Así nació el sanatorio de Gorliz

Se ha cumplido un siglo de la inauguración de este centro, cuyo principal objetivo fundacional fue el de combatir el ingente mal provocado por la llamada peste blanca

Los baños de sol demostraron su eficacia en la lucha contra el mal dela tuberculosis./
Los baños de sol demostraron su eficacia en la lucha contra el mal dela tuberculosis.
Imanol Villa
IMANOL VILLA

«Motivo de constante preocupación viene siendo hace bastante tiempo la gran mortalidad que causa la tuberculosis en nuestro país, especialmente en la Capital, debido a múltiples concausas que no tratamos ahora de examinarlas», señalaba en julio de 1907 el diputado provincial Felipe Llano. Estaba en lo cierto. A finales del siglo XIX, más exactamente a la altura de 1900, Bilbao tuvo el triste privilegio de ser uno de los focos tuberculosos más importantes de Europa. La conocida como peste blanca tenía en la Villa una incidencia mayor que en ciudades como París, Madrid, Barcelona e, incluso, Buenos Aires. Por aquellos años no hubo lugar en España que marcara cifras de fallecimientos por tuberculosis más altas que Bilbao. Tampoco el resto de Bizkaia se libraba del mal. En 1882, precisamente el mismo año en el que Robert Koch descubrió el bacilo causante de la enfermedad, en el territorio se declaró que una de cada seis defunciones se debía a la incidencia del mal tuberculoso. No obstante, es muy posible que las cifras reales estuvieran por encima de las que se dieron como oficiales. La tuberculosis era una enfermedad relacionada con estilos de vida disolutos, el consumo abusivo de alcohol y con estados de miseria extrema. Su reconocimiento conllevaba un estigma difícil de eliminar en una sociedad en la que las apariencias conformaban férreamente la reputación de las personas. Las cifras eran ciertamente escalofriantes. Tan sólo entre 1878 y 1888, en Bilbao murió anualmente por la incidencia de la tuberculosis el 5,2 por mil de la población. Todo un escándalo.

Aunque la enfermedad estaba más que generalizada por toda Vizcaya, su presencia más dramática se hizo notar en los pueblos de las zonas minera e industrial, toda la margen izquierda del Nervión y en los distritos bilbaínos de Achuri, San Francisco y Bilbao la Vieja, es decir, precisamente en aquellos núcleos de mayor concentración humana. El aumento de los flujos de migratorios, tanto de la misma provincia como de otros lugares de España, debido al auge industrializador que se produjo precisamente entre finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, tuvo como consecuencia la saturación de determinadas zonas. Las condiciones de hacinamiento provocadas por la manifiesta falta de viviendas, unidas a una alarmante carencia en cuanto a las más elementales normas de higiene, crearon el caldo de cultivo para que una enfermedad como la tuberculosis tuviera el campo abonado para su propagación. Sin recursos higiénicos, la lucha contra la peste blanca se hacía poco menos que imposible. Su contagio era rápido y no era extraño que en una misma vivienda enfermaran más de uno de sus miembros. También ayudaban al afianzamiento de la enfermedad las carencias nutritivas, provocadas sobre todo por la falta de productos frescos.

Ante una situación tan dramática se produjo la reacción, un tanto tardía, de las autoridades y, sobre todo, de la clase médica bilbaína. Después de diversos intentos desde los primeros años del siglo XX, muchos de ellos frustrados por razones económicas, por fin, el 17 de mayo de 1915, se puso en marcha el Dispensario Antituberculoso. En su inauguración, el doctor Francisco Ledo García se mostró claro y conciso. «Era muy necesario y justo –afirmó-, que Vizcaya se preocupara de combatir al terrible enemigo, ya que España, entre las 18 naciones de Europa, ocupa el noveno lugar en lo que respecta a mortalidad por tuberculosis». Y Vizcaya era, para deshonra, el primer foco tuberculoso a nivel nacional.

Sin embargo, el logro de 1915, no fue suficiente. Uno de los sectores de población más afectados por la enfermedad eran los niños. La meningitis tuberculosa incidía principalmente en los más pequeños mientras que la variedad ósea y peritoneal lo hacía entre los adolescentes. En 1909, el presidente de la Diputación de Vizcaya, Luis de Salazar y Zubía, expresó abiertamente su deseo que de fuera la institución foral la que encabezara la lucha contra una enfermedad que tanto mal causaba entre los más pequeños. Esta idea fue muy bien recibida por un grupo de médicos bilbaínos formado por los doctores Areilza, Llano y Larrínaga. De la colaboración entre estos y la Diputación surgió el proyecto de construcción de un Hospicio Marino para tratar a niños enfermos de tuberculosis.

Higiene pulmonar

La idea era ambiciosa y novedosa. Se partía de la creencia de que en condiciones de ventilación y luminosidad casi constante se podía revertir el avance del mal. Higiene pulmonar que, según muchos proyectos puestos en marcha en otros países europeos –Francia, Italia, Gran Bretaña y Portugal–, se hacía posible cerca del mar. Era en la costa donde la renovación constante del aire y su composición permitían avanzar los procesos curativos. No se trataba de construir un dispensario, ni de mejorar la dotación de los hospitales. Se trataba más bien de aplicar las normas más básicas de higiene para tratar una enfermedad que tenía en el hacinamiento y en las malas condiciones de habitabilidad su caldo de cultivo preferido. De ahí que se hiciera imprescindible crear las condiciones contrarias: aire marino puro y mucho sol, pues se sabía que la luz solar era un bactericida eficaz.

Fue así como, tras mucho trabajo y una entrega denodada de todo el equipo encargado del proyecto, se pusieron en marcha las obras de lo que habría de convertirse en el Sanatorio Marítimo de Górliz, cuya inauguración, parcial se produjo el 29 de junio de 1919. Su puesta en marcha supuso toda una revolución en el tratamiento de la enfermedad tuberculosa. Por fin, después de mucho tiempo, Vizcaya se ponía a la cabeza en la lucha contra una enfermedad que llegó a convertirse en endémica y que, a partir de ese momento, empezó a reducir su intensidad. La peste blanca retrocedió considerablemente. Tan sólo volvió con fuerza en 1918, por culpa de la gripe, en 1936, con la guerra y durante los duros años de la posguerra