Panaceas que lo curaban todo

Buena parte de los remedios farmacéuticos más populares de finales del siglo XIX y principios del XX incluían opiáceos, coca u otras drogas

No curaban, pero podían provocar sensaciones de bienestar y energía que se confundían con una mejoría de la salud./
No curaban, pero podían provocar sensaciones de bienestar y energía que se confundían con una mejoría de la salud.
Manuel Montero
MANUEL MONTERO

Los anuncios que se insertaban en la prensa del XIX nos descubren un Bilbao vital, moderno, la villa en que se compraba y vendía de todo… Por ejemplo, la publicidad de junio de 1869, hace 150 años. La prensa anunciaba un servicio semanal de navegación a vapor entre Bayona, Bilbao y Gijón, que podías ir en cubierta o en cámara. Llegaba el veraneo y se anunciaban casas para los baños de mar en Portugalete y en Santurce, además del balneario de Arnedillo. En el Arenal, Zugasti vendía a «los habitantes de Bilbao» un magnífico surtido de relojes ingleses, llegados de Liverpool. El vapor 'Velázquez' salía para Sevilla, con escalas en Coruña, Vigo y Cádiz; y podías ir a Montevideo y Buenos Aires en «la acreditada y velera barca de primera clase» 'Río de la Plata', mandada por «el muy inteligente capitán Guillermo de Lopategui». El Agua Amélie teñía pelo y barba: la vendían en la Plaza Nueva. Salía a concurso el alumbrado público de gas. Y en Deusto Santiago Brouard, «ingeniero de jardines», vendía árboles frutales, grosellas, arbustos, etc.

Entre los anuncios, ya antes de la última guerra carlista adquirían importancia los relacionados con la salud, que durante décadas fueron los más abundantes. Era una preocupación prioritaria en la época.

Los productos médicos originaban los anuncios más extensos, con prolijas explicaciones sobre el origen de las enfermedades y las virtudes del medicamento. Pues bien: fueron muy frecuentes los anuncios que vendían productos que lo curaban todo, una misma medicina que servía contra la debilidad, la bronquitis, los problemas de nervios, el cáncer…

Ya en los años sesenta del XIX los encontramos en la prensa de Bilbao. Por ejemplo, el «Elixir del Dr. Guillé», de París. Era una especie de panacea milagrosa. Según la publicidad curaba asmas, catarros, inflamaciones del pecho, apoplejía, parálisis, bilis, catarro de la vejiga, gota, reumatismo, fiebre amarilla... Las «Píldoras y ungüento Holoway» fueron muy populares durante décadas, en América y Europa. Servían para reumatismos, cánceres, parálisis, tumores, escrófulas, males de pierna… Explicación 'médica', muy frecuente en la publicidad de la época: «todas las enfermedades provienen de un mismo origen, la impureza de la sangre». Las píldoras neutralizaban tal impureza… y todos como nuevos. Aunque la fórmula de las píldoras era secreta, sabemos que las Holoway, norteamericanas, tenían jengibre, cardamomo, azafrán, canela, raíz de ruibarbo y «confección de rosas», y que seguramente no llevaban ningún principio activo que curase nada.

Salustiano de Orive, un hombre de carácter, tenía su farmacia en la calle Ascao y quedó en el recuerdo por su invención del Licor del Polo y su contribución a la modernización de la publicidad. Ponía en el mercado productos médicos muy variados y recurría sistemáticamente a los anuncios. Al principio vendía esencia de zarzaparrilla, un depurativo -«una cucharadita» conseguía «más efectos que con cuatro de los demás»- para todo tipo de enfermedades; y la «superior, aromática y triple agua de colonia de Orive», que además de perfume tenía efectos «tónico-curtientes», por lo que mantenía la salud del cutis.

Desde 1875, tras la guerra, los anuncios de productos médicos experimentaron un rápido crecimiento. Las píldoras antiherpéticas y las píldoras contra la incontinencia de orina del Doctor Meana se vendían en la farmacia de Orive, que además ofertaba: «Agua de Colonia Orive», «Licor anti-reumático vegetal de Orive», «Jarabes balsámico-pectorales de brea y de bálsamo de Tolú de Orive» contra catarros e inflamaciones laringo-bronquiales, «Licor del Polo de Orive» para padecimientos de la boca, «Bálsamo anodino anti-reumático de Orive», «Jarabe de zarza de Honduras yodurado de Orive» (depurante, antiescrofulosa y antisifilítica) y sanguijuelas, clases superior y corrientes, procedentes de las Landas de Burdeos.

