«Hasta hace poco era como un maletilla en busca de una oportunidad»

«La clave está en el entusiasmo por lo hecho y por lo que se va a hacer», confiesa el más internacional de los músicos vascos que regresa a Bilbao con la Rapsodia de Rachmaninov junto a la BOS

CÉSAR COCA
«Hasta hace poco era como un maletilla en busca de una oportunidad»

Acaba de llegar de Dallas y en unos pocos días partirá hacia Manchester. Después irá a Nueva York y en el verano tocará el piano por vez primera en Pekín, y lo cuenta con el entusiasmo con el que lo haría un joven artista a punto de dar un concierto fuera de su ciudad. Es Joaquín Achúcarro (Bilbao, 1932), Vasco Universal, Hijo Predilecto de Bilbao, académico de Bellas Artes...

Los reconocimientos se acumulan en la biografía de un pianista que a los 74 años se siente joven y que reconoce con modestia que «hasta hace bien poco era como un maletilla en busca de una oportunidad». Algo sorprendente en quien protagonizó el pasado octubre una de las diez mejores interpretaciones del año en Dallas (con los 24 Preludios de Chopin), una ciudad por la que a lo largo de la temporada pasa la crema de la música clásica mundial.

Achúcarro vuelve a la capital vizcaína, donde mañana, jueves, y el viernes dará sendos conciertos con la Sinfónica de Bilbao (BOS), dirigida por Juanjo Mena, en los que interpretará dos obras: Variaciones sinfónicas de Cesar Franck y Rapsodia sobre un tema de Paganini de Sergei Rachmaninov. De ese concierto y sus proyectos, de su manera de ver la música y de transmitirla a los demás habla en esta entrevista.

Vuelve a tocar en Bilbao y lo hace con dos obras y no precisamente sencillas ni cómodas. ¿Es un reto personal?

Sí, lo es. Bilbao es un reto personal siempre. Yo creo que aquí me quieren y por eso tengo que darles lo mejor. Y si no es así, es un fracaso.

Da lo mejor a esta ciudad pero tampoco toca tantas veces aquí.

No sé. ¿Le parece poco? Bueno, si es así no es culpa mía.

¿Quién decidió que tocara dos obras, algo infrecuente en un concierto con orquesta: usted o Juanjo Mena, el director?

Fue una decisión de común acuerdo. Yo había planteado inicialmente tocar el Concierto Nº 1 de Brahms, que interpretaré próximamente en Manchester con la Orquesta Sinfónica de la BBC, pero ya estaba programado en esta misma temporada, con Josep Colom, así que pensamos en otra cosa. Manejamos la posibilidad del Emperador de Beethoven o bien la de tocar estos dos miuras, y nos decidimos por esto último.

Dos obras muy ligadas a su biografía para este regreso a su ciudad.

Sí. Las Variaciones sinfónicas de Cesar Franck fue la segunda obra que toqué en Bilbao, al inicio de mi carrera. Y la Rapsodia sobre un tema de Paganini tiene para mí muchas connotaciones. Estos días he estado en Valencia con Zubin Mehta y hemos recordado que la toqué por primera vez con él. Luego, con esa obra gané el Concurso de Liverpool, me presenté en Madrid tras el premio y luego en Londres y EE UU. Desde entonces la he tocado más de cien veces en conciertos.

¿Cómo cambia una obra con el paso del tiempo? ¿Qué ve en esta Rapsodia que no veía hace medio siglo?

Hay aspectos milimétricos en cada partitura respecto del tiempo, del sonido, la forma de atacar una nota... Cada día descubres algo nuevo, de forma que puedes conseguir de mejor manera que una cosa suene como deseas. Es curioso: escuchas grabaciones de hace muchos años y unas veces te sorprendes por lo bien que sonaba y otras te extrañas porque entonces todavía no habías descubierto algo, no habías enriquecido tu interpretación con algo que ahora es muy natural para ti.

Rachmaninov, valor en alza

Una obra, esta de Rachmaninov, que para muchos contiene una de las melodías más bellas de la historia de la música. ¿Lo ve así?

Desde luego. Y no sólo se trata de la Variación 18; también es muy bella la anterior. En Rachmaninov vas viendo, a medida que avanza su carrera, cómo va ganando su lenguaje, cómo se va despojando de notas superfluas... A mí me llama la atención el desprecio que los más snobs han sentido por su música durante mucho tiempo.

¿A qué cree que se debe?

No lo sé. Es algo que ha pasado en Europa, donde muchos de quienes lo despreciaban luego se extasiaban ante Mahler. Y me parece que hay no pocos puntos en común. Pero ahora ya no sucede: el valor bursátil Rachmaninov está en alza constante.

Acaba de llegar de Dallas, enseguida se marcha a Nueva York, más tarde Siena, Magdeburgo, Reims y por primera vez Pekín...

Sí. Voy a ir a China a inaugurar el primer festival internacional de Beijing. Daré unas masterclases y luego un recital en el auditorio de la Ciudad Prohibida. Será la primera vez que toque en ese país.

¿Hasta cuando tiene firmados contratos?

En este momento, hasta el año 2009.

¿No ha pensado en bajar algo su ritmo de trabajo, con tantos conciertos y clases en Dallas?

