La pareja que vivió 25 años en el Carlton
El ingeniero luxemburgués Charles Haas y su esposa, la francesa Pauline, se convirtieron en huéspedes permanentes del hotel: «De aquí no hay quien nos mueva», decían
En el Carlton ha pasado de todo: hablamos, al fin y al cabo, de un hotel que fue sede del Gobierno vasco durante la Guerra Civil y estuvo provisto de búnker antiaéreo, del que hoy quedan como vestigios los respiraderos en las escaleras del porche. Desde un punto de vista estrictamente profesional, el establecimiento puede presumir de haber celebrado en una ocasión las bodas de plata hoteleras de unos huéspedes, es decir, sus 25 años alojados en las instalaciones. Ocurrió en febrero de 1967 y los protagonistas fueron los Haas: el ingeniero luxemburgués Charles Haas y su esposa francesa, Pauline. «Esta es nuestra casa y Bilbao, nuestra villa –declararon aquel día al reportero de EL CORREO–. De aquí no hay quien nos mueva».
En aquella entrevista, y en otra concedida por el mismo motivo a la agencia Efe, el matrimonio de octogenarios resumía a grandes rasgos cómo había acabado instalándose aquí en los años 40: «Veníamos de Rumanía, donde teníamos nuestra casa. Supongo que seguirá allí, con sus muebles, aunque no sabemos quién se habrá hecho cargo de ella. Llegamos a Bilbao de paso para Estados Unidos, huyendo de la invasión rusa, y ya ve usted, aquí seguimos. El Gobierno alemán nos negó los visados: ante la disyuntiva de tener que ir a Luxemburgo, ocupado entonces por los alemanes, o quedarnos en Bilbao, no había dudas», explicó Charles, un reputado especialista en la fabricación de tubos sin soldadura que encontró un perfecto acomodo en la empresa Tubos Reunidos, de cuyo consejo formó parte hasta su jubilación.
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Sabemos algo más de la vida desahogada e itinerante de los Haas gracias a las investigaciones de Philippe Henri Blasen, del Centro Luxemburgués para la Historia Contemporánea y Digital, que ha indagado en los pormenores de su biografía. Charles estudió en la Escuela de Minería de Lieja y en 1913 se trasladó a Estados Unidos contratado por una compañía belga. Dos años después, en plena Primera Guerra Mundial, hizo un viaje a Francia para visitar los talleres de su empresa en Burdeos y conoció allí a Pauline, una mujer de origen humilde con la que se casó y tuvo tres hijos. En los años 20, la familia abandonó América y se estableció en la Cuenca del Sarre, territorio entre Alemania y Francia administrado en aquel momento por la Sociedad de las Naciones, y desde allí se mudó más tarde a Rumanía. El ingeniero luxemburgués era una cotizada estrella de su sector: en Bucarest, su empresa alquiló como residencia para los Haas el suntuoso palacio Spayer y Pauline se convirtió en una rutilante figura de la vida social. Pero, según relata Blasen, la llegada al poder de la ultranacionalista y antisemita Guardia de Hierro dio un brusco carpetazo a aquella etapa: Haas fue criticado en el periódico de los fascistas y acabó abandonando el país en 1942. Su mujer permaneció algo más en Rumanía, ayudando a los luxemburgueses deportados en la Segunda Guerra Mundial, pero no tardó en seguir los pasos de su marido.
Y aquí se quedaron, en el Carlton: lo que empezó siendo provisional terminó convirtiéndose en permanente y la presencia del matrimonio aportó su toque cosmopolita a la posguerra bilbaína. Cuando el hotel les rindió el inusual homenaje por las bodas de plata, Charles tenía ya 81 años y Pauline, 80. Explicaron a la agencia Efe que adoraban España en general (muy especialmente, Andalucía), que les apasionaban los toros (eran entregados fans de El Cordobés) y que de Bilbao les gustaba todo: «El carácter de los bilbaínos, la cocina vasca, el ritmo de vida... Bilbao puede muy bien incluirse en el concierto de las mejores ciudades europeas», elogiaban. Su hijo James Peter vivía en Estados Unidos y sus hijas, Jacqueline y Georgette, en Francia y Luxemburgo: «Nos piden que vayamos con ellos, pero estamos muy bien aquí, en nuestra casa», decían del hotel.
Caviar iraní y langosta
Aquel día les sirvieron foie, caviar iraní, langosta 'à la parisienne', 'tournedos Carlton' y tarta. La dirección del hotel les regaló una bandeja de plata y los empleados les compraron un jarrón y les firmaron una dedicatoria. Y, por una vez, se recuperó la costumbre, perdida ya para entonces, de que una orquesta amenizase la comida. «Para nosotros este es un lugar estupendo, donde se nos quiere, se nos cuida, se nos libera de preocupaciones», agradecían los Haas. «¡Si ustedes los vieran...! Parecen dos chavales. Física y espiritualmente», describía a la pareja el redactor de Efe.
Aquel servicio especial de la agencia apareció publicado tardíamente en el 'Diario de Burgos' el 19 de agosto, cuando ya había pasado medio año, y para entonces la entusiasta descripción de la pareja había adquirido un tinte macabro: Charles Haas había fallecido de manera repentina en el Carlton dos semanas antes, el 5 de agosto. Se celebró un funeral en la parroquia bilbaína de San Fernando y el cuerpo fue trasladado a Luxemburgo, donde reposa en el cementerio de Notre-Dame. La viuda dejó el hotel que había sido su domicilio durante un cuarto de siglo y se trasladó al país de su marido, donde murió en 1972.
Patentes
Charles Haas cuenta con numerosas patentes a su nombre, relacionadas en su mayoría con su especialidad, los tubos. Abarcan desde mejoras en los procedimientos de fabricación hasta sistemas para construir andamios con tubos cuadrados.