De creer a los anuncios, la salud de los bilbaínos estaba en manos de Orive, cuyas técnicas publicitarias eran agresivas, como cuando en el cólera de 1885 aseguraba que lo combatía el «licor del Polo de Orive». El dentífrico pasó a «preservador y curativo de gran eficacia». Se curaba en salud, no fuese que lo llamaran oportunista: «no confunda la seriedad de este anuncio y la verdad ya comprobada con el inhumano mercantilismo de algunos comerciante sin conciencia que anuncian por cualquier motivo recomendaciones curativas contra el cólera».

Durante el siglo XIX y comienzos del XX proliferaron los curalotodos, el mismo producto contra los catarros, el cáncer, el insomnio, la clorosis, la parálisis, los nervios y otros males. Uno curaba «escrófulas, herpes, reumatismos, sífilis, males del hígado, bazo», otro la anemia, la debilidad, la extenuación, la clorosis, etc., aquel «histerismo, epilepsia, mal de corazón, insomnios, baile de San Vito».

Los productos milagrosos nos plantean un problema. Dieron lugar a anuncios de gran formato, que se insertaban de forma continuada. Insertar esta publicidad exigía una inversión importante, que no se podría mantener sin éxito de ventas. Por otra parte, su oferta era inverosímil: no había –ni hay- medicina alguna que pudiese servir para combatir a la vez enfermedades tan diversas. Y, sin embargo, tales panaceas se vendían, pues la publicidad se mantenía durante años. ¿Cómo fue posible?

El éxito que tenían los productos-milagro no podía deberse sólo al lema propagandístico. Tenía otra razón más prosaica: buena parte de ellos incluían opiáceos, coca u otras drogas. No conseguirían «purificar la sangre», pero sí provocar sensaciones de bienestar o energía que podían confundirse con una mejor salud. ¿Tenemos que imaginar que los bilbaínos de fines del XIX mantenían el ánimo con el consumo inadvertido de drogas? Por lo que sabemos era así, al menos entre las clases medias y altas con acceso a estos «productos médicos». Lo mismo sucedía en las principales ciudades.

Tales productos no solían publicar su composición, que solían ser fórmulas secretas. Se vendían pese a que «queda absolutamente prohibida por la ley de Sanidad, la venta de todo remedio secreto, específico o preservativo de composición ignorada, sea cual fuere su denominación».

A veces, a comienzos de siglo se especificaba que tal medicamento llevaba cocaína. Por ejemplo, el vino de kola de Pinedo –otro farmacéutico bilbaíno- era un «tónico nutritivo», compuesto de kola, cacao, «guarano» y coca: combatía la clorosis, la anemia, el raquitismo, las enfermedades nerviosas y las cardiacas, eso decía. También eran de fabricación española las «pastillas Crespo de mentol y cocaína».

Fue muy frecuente en el siglo XIX la inclusión de droga en los productos más diversos. Desde su lanzamiento en 1886 hasta 1904 cada botella de Cocacola llevaba nueve mililitros de coca. En los productos dedicados a la garganta fueron habituales las mezclas de mentol, eucaliptus y cocaína. Y hay más: desde 1849 a 1900 se vendió «sirope de la señora Winslow» para que los niños durmieran plácidamente: llevaba morfina. Entre 1898 y 1913 se vendió el Jarabe Burger de Heroína (sic): ¡se vendía como analgésico para niños!

A finales del XIX había alguna conciencia de que aquello no podía ser. Orive publicitaba algún producto asegurando que «no contiene opio ni opiáceos», señal de que era frecuente y de que había alguna alarma. Muchos anuncios aseguraban que la medicina en cuestión «no produce daños», un argumento loable, aunque se hace raro que el principal reclamo médico sea que no daña.

Las cosas cambiaron definitivamente a partir de 1919, cuando se estableció el Registro obligatorio de medicamentos. Sabemos que después algunos llevaban productos hoy prohibidos, pero fueron remitiendo los curalotodos que incluían compuestos peligrosos para la salud y que fueron habituales unas décadas antes.