El Aberri Eguna silencioso de 1964

Se han cumplido 55 años de la celebración en Gernika del Día de la Patria Vasca organizada por los nacionalistas y los partidos de oposición al franquismo. La fiesta no había tenido lugar en Euskadi desde 1937

Esta instantánea de 'Paris Match' dio la vuelta al mundo y se convirtió en un símbolo./
Esta instantánea de 'Paris Match' dio la vuelta al mundo y se convirtió en un símbolo.
Imanol Villa
IMANOL VILLA

La consigna fue clara: silencio. Nada de anuncios y proclamas, nada de publicidad previa, nada de gritos el día señalado. Todo debía de hacerse tal y como la organización de la resistencia tenía concertado con el Gobierno vasco y el resto de fuerzas democráticas, comunistas, socialistas e Izquierda Republicana. La celebración del Aberri Eguna, el 29 de marzo de 1964, debería atenerse a la discreción más absoluta. De hecho, solo quince días antes se había difundido la noticia «desde Navarra hasta Vizcaya, y con ocho días de anticipación fueron prevenidas las colectividades vascas del continente americano del acto que iba a desarrollarse, con igual prescripción de silencio total», recogió el Boletín de Información de la Oficina de Prensa de Euzkadi.

Merecía la pena la prudencia. La última celebración del Día de la Patria Vasca había tenido lugar en 1937, en plena caída del frente norte, bajo los bombardeos constantes y el hostigamiento de las tropas de Franco. Veintisiete años después, la dirección del Partido Nacionalista Vasco tomó la decisión de conmemorar el Aberri Eguna en territorio vasco, bajo el árbol de Gernika. Un auténtico desafío, cargado de un importante simbolismo, con el que se pretendió plantar cara a un régimen que, paradójicamente, aquel mismo año de 1964 echó la casa por la ventana para celebrar los «25 años de paz».

Sin embargo, la Policía no tardó en ponerse al corriente de todos los movimientos encaminados para la organización de la celebración en Gernika. Esto, inevitablemente, auguraba la posibilidad de que hubiera conflictos en muchos terrenos. Se dio pasó así a una tensión sorda, silenciada desde los medios de comunicación, cuyo primer frente fueron los servicios de transporte. Gernika no era un lugar de fácil acceso. Tan solo las carreteras permitían llegar sin mayores problemas. El tren no tenía capacidad suficiente para trasladar a un número elevado de personas y era impensable que ese día hubiera servicios especiales. El mismo problema ofrecían los autobuses. Establecer servicios discrecionales se antojaba imposible. De hecho, «las autoridades franquistas negaron la autorización a los autobuses para organizar ese día excursiones a Guernica desde las grandes zonas urbanas de Bilbao, San Sebastián, Portugalete, etc.». Sin embargo y aunque algunos autobuses consiguieron burlar los controles, la mayor parte de los asistentes utilizaron coches particulares. Para estos, los mandos policiales también prepararon su particular encerrona.

Se establecieron tres perímetros diferentes, separados algunos kilómetros entre sí, y se organizaron controles de tráfico en los puntos que se consideraron más sensibles. «Todo vehículo era sometido en los tres puestos a un examen de los documentos del mismo y los personales de los ocupantes», señaló el informe de la Oficina de Prensa de Euzkadi. Ahí empezó una auténtica pesadilla para muchos. La policía no prohibía el viaje hasta Gernika excepto a aquellos que no fueran documentados. Además, el celo con el que los agentes hicieron su trabajo provocó colas kilométricas y la desesperación de más de uno. Estaba claro que el objetivo principal era retrasar en la medida de lo posible las llegadas a Gernika e incluso desanimar a muchos haciéndoles abandonar la empresa. «Estas medidas produjeron embotellamientos en particular en Arteaga, Zugastieta, Múgica, Rigoitia y Forua. También más lejos –en Amorebieta, Munguía, Lequeitio, por ejemplo-, dieron grupos importantes por terminado su viaje». Otros muchos decidieron hacer el resto del camino a pie aunque para ello tuvieron que aguantar la molesta lluvia que durante todo el día cayó sobre la zona.

Gernika, por su parte, estuvo tomada por la Policía desde el día anterior, tanto la uniformada como la secreta. «No quedó lugar de alojamiento importante o de comidas o bebidas sin la presencia de grupos de policías». A pesar de todo, fueron muchos los que consiguieron llegar hasta la villa foral. Estos, sumados a los que, previendo los controles, habían llegado el sábado, bien por carretera o bien por monte, como los mendigoizales, formaron un numeroso grupo que, desde las doce del mediodía, desfilaron ante el árbol de la Casa de Juntas. «No hubo pancartas, inscripciones, gritos, ni discursos. Bajo la lluvia el desfile animado y fraternal representaba la demanda de los derechos inalienables del vasco», subrayó el órgano informativo del PNV. Se dijo que fueron miles, entre 30.000 y 35.000 personas, las que desfilaron ante el Árbol desde el mediodía hasta el anochecer. Todos en silencio sin ofrecer la más mínima excusa a las fuerzas del orden para intervenir. Las autoridades, por su parte, redujeron la cifra de asistentes a unos 5.000, aunque en su contra estuvo la versión de los corresponsales destacados de la prensa internacional, que afirmaron en sus crónicas que la cifra de asistentes se acercó más a la dada por las fuentes nacionalistas que a las oficiales.

Para los organizadores, aquel 29 de marzo de 1964 ninguno de los visitantes a Gernika tuvo el más mínimo interés turístico, deportivo, económico o religioso. La villa foral se llenó de gentes en cuyo ánimo sólo estaba la celebración de un acto político, de una fiesta que hacía 27 años que no pisaba suelo vasco. Sobre esto no le cupo ninguna duda a los convocantes. Sin embargo, para las autoridades del régimen, lo ocurrido en Gernika no existió. La prensa apenas dijo nada. Fue domingo de Resurrección, día de gloria para los católicos y para toda la España de entonces. Un país embarcado en la celebración por todo lo alto de sus 25 años de paz. Un país nuevo, montado sobre sus flamantes Seiscientos y convertido en el destino predilecto para los miles de turistas que arribaban a sus playas. Por eso mismo, lo que sucedió en Gernika el 29 de marzo de 1964, apenas tuvo mayor importancia.