¿Por qué las fiestas de agosto?

El intento eclesiástico de acentuar la religiosidad de la festividad bilbaína del Corpus tuvo como efecto involuntario la aparición de unas celebraciones laicas en torno a los toros

Vista de Bilbao en el siglo XVIII./
Vista de Bilbao en el siglo XVIII.
Manuel Montero
MANUEL MONTERO

Las fiestas de Bilbao se celebran en agosto desde mediados del siglo XVIII. Tienen una característica singular. Nunca tuvieron carácter religioso, pese a proceder de un época en la que mandaba la mentalidad tradicional. No se crearon para honrar a algún santo, no tenían ninguna advocación patronal. Desde sus orígenes fueron unas fiestas laicas, con exclusión expresa de connotaciones espirituales.

Constituye una rareza histórica: no hemos encontrado a fines del XVIII o durante la primera mitad del XIX otro caso en el que una población tenga sus fiestas anuales sin una referencia religiosa.

Bilbao tiene sus fiestas en agosto desde 1755: hace 264 años, por tanto. No son de ayer. La razón por la que surgieron es también peculiar e informa sobre el carácter histórico de la villa de Bilbao, una población respetuosa con la religión pero que marcaba distancias con la Iglesia.

Fue consecuencia de una de las frecuentes tensiones entre Bilbao y el cabildo eclesiástico. En 1755 estalló un enfrentamiento, uno más. Hasta entonces, las principales fiestas bilbaínas eran el Corpus y su Octava. Pues bien: ese año el clero protestó contra el carácter profano con que los vecinos celebraban esta solemnidad religiosa. ¿La razón? Los curas se quejaban por la pasión con que los bilbaínos se volcaban en los toros y por la importancia que les daban. Seguramente pensaban que los vecinos identificaban el Corpus con los toros, relegando el sentido religioso de la fiesta. Eso no podía ser: tal fue la idea que transmitió el cabildo eclesiástico.

El contexto: 1755 fue importante para Bilbao desde el punto de vista religioso. Ese año se inauguró la iglesia de San Nicolás, que había pagado el Ayuntamiento. Además, visitó Bilbao un predicador famoso, el dominico fray Antonio Garcés, que tuvo una gran audiencia y que llamaba a vigilar la moralidad. Advertía que «los bailes deshonestos son de mucha ruina para las almas» y avisaba de los pecados que se derivaban de asistir a las comedias deshonestas. Por lo que sabemos, sus advertencias no incluían a los toros, pero formaban parte del ambiente en el que la Iglesia bilbaína llamó a incrementar la espiritualidad de la fiesta del Corpus, eliminando o reduciendo las corridas.

El Ayuntamiento se salió por la tangente. Optó por no discutir con la Iglesia el asunto de los toros en el Corpus. O no quiso enredarse en una disputa con los curas, que podían amenazar con la excomunión. Tiró por el camino del medio: decidió quitar los toros del Corpus y llevarlos a agosto, sin fiesta religiosa próxima, con lo que no podía profanar el santoral. Ganó el pragmatismo bilbaíno: nada de discutir sobre la moralidad de los toros sino buscar una solución práctica.

En 1755 «la villa de Bilbao solicitó y obtuvo licencia para dar una corrida de toros, con reses de Salamanca, de siete a ocho años, con tal de que no se verificasen durante la Octava del Corpus ni en los días que se prohibían en las Bulas pontificias». Aquel año las corridas de toros tuvieron lugar los días 19, 20 y 21 de agosto, tres días en los que se lidiaron 23 toros: por tanto, el martes 19 de agosto de 1755 comenzaron en Bilbao las fiestas de agosto. Desde entonces hasta aquí.

Los años siguientes se renovaron petición y autorización, la fiesta pasó a ser de cuatro días y se institucionalizó. A las corridas empezaron a acompañar diferentes diversiones. Pronto «se celebraron otras fiestas de pólvora, iluminación y danzas para que el pueblo se esparciese». El intento eclesiástico de acentuar la religiosidad de la fiesta bilbaína tuvo el efecto contrario de crear una fiesta sin connotaciones religiosas. Toda una revolución de las mentalidades, de la que no encontramos parangón en la época.

Bilbao era una ciudad religiosa, pero no dominada por los religiosos. El incidente tuvo una consecuencia en los presupuestos de la villa. Tiene su gracia. En lo sucesivo incluyeron una apostilla que decía lo siguiente, año tras año: se aprobaban los gastos del Corpus y su Octava «excusándose los gastos que hasta aquí se han causado en las novilladas y fiestas de toros, refrescos, pólvoras y otros impropios de actos tan serios, y de ningún modo conducentes al objeto de un Misterio tan sagrado». Es decir, que no gastarían nada en festividades taurinas.

El Ayuntamiento se había rendido de una forma peculiar a la exigencia de la Iglesia, que aprendió la lección: en el futuro se abstuvo de iniciativas de este tipo. Tampoco el Ayuntamiento cumplió estrictamente lo de que no hubiese festividades taurinas en el Corpus, pues a finales del XVIII había de nuevo novilladas.

La casa por la ventana

En los memoriales municipales no figuraba el presupuesto de las fiestas «profanas», las de agosto. Sólo aparecían las religiosas. Eso sí: en 1774 se hablaba ya de las «famosas corridas de toros bilbaínas», pues los bilbaínos echaban la casa por la ventana. Ese año costaron 70.000 reales, nueve veces más que las fiestas del Corpus, si bien según la contabilidad oficial las corridas se financiaban con los ingresos de las entradas. Llama la atención, de otro lado, la variedad de gastos que conllevaba, entre toreros, cuadrillas, toros (se compraban en Valladolid), traslado de los toros -duraba un par de meses y tenía que desplazarse una cuadrilla-, banderillas, capotes, músicos, chupines, montaje de la plaza, arena, etc.

Desde entonces –y la fecha, hacia 1755, es tempranísima- las fiestas de agosto son las de la villa.

Por supuesto, Bilbao celebraba también sus fiestas religiosas. Las más importantes eran el Corpus, el día del patrono Santiago y el de la Virgen de Begoña, ésta con una romería en la campa aledaña, pero tales festejos no formaban parte, en la mentalidad colectiva, de las principales fiestas de la villa, las que marcaban su ritmo anual. Era la división del año bilbaíno que a fines del XIX realizaba Pacho Gaminde: «de Navidad a Corridas y de Corridas a Navidad». La primera era larga y triste, «con Cuaresma y todo», y la otra, «se pasaba sin sentir, pues había horchata de chufas», resumía José de Orueta, que estaba de acuerdo en tal división.

En el siglo XIX se llamaban «Fiestas de agosto» o «fiestas de Bilbao», sin introducir excusas religiosas. La villa de Bilbao, en cierto modo, se celebraba a sí misma.

Fijados los festejos «laicos» de la villa en la segunda mitad de agosto, sin compromisos religiosos–más bien con el de no mezclar afición y devoción–, fue posible un desarrollo autónomo de la fiesta, de una fiesta que en su concepción y desenvolvimiento era laica, mundanal y urbana. El Corpus quedó circunscrito a sus resonancias religiosas y tuvo un impacto decreciente en la vida pública de Bilbao. Por el contrario, las fiestas de agosto superaron todas las coyunturas históricas.

En 1869, hace siglo y medio, lo sellaba la prensa, al referirse a los festejos de agosto: «Este año, como los anteriores, estarán concurridísimos, tanto por los naturales del país como por los forasteros de fuera»: había rumores de sublevación carlista pero podía el buen humor.