Hemingway regresa a la fiesta

Pamplona inaugura el 'rincón' del escritor en el Café Iruña, recupera el Hotel La Perla en cuya habitación 217 se alojó en los 50 y crea una guía para seguir sus huellas por San Fermín

CON 'FUNDADOR'. La estatua en el Iruña sorprende al turista. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: LUIS ÁNGEL GÓMEZ/
CON 'FUNDADOR'. La estatua en el Iruña sorprende al turista. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: LUIS ÁNGEL GÓMEZ

«La fiesta había comenzado de verdad, e iba a durar así, día y noche, a lo largo de toda una semana. Se seguiría bebiendo, bailando, haciendo ruido. Ocurrían cosas esos días que sólo podían suceder durante la fiesta. Todo adquiría un tinte de irrealidad y parecía que nada de lo que pasara en esos días pudiera tener consecuencias. Durante los Sanfermines, incluso en los momentos de relativa calma, se tenía la impresión de que había que gritar para manifestar cualquier comentario, si es que se quería ser oído. Se tenía la misma sensación a la hora de realizar cualquier cosa. Era una fiesta y duró siete días».

Hace 80 años que los extranjeros llegan por miles a Pamplona atraídos por estas frases que Ernest Hemingway dejó escritas en 'Fiesta' ('The sun also rises', 1927). Su figura sigue siendo un reclamo. Y más este año. Hoy, 7-7-7, regresa por la puerta grande a la ciudad que inmortalizó. Pamploneses y visitantes han recuperado el emblemático hotel La Perla, en el que se hospedó en los años 50. Además, el Café Iruña que tanto frecuentó acaba de inaugurar el 'rincón' de Hemingway con una escultura en bronce a tamaño natural que impacta por su realismo.

Por si esto fuera poco, Fernando Hualde, trabajador de La Perla desde los 15 años -ahora tiene 45- y experto en las andanzas del autor, ha editado una detallada guía para que profesionales del turismo puedan realizar rutas literarias como la que ofrece por vez primera Global Servicios Culturales (teléfonos: 948230062 y 610893395).

Todo lo que tocó aquel fantástico escritor, borracho, mujeriego, admirador y amigo de toreros como Antonio Ordóñez, aficionado a la pesca y enamorado de la vida y de la muerte ha acabado convertido en objeto de culto. Por eso el editor sueco Alf Tonnesson se alojó hasta hace dos años en la 217 del Gran Hotel La Perla, desde la que el premio Nobel seguía el encierro por Estafeta asomado a su balcón del segundo piso. Porque dos años ha durado su rehabilitación (Tonnesson no pudo esperar y se compró un piso en el centro): el edificio se vació por completo por dentro y hasta el martes los expertos encargados de la reconstrucción miraban y remiraban las fotos antiguas para ser fieles hasta en el último detalle de esa mítica 'room' que hoy se llama '201 (antigua 217)'. De ella se llegó a decir que era la más famosa del mundo. Además, el hotel incorpora un restaurante que imita a la perfección el famoso local Las Pocholas, cerrado en 2000, que tantas alegrías gastronómicas proporcionó al escritor.

Hualde, reacio a limitarse a ejercer sólo como recepcionista, ha dedicado estos 30 años a recopilar información sobre el autor y la influencia que sigue ejerciendo. Por eso sabe que un inglés lleva el pañuelico en Londres los 365 días del año; que en un país tan antitaurino como Suecia hay dos peñas sanfermineras casi clandestinas que celebran 'la escalera' (es decir, el 1 de enero, el 2 de febrero, el 3 de marzo...); que en una casa de Sudáfrica sólo se escucha música típica de Sanfermines; que en Sydney un tipo tiene el salón dividido con una valla del encierro, y que un alemán compró todo el mobiliario de la desaparecida Casa Marceliano para recrear en Flensburg la taberna donde el escritor aprendió a amar el ajoarriero.

La 'room' más famosa

La Perla, reconvertido en un 5 estrellas, ofrece dormir en la cama que usó Hemingway por 800 euros. Fue el primer sitio al que acudió cuando llegó a Pamplona el 6 de julio de 1923 como corresponsal del diario canadiense 'Toronto Star'. La dueña le informó del precio, 30 pesetas, y como su sueldo de reportero no daba para tanto, se dejó aconsejar y acabó en una pensión en el número 5 de la calle Eslava, tras del Ayuntamiento, aunque con el tiempo volvería a La Perla.

