Una tumba bajo el mar

Los reactores nucleares del 'Kursk' quedaron a salvo en un recinto protegido por paredes de acero de 13 centímetros de grosor. Una compañía holandesa consiguió reflotar el casco del submarino en octubre de 2001./
Los reactores nucleares del 'Kursk' quedaron a salvo en un recinto protegido por paredes de acero de 13 centímetros de grosor. Una compañía holandesa consiguió reflotar el casco del submarino en octubre de 2001.

Los 118 tripulantes del submarino ruso 'Kursk' murieron a causa de una fatal cadena de errores técnicos y humanos

INÉS GALLASTEGUI

Era el orgullo de la Armada rusa. Uno de los mayores submarinos nucleares, con sus 155 metros de eslora y cuatro pisos de altura. Una máquina de guerra indestructible, capaz de resistir cualquier ataque. Pero el 12 de agosto de 2000, durante un entrenamiento, el 'Kursk' se hundió como una enorme piedra en el mar de Barents y se llevó a su tumba a cien metros de profundidad las vidas de sus 118 tripulantes y la reputación militar del país.

El 'K-141 Kursk' fue bautizado en 1994 en honor a la ciudad occidental en la que en 1943 se desarrolló la mayor batalla de tanques de la historia y una legendaria victoria soviética frente a Alemania. Pero el final del submarino de clase Oscar-II tuvo poco de glorioso. El colapso de la URSS se tradujo en un hachazo a los fondos militares y el abandono de una flota cada vez más oxidada. Hubo fallos humanos: uno de los 18 torpedos de la nave sufrió un golpe durante la operación de carga en el muelle, pero la prisa por cumplir el programa del ejercicio naval impidió su sustitución. A las 11.28 de la mañana, una fuga del gas propulsor en el proyectil dañado provocó una pequeña explosión que podría haber sido contenida si la compuerta de la sala no hubiera estado abierta, según reveló la investigación posterior. La onda expansiva se propagó a los compartimentos contiguos, que se incendiaron con decenas de hombres dentro.

Dos minutos más tarde, una segunda explosión, percibida desde los sismógrafos de Alaska, abrió un agujero en el casco e inundó otros dos compartimentos, ahogando a sus ocupantes. Otro error: en una misión de espionaje a la Sexta Flota estadounidense, el año anterior, la boya de emergencia que servía para informar de su posición en caso de accidente había sido desactivada. Al parecer, nadie se acordó de reactivarla.

La Armada supo del accidente de forma inmediata, pero no hizo nada durante horas. Vladímir Putin, entonces un bisoño presidente, ni siquiera interrumpió sus vacaciones en Sochi. El Kremlin trató de ocultar la tragedia con cortinas de humo: se habló de una mina antigua, de una colisión con otra nave, de un ataque de la OTAN y de fuego amigo. Cuando la rabia de los familiares se desbordó, el Gobierno emprendió la búsqueda, pero hasta última hora rechazó la ayuda internacional: el secreto militar era prioritario.

La operación tuvo lugar dos semanas después del desastre y los buzos comprobaron que todos los marineros estaban muertos. En octubre de 2001, una compañía holandesa reflotó el pecio y 115 cuerpos. Salió entonces a la luz una verdad terrible: tras las explosiones, 23 supervivientes se encerraron en el último compartimento aún intacto, el noveno, y durante días golpearon las paredes para ayudar a los equipos de búsqueda a localizarlos. Al menos tres dejaron notas antes de morir lentamente, asfixiados por la falta de oxígeno. La investigación oficial está clasificada hasta 2030.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos