UN VIAJE AL INFIERNO

Solo hay algo peor que perder un hijo. Ser el responsable

UN VIAJE AL INFIERNO
JON URIARTE

Le comprendo. En cambio no puedo entender a tanto aspirante a fiscal, anónimo o público, que señala a ese hombre como el peor padre de todos los tiempos. Me refiero a ese cuya vida ya no es vida desde que olvidó a su bebé en el coche y la pobrecita acabó muriendo. Es atroz. Tanto que dan ganas de odiarle. Pero bastante se odiará él a sí mismo. No hay peor castigo que el remordimiento sincero. Pero algunos olvidan, o minimizan, que se trató de un olvido. Terrible, inaceptable, letal. Pero sigue siendo un olvido. De hecho lo sucedido en Madrid no es un hecho aislado. Si no me creen repasemos los últimos casos.

Manacor, mes de agosto. Una niña de 10 meses muere por un fuerte golpe de calor tras dejarla su abuelo olvidada en el coche. En ese caso fueron ocho horas. Pero viajemos hasta julio de 2009. Y sin salir de nuestra tierra, por cierto. En Leioa falleció un niño de tres años tras ser olvidado por su madre en el coche, pensando que lo había dejado en la guardería. Y un año antes, también en verano, hubo dos casos más. El 18 de julio en Sevilla un bebé de dos años por deshidratación, en circunstancias similares, y el 31 del mismo mes un pequeño de apenas 25 días en otro coche. Fue en Olot. Al parecer su padre introdujo la canastilla en el maletero, sin darse cuenta de que el bebé dormía dentro de ella. Y hay otro caso en 2007 en el que una niña de 21 meses moría en el interior de otro vehículo en Jávea, Alicante. Esto nos recuerda que lo terrible no tiene por qué ser inusual. Estos son solo aquellos en los que el final fue el peor. Sobre todo por las altas temperaturas. Algo que también ha sucedido en el reciente caso de Madrid. Pero a nadie se le escapa que habrán existido episodios similares donde la fortuna o un menor tiempo expuesto al calor, evitó males mayores. Por cierto, ya ven que no solo son hombres. Lo que nos lleva al siguiente punto.

Hay quien se lanzó a elucubrar, y no me refiero a la policía sino a ciertos medios, colectivos y organizaciones, sobre la relación de la pareja y si se trataba de un caso de violencia de género. Una demostración de que siempre hay tontos de baba que hacen flaco favor a quienes pelean a diario de verdad contra ese terrorismo que nos acecha cada día. Porque estaba claro desde un principio que se trataba de un despiste letal. Y que le puede suceder a un padre, a una madre o a unos abuelos. Repasen los casos citados arriba. Nada importa el sexo o la edad, sino el cerebro. Ese que tenemos tan ocupado que se nos olvida lo más vital. Precisamente de eso nos habló una psicóloga experta en víctimas y patologías nacidas de situaciones similares. Se llama Marina E. Fernández Barragán. Y nada más arrancar nos corregía una palabra. Culpa. Sucedió en el momento en que pregunté por la «sensación de culpabilidad del padre». «No es culpa sino responsabilidad. La intencionalidad es clave y aquí no existe. Todo lo contrario». Así de clara y rotunda comenzó. Y añadió que la distracción probablemente nació de una «disfunción puntual». De que hizo algo que le distrajo y le apartó de su rutina. Nos lo contaba un día antes de que ese progenitor desvelara que contestó al móvil por un asunto de trabajo. No puedo evitar pensar en la persona que estaba al otro lado. La que llamó. Si conoce lo que pasó no dormirá muy tranquila. Es evidente que la gran víctima es la pobre niña. Pero ese despiste deja muchos damnificados. De ahí que me sorprenda la simplicidad de cierta gente a la hora de pedir, poco menos, que la horca para el padre.

En mi propio entorno, una niña que hoy es adulta, fue dejada por sus padres en el coche y, fruto del despiste, casi se asfixia al dar de pleno el sol en un momento dado. De hecho unos viandantes rompieron la luna para sacarla. Y recuerdo a otra que se tragó un carro de optalidones pese a estar su madre muy cerca. O un niño que casi se queda congelado de frío porque en una boda los padres dejaron el capazo en el coche, a la sombra y con la ventana abierta, pero cayó una tormenta veraniega inesperada que inundó su interior. Y podría seguir. Por no hablar de algo tan simple como el padre o la madre que deja salir una hora más a su hija y, justo esa maldita noche, acaba muriendo en un accidente. Dramas que rompen vidas y, casi siempre, parejas. Ya es imposible seguir respirando el mismo aire. Por eso me dan pena esos padres. Sobre todo él, que cometió ese imperdonable error. Porque nunca se lo perdonará. Puede que los demás sí, pero él no. Lo sé porque me han hablado de esa familia, de cómo son, de que hablamos de gente normal, como usted y como yo. Y por eso, no puedo quitarme de la cabeza lo que dijo una persona de esa familia a una amiga común. «Estamos rotos para siempre. Esto no es un drama, es un viaje al infierno».