Dos burros para George Washington

Las provisiones y los préstamos de la Casa Gardoqui e Hijos de Bilbao fueron decisivos para la victoria de los patriotas estadounidenses sobre los británicos en 1781

Washington cruzando el Delaware, tal como lo representó el pintor Emanuel Leutze en 1851./
Washington cruzando el Delaware, tal como lo representó el pintor Emanuel Leutze en 1851.
Javier Muñoz
JAVIER MUÑOZ

De todas las muestras de simpatía que recibieron los Estados Unidos después de la independencia (1783), la más curiosa y divertida fueron los dos burros que el comerciante, naviero y banquero bilbaíno Diego María Gardoqui y Arriquíbar hizo llegar al general George Washington por indicación de Carlos III. Es un relato curioso y muchas veces olvidado, aunque cada cierto tiempo se suele rescatar, enriquecer y corregir con datos nuevos. Quizá parezca una anécdota sin demasiada importancia, pero en cierto modo resume la pujanza política y económica de la Villa a finales del XVIII y su contribución a la Revolución americana.

Los burros no eran un regalo cualquiera. George Washington, uno de los hacendados más importantes de su país, estaba interesado en la producción de cereal, cultivo que requería animales de tiro. Sin embargo, en Mount Vernon debió de producirse cierta confusión sobre el obsequio, ya que una versión de este episodio indica que allí causó extrañeza el envío de dos machos, dos robustos y codiciados garañones. Por eso Diego Gardoqui, que era encargado de negocios de Carlos III en Nueva York, tuvo que pedir a su hermano Juan Ignacio, en Bilbao, que mandara una burra a Virginia. Así lo cuenta Alfonso Carlos Saiz Valdivielso en la biografía 'Diego María de Gardoqui. Esplendor y penumbra'.

Washington tenía en gran estima al empresario y diplomático bilbaíno, ya que el negocio familiar, la Casa Gardoqui e Hijos, había ayudado a los patriotas estadounidenses con provisiones y dinero durante la Guerra de Independencia (1775-1781). Barcos fletados en Bilbao transportaron mantas, polainas, botas y pólvora para el ejército rebelde hasta Nueva Orleans, vía La Habana. La carga ascendía luego por el Misisipí, eludiendo a los espías británicos y surcando territorios salvajes en los que soldados españoles y franceses luchaban contra británicos e indios.

Tan necesarios como las provisiones fueron los préstamos que los Gardoqui canalizaron a través de su banco hacia la Revolución americana; casi diez millones de reales de vellón en total, dos de ellos aportados por la familia y el resto, procedentes de la Hacienda de Carlos III. Esa suma representaba 'grosso modo' la cuarta parte de los 37 millones de reales que se transfirieron desde el Reino de España al Congreso Continental (los delegados de las Trece Colonias rebeldes).

Saiz Valdivielso relata cómo Diego Gardoqui fijó un interés del 6% y estableció que las deudas se saldaran con cargamentos de arroz, añil, potasa y tabaco. También propuso que los estadounidenses construyeran barcos e hicieran la guerra del corso, entregando una parte de sus capturas a los acreedores, aunque esa idea no prosperó.

Las operaciones se realizaron aprovechando las conexiones de Bilbao con otras plazas financieras europeas y permitieron a los patriotas estadounidenses salir adelante en momentos cruciales. El papel moneda de los rebeldes –los 'continentales' diseñados por uno de los padres de la Revolución Americana, Benjamin Franklin– se depreció vertiginosamente, y sólo el dinero procedente Francia, Holanda y España, parte del cual llegó desde el País Vasco, mantuvo a flote la Revolución Americana hasta la derrota militar de los británicos en Yorktown en 1781 y el reconocimiento de la independencia en 1783 con el Tratado de París.

Tabaco y bacalao

Diego Gardoqui se involucró en la Guerra de Independencia desde sus inicios. Hay constancia de que en 1775 la empresa familiar, que se dedicaba al comercio de tabaco y bacalao con los puertos de Salem, Beverly y Boston, los tres en Massachusetts, envió suministros a los rebeldes a través de su amigo Elbridge Gerry, uno de los políticos que participaría en la Convención de Filadelfia de 1787, que elaboró la Constitución de Estados Unidos.

Las actividades económicas de los Gardoqui los habían relacionado con poderosas familias norteamericanas, como los Cabot, cuyos barcos atracaban en Bilbao. Cuando estalló la guerra, Joseph Lee, casado con una Cabot, se hizo capitán del corsario rebelde 'Hawke' y en octubre de 1776 atracó en la Villa con cinco barcos apresados. Las autoridades locales lo acusaron de piratería, pero los Gardoqui se ocuparon de que lo pusieran en libertad. Resultaba evidente que Bilbao era un puerto seguro, y Benjamin Franklin acabaría pidiendo a los capitanes estadounidenses –entre ellos, John Paul Jones, primer mando naval de la Revolución– que pusieran rumbo a la Villa para vender el botín y aprovisionarse.

Diego Gardoqui era el responsable de todo aquello. Cuarto de ocho hermanos, uno de ellos el cardenal del mismo apellido, a él lo habían enviado a Londres cuando era adolescente para aprender inglés y familiarizarse con las prácticas mercantiles británicas. Cuando falleció el patriarca de la familia, José, con raíces en Larrabetzu y Gernika, Diego le sucedió al frente de la empresa familiar y más tarde fue regidor del Ayuntamiento de Bilbao y prior del Consulado.

Entrevistas con Arthur Lee

La Villa fue escenario desde 1777 de una las misiones más delicadas e importantes de la segunda mitad del XVIII: la organización del apoyo encubierto a las colonias inglesas rebeldes, una estrategia de Carlos III y de su pariente francés Luis XVI para debilitar al rey británico Jorge III. El primer encargo que recibió Diego Gardoqui fue recibir al emisario estadounidense Arthur Lee en Burgos y Vitoria, y ejercer de traductor en sus entrevistas con el marqués de Grimaldi, secretario de Estado.

El papel destacado del bilbaíno despertó el interés de otro padre de la Revolución Americana, el abogado John Adams, que sería el segundo presidente de Estados Unidos. A finales de 1780 desembarcó en Galicia, camino de Burdeos y luego de París, y se detuvo en Bilbao varios días para conocer a los Gardoqui. Más adelante escribiría un libro titulado 'En defensa de las constituciones', en el que puso los Fueros de Vizcaya como ejemplo de constitución democrática junto a otras legislaciones de pequeños países europeos (hay un busto del prócer estadounidense en la Gran Vía bilbaína, delante del palacio de la Diputación).

Diego Gardoqui acabó dedicando más tiempo a las tareas de Estado que a su empresa. Dos años después de la independencia de Estados Unidos, en 1785, fue enviado como encargado de negocios a Nueva York, donde conoció a George Washington, que no había olvidado las mantas enviadas desde Bilbao para abrigar a sus soldados. El general tuvo un gesto de gran valor simbólico con Gardoqui al asistir a la misa y el banquete con los que éste abrió al culto la iglesia de San Pedro, primer templo católico de Nueva York, entre las calles Church y Broadway. La obra fue pagada en parte por el bilbaíno, a quien informaron desde Bilbao de que el vicario del Hospicio de los Dominicos, el sacerdote irlandés John Connell, estaba dispuesto a mudarse a Nueva York si le pagaban el viaje y la estancia.

Aquel año, George Washington fue elegido presidente de la Convención de Filadelfia, a la que asistieron, entre otros, Benjamin Franklin, James Madison, Alexander Hamilton y Elbridge Gerry, el amigo de Gardoqui. La red de contactos del bilbaíno, fruto de las actividades de su empresa, le permitió disponer de información de primera mano. Figuras de la Revolución Americana tenían muy presente su residencia diplomática, donde se instalaron la esposa de Gardoqui, Brígida de Orueta; los dos secretarios de la legación, el también bilbaíno José de Viar y el valenciano José de Jáudenes; y, según detalla Saiz Valdivielso, la cocinera de la familia, una mujer de Bermeo.

Las relaciones de Gardoqui con los nuevos gobernantes, entre ellos John Jay, secretario de Estado y antes embajador en Madrid, no estuvieron exentas de tensión. Carlos III negó a Estados Unidos los derechos de navegación por el Misisipí y conspiró para crear estado independiente en el territorio de Kentucky. A pesar de ello, Gardoqui siempre fue tratado con respeto y en abril de 1789 ocupó un lugar destacado en la toma de posesión de George Washington como primer presidente electo de su país. El vicepresidente era John Adams.

A comienzos de ese año, el de la Revolución Francesa, y con la muerte de Carlos III reciente, Diego Gardoqui había ingresado en la Sociedad Filosófica Americana, fundada por Benjamin Frankli. En navidades regresó a España y fue nombrado secretario de Indias y más tarde de Hacienda sin demasiada fortuna. Caído en desgracia, marchó de embajador a Turín, misión en la que llegó a conocer a Napoleón. Murió en esa ciudad italiana en 1798.

Un ilustre desconocido

A pesar de su contribución al nacimiento de Estados Unidos, la figura de Diego Gardoqui ha sido eclipsada por otros paladines extranjeros de la rebelión de las Trece Colonias, como el marqués de Lafayette y últimamente el militar malagueño Bernardo de Gálvez, que derrotó a los británicos en la batalla de Pensacola (Florida) en 1781.

Los dos héroes tienen el título de Ciudadano Honorario de Estados Unidos, también concedido a Winston Churchill y a la Madre Teresa de Calcuta. Gálvez en particular lo recibió en 2014, año en que colgaron su retrato en el Capitolio de Washington.

Gardoqui tiene una estatua en Filadelfia erigida por los reyes de España en 1977, en conmemoración del bicentenario de la Declaración de Independencia de 1776. En Bilbao, una calle recuerda a su hermano, el cardenal Gardoqui.