos y 23 segundos. O quizá un par de miradas.

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