La vida en tiempos de 'grippe'

La vida en tiempos de 'grippe'

En octubre de hace un siglo, se alcanzó en Euskadi el pico de la epidemia que mató a decenas de millones de personas en todo el mundo. La hemeroteca de 'El Pueblo Vasco' permite revivir aquellos días de miedo, cordones sanitarios, novenas y también picaresca

Carlos Benito
CARLOS BENITO

El panteón de Emilio Basagoiti y Clara Alzuyeta, en el cementerio de Getxo, es una de las muestras más sobrecogedoras de arte funerario en Euskadi. Un niño y una niña, abrazados, contemplan cómo se eleva el féretro de sus padres hacia un ángel que lo reclama en las alturas. La imagen escultórica va acompañada de la leyenda «sed buenos, vamos a Dios y os esperamos en el Cielo». El día 22 de este mes se cumplirá un siglo del dramático fallecimiento de Emilio y su esposa, Clara. Él tenía 28 años y ella, 26, y sus muertes se produjeron en el espacio de unas pocas horas. La causa fue la 'gripe española', la pandemia que entre los años 1918 y 1920 mató a decenas de millones de personas en todo el mundo. En Euskadi, según la estimación publicada por el historiador de la medicina Anton Erkoreka, provocó 4.956 defunciones en Bizkaia, 3.129 en Gipuzkoa y 1.194 en Álava.

En octubre de 1918 se alcanzó el pico de la epidemia, que aquí no se conocía como 'gripe española', sino simplemente como 'grippe', con la doble pe que se mantiene en francés. En los periódicos locales de la época, el azote de la enfermedad tenía un doble reflejo: por un lado, estaban las actualizaciones diarias sobre la epidemia 'reinante', como solía decirse; por otro, estaba la proliferación de esquelas, que ocupaban una superficie de página mucho más extensa de lo habitual. Solo la de Emilio Basagoiti y Clara Alzuyeta ya se llevó la mitad superior de la portada de 'El Pueblo Vasco'. Y aún podía encontrarse un tercer síntoma de la obsesión por la epidemia: abundaban los anuncios de fármacos que garantizaban protección frente al terrible mal. La publicidad más ambiciosa era la del Sanolán, con una ilustración que representaba a la gripe con la figura de la Muerte. En su guadaña se leía 'epidemia' y en la capa figuraba, entre otros términos, la expresión 'soldado de Nápoles', un giro sacado de una zarzuela con el que se conocía popularmente a la enfermedad. Pero también se ofertaban el desinfectante Victory, «el más poderoso contra la grippe», y el colutorio Listerine, apoyado por una cita del doctor Marañón, e incluso se llegaba a afirmar que «se enferma de la grippe porque se quiere», ya que siempre se podía recurrir a tres «específicos» tan eficaces como el coñac Faro, el rioja Bodegas Bilbaínas o el champán Lumen.

La hemeroteca de 'El Pueblo Vasco', cabecera original de EL CORREO, permite descubrir algunas de las preocupaciones que acongojaron a los vizcaínos en aquel octubre aciago. Las autoridades se devanaban los sesos en busca de maneras para atajar la propagación de la gripe. Se organizaron meticulosas campañas de blanqueo de casas y desinfección: el día 6, por ejemplo, el alcalde Mario Arana dejó Bilbao sin serenos para que, en la jornada siguiente, pudiesen contribuir a las trabajosas tareas de fumigación, que arrancaron en Ollerías e Irala. En este plan de acción estaban incluidos todos los locales públicos, también las iglesias, pese a la testaruda resistencia de algunos párrocos. El regidor tuvo que emitir un comunicado en el que dejaba claro que «en aquellas iglesias en que no fuese permitida la práctica de la expresada medida higiénica, se prohibirá el acceso al público de una manera absoluta». Se sacrificó a todos los ejemplares recogidos en la perrera y se dio orden de matar en el acto a los animales vagabundos que se localizaran en adelante. En las estaciones de tren se dispuso un implacable cordón sanitario, que obligaba a los viajeros entrantes a someterse a un reconocimiento médico y a la desinfección de sus equipajes, y los cines tuvieron que renunciar a la sesión continua y fumigar sus salas entre la proyección de la tarde y la de la noche.

Jugo de carne y morfina

El Ayuntamiento repartió entre los más necesitados unos bonos de socorro, que les permitían acceder a alimentos y medicinas. Algunos productos 'estrella' de aquellas semanas, por su supuesta eficacia en el combate contra la gripe, subieron escandalosamente de precio. Era el caso de los limones, que llegaron a venderse a 70 céntimos la unidad. A raíz de la polémica por la picaresca comercial, una «comisión de limoneros» acudió a la alcaldía para ofrecer 50.000 piezas a 18 céntimos cada una. En realidad, el gobernador civil de Bizkaia ya había emitido a principios de mes una circular en la que establecía precios tasados para una serie de mercancías que se consideraban estratégicas: era una larga lista que abarcaba desde el formol y el cloruro mercúrico hasta la leche condensada, el jugo de carne y el aguardiente, pasando por la morfina y la aspirina. Al igual que los limoneros, otros empresarios dieron el paso de brindar sus productos a las autoridades: el almacenista Villa y Matas puso a su disposición un centenar de cajas de huevos, a 2,30 pesetas la docena; la casa Barbier e Hijos, que fabricaba el famoso coñac Barbier, cedió veinticuatro botellas de su licor extra Carta Oro. Otras compañías y particulares buscaron distintas vías para su solidaridad: desde el donativo de 50.000 pesetas que hicieron los bancos de Bilbao y del Comercio, hasta el automóvil que prestó don Teófilo Amézola para usos sanitarios.

Uno de los grandes problemas que hubo que afrontar fue el traslado de los fallecidos. En aquella época, los difuntos viajaban hasta el cementerio en los trenes de la línea de Lezama, con salida en el actual Museo Arqueológico, pero el dispositivo rutinario se reveló impropio para la situación de emergencia. Había cuerpos que permanecían horas en las instalaciones, en espera del transporte, y los convoyes eran 'mixtos', con coches para vivos y coches para muertos. Estas circunstancias produjeron el lógico disgusto en una población aterrada por la posibilidad de contagio, de modo que el alcalde dispuso que se encontrase la manera de corregirlas.

No faltó el 'match' de 'foot-ball', como lo llamaban entonces, a beneficio de los afectados, ni tampoco las novenas y procesiones. El domingo 27 de octubre, la Virgen de Begoña recorrió las calles de Bilbao. «Haz que desaparezca este azote, merecido, sin duda, pero que ha dado ocasión a este acto tan grandioso en honor tuyo con que te han enaltecido Bizkaia y Bilbao», rogó el obispo. Se cantó la Salve popular, dirigida por el maestro Guridi, y se registraron algunas escenas conmovedoras. 'El Pueblo Vasco' recogía una de ellas, al paso de la procesión por la Gran Vía: «En uno de los pisos -relataba el periodista- fue sacada al balcón, acostada en un colchón, una enferma, la que, dando muestras de una devoción y de una fe inquebrantable, se incorporó cuanto pudo y, alargando los brazos a la venerada imagen, exclamó con suplicante voz: '¡Virgen mía, sálvame!'».

 

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