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La multitudinaria muerte de Baldomero Ibáñez

La ejecución pública del asesino de Ciriaca Aranjuelo el 30 de diciembre de 1896 en la bilbaína cárcel de Larrínaga atrajo a 8.000 espectadores. «¡Adiós! ¡Hasta la eternidad!», se despidió de todos el reo

La cárcel de Larrinaga, acabada de construir en 1871, fue escenario de la ejecución de Baldomero Ibáñez. /E. C.
La cárcel de Larrinaga, acabada de construir en 1871, fue escenario de la ejecución de Baldomero Ibáñez. / E. C.
Manuel Montero
MANUEL MONTERO

La aplicación de la pena de muerte suscitaba a fines del XIX y comienzos del XX una extraordinaria expectación. Las ejecuciones eran públicas, tenían una función ejemplarizante –«que dé ejemplo, que dé escarmiento»- y solían congregar a toda una multitud. Se hace raro para la mentalidad actual. En el Bilbao del desarrollo económico y empresarial una ejecución a garrote vil atraía a miles de personas. Era la época de la formación de la sociedad de masas, pero tales concentraciones no son las que solemos asociar a la modernización. La fascinación por el ajusticiamiento refleja bien una época en la que se entremezclaban progreso y costumbres que se nos antojan rudas.

 

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