Le voy a confesar algo: me he sentido como un maletilla buscando una oportunidad hasta hace poco, hasta que han comenzado a darme una serie de condecoraciones que yo creo que se deben sobre todo a mi pelo blanco. Por eso empiezo ahora a sentirme un poco raro. Un director inglés decía que uno nota que es mayor cuando los policías te parecen jóvenes y no te puedes tirar del tren en marcha.

Así que no piensa reducir su ritmo de trabajo pese a que lleva tantos años haciendo larguísimos y tediosos viajes en avión, durmiendo en hoteles, lejos de casa...

Los viajes en avión no son tediosos. Te dan películas, comida, puedes dormir un rato, leer otro poco, charlar... Y cuando te das cuenta han pasado las diez horas que hay hasta Dallas. La primera vez que toqué en Oviedo fui desde Bilbao en tren y tardé casi lo mismo. Es cierto que a la hora de estudiar me canso más, pero no estoy seguro de que no sea porque me exijo más que hace 30 ó 40 años. El campo de investigación sonora, pianística, física incluso que se abre ante mí es cada vez más amplio. Ahora, es verdad que doy algún concierto menos que antes. Estoy en unos 50-60 al año, y antes hacía hasta 80 algunas veces.

Alumnos y sueños

Su mujer, Emma, viaja siempre con usted. ¿Ir así, en familia, resulta menos agotador mentalmente que si hiciera solo largas giras por todo el mundo, como algunos de sus colegas?

Claro. Es como si llevase la familia puesta. Y en Dallas incluso ocupamos siempre el mismo apartamento, dentro del recinto de la Universidad, con lo que tengo la impresión de estar en mi segunda casa. Eso lo hace mucho más llevadero.

¿Tiene previsto seguir más cursos dando clases en Dallas?

Empecé hace 19 años. La idea inicial era estar un curso, pero han ido ofreciéndome renovar el contrato y hasta ahora. Supongo que algún día se acabará... Lo cierto es que tengo alumnos con muchísimo talento y yo no me siento profesor, sino un colega de todos ellos. Hay quien trata a sus alumnos de una forma despótica, como si fueran inferiores, como gusanos. Yo les enseño algo y aprendo también con ellos.

Una vez dijo que como no quiere ser consciente de que ha llegado el momento de que no puede subir en bicicleta la cuesta de su casa, cuando llega a ese punto se baja y va a pie. ¿Hará lo mismo con el repertorio?

De momento, no. Acabo de tocar el Concierto Nº 3 de Rachmaninov, que es quizá el más exigente desde el punto de vista muscular. Y toco también el Nº 2 de Bartók, que es parecido. O esta misma Rapsodia. Ahora estoy estudiando cómo ahorrar el máximo de energía consiguiendo el mismo efecto sonoro. Por eso cada vez me apetece más tocar obras de algunos compositores en los que el esfuerzo físico compensa por sus valores musicales.

Dio su primer concierto público hace más de 60 años. ¿Qué sueños le quedan por cumplir?

El abanico de sueños se ha reducido, y algunos no los he conseguido pero tampoco ahora son tales. A la edad en que debuté, en mis sueños podía estar pilotar un avión y combatir en el aire con otro. Y ese ya no lo tengo. O ir a una isla desierta a vivir una aventura. Tampoco lo tengo. Ahora lo que quiero es hablar con Brahms, con Chopin, con el piano. Mi filosofía de la vida es tocar el piano lo mejor posible, y lo que venga será por añadidura.

El entusiasmo

¿Sigue aprendiendo obras nuevas?

Sí. La última obra grande que he aprendido es l Concierto Nº 3 de Bartók. Hace poco incorporé a mi repertorio los 24 Preludios de Chopin, que no había interpretado nunca en su totalidad. Y he aprendido obras más breves. Tengo muchas ganas de hincarle el diente a algunas piezas de Debussy y Ravel. La clave es el entusiasmo por lo hecho y por lo que se va a hacer.

Los críticos aseguran que muchas de las mejores grabaciones de pianistas como Horowitz, Arrau, Rubinstein, Richter y otros grandes fueron hechas cuando tenían más de 70 años. ¿Siente que también las suyas tienen ahora algo de lo que carecían hace décadas?

Quiero pensar que sí. Pero no estoy del todo seguro de que en esos músicos que me ha dicho todas sus versiones con esos años fueran mejores que las realizadas antes. Cada edad tiene una manera de ver las cosas. Cuando tenía 30 ó 40 años y oía decir que Mozart no se puede tocar antes de los 60, no me lo creía. Pero ahora empiezo a entenderlo; ahora veo la perfección conseguida sin esfuerzo que hay en sus obras, frente a la lucha titánica de otros compositores por conseguir lo mismo. La música tiene sus reglas, inamovibles. El piano, las suyas. Y el cuerpo, lo mismo, incluida aquí la emoción. Tienes que cumplir con todas esas reglas para que salga lo que quieres.

¿Está en un momento personal en que le va más el romanticismo desmedido de Rachmaninov, la fuerza de Beethoven, la belleza pura de Mozart o la elegancia de Debussy?

Estoy en un momento en que me va todo eso que acaba de decir, más Bach, Brahms y Chopin.

c.coca@diario-elcorreo.com

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