La última para Alcántara

La última para Alcántara

Desde 1989, el hueco de la derecha de esta página fue un suspiro suyo

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

No hay objeto más sencillo de manejar que un periódico y, sin embargo, desde finales de enero esta última página de EL CORREO venía presentando para los lectores una dificultad manifiesta, casi como la de un cubo de Rubik, aunque por el lado sentimental. Sucedía cuando llegabas hasta aquí y la mirada se te iba sola al flanco derecho de la página para encontrar una ausencia que durante un segundo lo desequilibraba todo.

Los periódicos son también una costumbre. Y la nuestra consistía en encontrar a Manuel Alcántara en su rincón, con su jersey de pico y su sonrisa escéptica de cronista en el Madison Square Garden, desgranando las noticias del día en una columna de treinta líneas, 'Vuelta de hoja', que se ceñía a la actualidad para saltarla por encima, 'estilo fosbury', con el talento de uno de los grandes escritores de periódico de nuestro tiempo.

Esa columna aparecía a diario en esta página desde 1989 y terminó convirtiéndose en una institución sobria, divertida y civilizada. Muchos lectores comenzaban por ella la lectura del periódico, como quien se administra una píldora de sabiduría antes de volver a la primera y vérselas con el estruendo de los líos políticos y económicos, con las crisis deportivas y los conflictos internacionales.

Durante treinta años, Manuel Alcántara se encargó, aquí mismo, de todo eso, pero también del mar, de los amigos, los martinis, los viejos púgiles y el paso del tiempo. La naturalidad con la que mezclaba ambas cosas fue uno de sus secretos. Trabajaba con el «pescado fresco» de la actualidad, pero era rara la columna en la que no terminaba bajándose del pedestal del opinador para rozar una cerilla contra su base y ofrecerle fuego al lector, antes de ponerse a charlar un rato los dos sobre cualquier cosa.

Por eso los lectores pasaban a diario por esta última página como se pasa a saludar a un amigo. Aunque hoy suene extraño, nadie medianamente inteligente podía salir de esa visita enfurecido, escandalizado o indignado. Manuel Alcántara ejerció el espíritu liberal de quien sabe que el exceso de celo ideológico es un error y la amplia tolerancia del humorista que sabe que nada tiene tanta importancia y nadie debería tomarse tan en serio. En su columna del día después de las elecciones generales de 2004 -fue aquí mismo, en el lado derecho de esta página-, Alcántara hacía que una voz anónima soltase la siguiente frase memorable: «Creía que íbamos a ganar los de Aznar, pero al final hemos ganado los de Zapatero».

En su columna del pasado 21 de enero, con 91 años y treinta mil artículos a las espaldas, hablaba de Pablo Iglesias y de las elecciones andaluzas, de Borrell y del pequeño Julen. Deseaba que se produjese el milagro del rescate del niño y pudiesen decretarse «tres días de fiesta oficial, hartos ya de tantos días oscuros». Aquella fue la última vez que nos paramos a charlar con él en esta página y ayer supimos que no volveremos a hacerlo. El propio Alcántara bromeaba con que se enteraría de que se había muerto el día que no viese su columna en el periódico.