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El Santo de Begoña, que vivía en un horno de pan

Domingo González había hecho fortuna en Valladolid como tratante de cerdos, pero renunció a todo, se hizo ermitaño y se convirtió en uno de los personajes más característicos del Bilbao de principios del siglo XX

El Santo de Begoña, junto al horno que le servía de refugio./
El Santo de Begoña, junto al horno que le servía de refugio.
CARLOS BENITO

Le llamaban santo, el Santo de Begoña, y durante un cuarto de siglo fue uno de los personajes más característicos de un Bilbao que no andaba escaso de tipos singulares. Domingo González destacaba incluso como miembro de aquel repertorio de seres estrafalarios, porque la mayoría de las criaturas del Bilbao chirene de principios del siglo XX tendían a lo disipado, a la comicidad alcohólica y un poco patética, mientras que él componía una figura afligida y lúgubre, de piadosa sobriedad. Murió días antes de la Navidad de 1937, así que todavía viven muchos que lo conocieron. El dibujante y columnista Olmo lo ha evocado así en uno de sus textos: «Con su indumentaria austera, su negra capa de fieltro y un largo cirio en la mano, recorría todas las iglesias de la villa rezando en cada una de ellas sus particulares oraciones». Pero el padre de Don Celes también atesora, entre sus recuerdos de infancia, la vertiente juguetona de aquel severo eremita: «Apenas divisábamos al Santo, acudíamos en tropel colocándonos muy formales a su alrededor. El hombre, muy serio, entonaba entonces una cantinela-oración y la concluía con un alegre 'tantarantán', dándonos empujones con su mano en la cabeza mientras hacíamos la rueda corriendo a su alrededor».

 

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