Más tarde se alojó en el Quintana pagando 12 pesetas con desayuno, comida y cena. Este hotel, desaparecido en 1936 por la guerra, se encontraba en la plaza del Castillo sobre lo que hoy es la cervecería Tropicana. Figura en 'Fiesta' como Hotel Montoya, y su dueño, Juanito Quintana, gran amigo, es en el libro Juanito Montoya.

«Montoya se alegró mucho de vernos -dice Jake Barnes, el protagonista- nos estrechó la mano y nos asignó unas habitaciones excelentes que daban a la plaza. (...) Siempre hacía fresco en el comedor de abajo, así que nos sentamos y se nos sirvió un excelente almuerzo. La primera comida en España siempre produce conmoción, con sus entremeses, un plato de huevos, dos de carne, verduras, ensaladas, fruta y postre. Hay que beber una buena cantidad de vino para poder comer todo esto».

Fernando Hualde explica que entre las aficiones del escritor no figuraban sólo «buenas copas de coñac, sino sabrosos platos de la cocina navarra. Comer y beber eran dos vicios que no podía ni quería disimular». Por ello fue centro de altercados y refriegas escandalosas que provocaban las iras del dueño del Quintana. Esto es lo que contaba Eustaquio Ardanaz, antiguo empleado de aquel hotel. Pasó en 1929: «Aquel año vino con su esposa, Paulina. No tenía una habitación fija pues a Juanito (el dueño) le preocupaba el comportamiento de Ernest cuando bebía y procuraba tenerlo separado de los clientes educados y correctos. Nada más comenzar las fiestas, vino una noche totalmente borracho con dos señoritas. Paulina dormía, y él, sabedor de ello, pidió otra habitación. Media hora después y con gran alboroto, ellas salían corriendo prácticamente desnudas mientras él, en calzoncillos, las encorría insultándolas. Pese al escándalo, Paulina no llegó a enterarse».

Muchas de aquellas largas noches se gestaron en el Iruña, que aparece nombrado hasta 14 veces como tal en 'Fiesta': «Tomamos café en el Iruña, sentados en cómodos sillones de mimbre mientras desde las arcadas contemplábamos la gran plaza». Café sí, pero también botellas de 'Fundador'. Este establecimiento se convirtió en su cuartel general: no pasó ni un sólo día en Pamplona sin sentarse en aquella terraza. Por eso, y como el 'Floridita' de La Habana, cuenta con un rincón dedicado a él: acodada en la barra recibe una estatua en bronce patinado del Nobel, realizada por el escultor navarro José Javier Doncel. Mide 1'85 y pesa 240 kilos. «Había una demanda turística de algo así, todo el mundo viene preguntando por él».

La cornada

En Pamplona se quejan de que el autor es culpable de la masificación de sus fiestas. Hualde recuerda que en 1899, año del nacimiento de Hemingway, «había en Pamplona 40 periodistas franceses sólo en un día. Y un periódico canadiense le envió para hacer crónicas porque ya empezaban a llegar noticias de esa ciudad en la que la gente corría por las calles delante de los toros. Los Sanfermines sin Hemingway serían parecidos».

El Nobel corrió su primer encierro el 7 de julio de 1924, aunque disfrutaba más con las vaquillas en el coso. Allí sufrió un revolcón sin consecuencias, aunque él envió una crónica en la que exageraba así: 'Un toro cornea a un periodista de Toronto en las fiestas anuales de Pamplona'. La cornada que sí presenció fue la del corredor de Sangüesa de 20 años Esteban Domeño, el día 13 de esa semana. Fue a la entrada de la plaza e inauguró la lista de víctimas mortales del encierro. Quedó recogido en 'Fiesta': «El hombre tenía los brazos pegados al cuerpo y echó violentamente la cabeza hacia atrás en el momento en el que el cuerno se clavaba en su cuerpo; el toro lo levantó en el aire y después lo dejó caer».

Hemingway vivió nueve Sanfermines, el último en 1959. Iba a volver en 1961; guardaba en su mesilla las entradas para los toros y tenía reservada su 217. Pero el 2 de julio, después de anular su 'room', se pegó un tiro con un rifle en su casa de Idaho. Fue enterrado el 7, día de San Fermín.