EL PISCOLABIS

Yo viví en un museo

Yo viví en un museo

En las casas de antes había un 'ala prohibida', el salón, que solo pisaban pies de ilustres visitas

JON URIARTE

Tony Leblanc siempre contaba orgulloso que nació en el Museo de Prado, donde su padre trabajaba como vigilante nocturno. Tras su muerte hubo algunas voces que lo desmintieron, considerándolo una ocurrencia más del genial actor. Aseguran que nació en casa, como se acostumbraba por entonces. De ser así, tampoco mintió. Al menos, si su casa era como la de todos. Y con ese todos, me refiero a quienes nacieron en el siglo pasado. Al menos un servidor y las gentes de su entorno, vinieron al mundo en una clínica o en un hospital, pero vivieron en un museo. Si no me creen hagan memoria. Viajemos, por ejemplo, a 1966.

En realidad también sucedió en décadas anteriores y posteriores. Pero los 60, probablemente, fueron el máximo exponente de lo que hoy abordamos. La nueva clase media que nacía tenía dos objetivos. Un coche y un pisito. Adiós a las casas de los abuelos con largos pasillos donde, como decía Gila, había eco y la sopa salía de la cocina hirviendo para llegar al comedor helada. Poco a poco, cambiaron el paisaje y el paisanaje. Pero ciertas cosas eran inamovibles. Como la existencia del 'ala prohibida de la casa'. Venía a ser como el 'área 54' y comprendía la zona noble. El salón. Ese que solo pisaban pies de ilustres visitas o, como mucho, los del señor o la señora de 'El círculo de lectores'. En nuestro caso recuerdo al cónsul italiano en Bilbao, amigo de la familia, entrando en el salón para dar el pésame tras la muerte de mi padre. Y quiere regresar a mi mente alguna otra cara de ese día. Pero se podrían contar con los dedos de las manos. Porque en el siglo XX, parte de la vivienda era un museo. No se pisaba, no se tocaba. La vida se ajustaba al escueto espacio comprendido entre la cocina, los dormitorios y una pequeña salita en la que se comía y veía la tele en familia. Entrar en la parte vetada venía a ser como emular a Charlton Heston caminando por la arena de la zona prohibida. Solo que, en lugar de simios y la respuesta a la destrucción de la civilización humana, te encontrabas con objetos que nadie tocaba desde hacía lustros.

No hace mucho, por aquello de una herencia, cierta amiga descubrió que en casa de sus tíos existía un mueble bar con la colección de vinos más espectacular imaginable. Por supuesto, el contenido ya no era apto para el consumo humano. Pero ahí estaban las botellas, sorprendidas de que alguien las admirara, tras años de soledad. En aquél salón-comedor no había entrado nadie desde que Franco era corneta. Sus tíos, sin hijos, utilizaban la zona contigua a la cocina. 200 metros cuadrados de casa para acabar viviendo en 40. Y hay casos más extremos. Como me contaba un viejo amigo sobre su hogar familiar. Tiene metros como para que vivan tres regimientos. Un gran salón comedor, una imponente biblioteca, tres dormitorios, un mirador, tres balcones, dos baños con jacuzzi, una cocina, una salita y un aseo con ducha. ¿Y qué utilizaban? Han acertado. La cocina, la salita y el aseo. Contaba con gracia que su padre compró el vídeo y la televisión coincidiendo con la Boda del Príncipe de Gales. Y llevan desde entonces apagados. Los hijos apuestan, aún hoy, que Lady Di vive en ese salón. No pueden confirmarlo. Jamás han entrado. Pero lo intuyen. La hermana pequeña, más curiosa y valiente que el resto, abrió una vez la puerta y miró dentro.«¡Hay un perro gigante de porcelana y una especie de bola del mundo de madera!», exclamó casi con la misma vehemencia que mi amigo Juan Luis, al conocer su propio museo.

Creo que fue a mediados de los ochenta cuando visité su casa paterna por última vez. Era inmensa y antigua. Contaba con un salón donde cabía el Maracaná. Pero nunca entraban en él. Salvo en navidad. Su abuelo, propietario de la vivienda, tenía colocado allí un inmenso belén permanente. Que por culpa de eso comieran doce y hasta catorce personas en la cocina era algo secundario. De hecho le importaba un bledo. El belén no era negociable. Fue tal su cerrazón que, tras su muerte, nadie osó tocarlo. Apostaría a que sigue igual. Porque hay cosas que cuesta cambiar. Quizá por ello las nuevas generaciones utilizan cada milímetro de los metros cuadrados de las actuales viviendas. Ayuda el pequeño tamaño. De hecho no queda otra. O puede que simplemente hemos comprendido que no hay nada más absurdo que pagar un dineral para tener un hogar en el que, más de la mitad, está para ver y no tocar. Salvo que quieran vivir en un museo. Si es así, felicidades. Esta noche y sin salir de casa, pueden entrar en él, echar un vistazo y cerrar la puerta...hasta el año que viene.

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