Provincia «traidora»

A partir de julio de 1937, los franquistas impusieron profundos cambios con los que quisieron hacer desaparecer de Vizcaya todo rastro nacionalista y republicano

IMANOL VILLA
VENCEDORES. Bilbaínos saludan, brazo en alto, el paso de las tropas franquistas. / EL CORREO/
VENCEDORES. Bilbaínos saludan, brazo en alto, el paso de las tropas franquistas. / EL CORREO

Muy pronto se dieron cuenta en Bilbao de que, lo que se contaba de los franquistas, era verdad. No sólo actuaban como vencedores absolutos, a los que se les debía de rendir pleitesía, sino que anunciaban 'tolerancia cero' con cualquiera que hubiera tenido un pasado comprometido con la República. Junto a aquella implantación de la ley del conquistador, las nuevas autoridades se afanaron por doblegar hasta los ambientes más banales. Todo, absolutamente todo, debía de estar dispuesto en pro de un único objetivo: la victoria total. Así lo sufrió con extrema rapidez Bilbao y, por extensión, Vizcaya entera.

Dentro de las consecuencias emanadas del ejercicio de conquista se hallaban las disposiciones encaminadas a castigar las deslealtades a la Patria. Obviamente, en este aspecto, vizcaínos y guipuzcoanos se llevaban la peor parte. No sólo no habían apoyado el levantamiento militar, sino que se habían mantenido firmes en defensa de la República -Guipúzcoa por poco tiempo- y, para empeorar las cosas, en ambas había prendido un peligroso sentimiento separatista. ¿Podían existir más razones para que la represión fuera total y absoluta?

«Nosotros perdonamos todas las ofensas personales -señaló José María Oriol, jefe provincial de la Falange, al diario Hierro, el 19 de julio de 1937-, pero los delitos de lesa Patria, el delito de traición, no somos nosotros los llamados a perdonarlos porque fue Cristo el que nos enseñó que hay veces que es necesaria la ira santa para castigar a aquellos que vienen a mancillar una Patria milenaria».

Una de las consecuencias más inmediatas y contundentes fue la supresión de los Conciertos Económicos de Vizcaya y de Guipúzcoa, establecida en un decreto-ley firmado por Franco en Burgos el 23 de junio del 37. A ambas provincias se les acusó de rebeldía y de haberse levantado en armas «contra el Movimiento Nacional». Se alegaba también que dicho régimen fiscal atentaba directamente contra el resto de las provincias de España, sometidas a un sistema común. No obstante, y como reconocimiento a los servicios prestados a favor de la causa fascista, dichos privilegios se mantuvieron en Álava y Navarra, provincias que desde el principio apoyaron la sublevación.

Un mal a combatir

Así pues, Vizcaya y Guipúzcoa fueron tratadas como «provincias traidoras», término éste que, pese a la creencia general, no aparece en el decreto. Evidentemente, la derogación del sistema de Conciertos era un ataque directo al nacionalismo vasco pues, a criterio de Franco, aquél había sido utilizado «para realizar la más torpe política antiespañola, circunstancia ésta que, al resaltar ahora, hasta la saciedad comprobada, no aconseja, sino que imperativamente obliga a poner término a un sistema que fue utilizado para producir daños tan graves». Sin embargo, semejante golpe a los logros nacionalistas, no fue recibido de manera unánime. Carlistas vizcaínos y guipuzcoanos no ocultaron su malestar ante una medida que consideraban injusta pues afirmaban que no todos los vascos se habían opuesto al Movimiento.

El nacionalismo era tildado como un mal que había que combatir con todas las fuerzas disponibles. De ahí que los mensajes de unidad patria se reforzaran a partir de julio de 1937. Y no sólo eso. La determinación por llevar a la práctica una represión total de todo lo que significara nacionalismo y republicanismo, fue aplastante y casi obsesiva. «La cuestión vasca se arreglará fácilmente -declararía Franco en 1939-. Hay una docena de agitadores a los que fusilaré en cuanto los coja y doscientos curas a los que no fusilaré, pero que enviaré a hacer autonomismo a Andalucía».

Rápidamente, los símbolos nacionalistas y republicanos fueron sustituidos por los franquistas. El 5 de julio, el gobernador civil de Vizcaya estableció la oficialidad exclusiva para cuatro himnos: Cara al sol, la Marcha granadera, Por Dios por la Patria y el Rey, y Legionario. Todas las canciones que no fueran las citadas quedaban terminantemente prohibidas. También se establecía la obligación para todos los ciudadanos de saludar a la bandera con el brazo en alto «cualquiera que sea el momento en que se encuentre y el tiempo que haga».

Del mismo modo se habría de saludar a cualquiera de las nuevas autoridades, bien civiles bien militares. Víctimas también de aquella vorágine del cambio fueron los propietarios de inmuebles que mantenían en sus fachadas adornos o inscripciones republicanas. Se les dio cuarenta y ocho horas para que las hicieran desaparecer, bajo la amenaza de imponerles importantes multas. Otra de las novedades fue la exaltación de la bandera rojigualda. Desde el 21 de julio, quedó establecido que la bandera nacional se izara a diario en el Arenal a las nueve de la mañana y arriada a las ocho de la noche con todos los honores reglamentarios.

«Decoro necesario»

Y es que la bandera roja y amarilla pasó a convertirse en la única enseña oficial. Incluso en muchas escuelas públicas se impuso la ceremonia de izada de bandera a los sones del himno nacional. Además, era la única que podía ondear en desfiles y fiestas. Desobedecer estas disposiciones implicaba la imposición de una severa multa.

Las calles también sufrieron las iras del cambio. Nombres como Sabino Arana, Pablo Iglesias, Maciá o Facundo Perezagua, fueron barridos «por ser contrarios al decoro público necesario». Tampoco se libraron las plazas de la Villa de las ansias de «purificación». Así, la Plaza de la Casilla pasó a llamarse de Calvo Sotelo; la Plaza Nueva, de los Mártires de Bilbao y el Parque adoptó el apelativo de las Tres Naciones, en honor a los tres países considerados amigos, es decir, Alemania, Portugal e Italia. El Puente del Arenal pasó a denominarse de la Victoria y el de Deusto, del Generalísimo Franco. También la calle de la Estación mudó su nombre. Se le impuso el de calle de Navarra en honor, cómo no, a las brigadas que colaboraron en la toma de Bilbao.

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