Javier Ardines, el pescador que llegó a concejal «sin querer»

Javier Ardines, en la playa llanisca de Cuevas del Mar. /Juan García Llaca
Javier Ardines, en la playa llanisca de Cuevas del Mar. / Juan García Llaca

Empezó en el activismo a los 16 años, con las movilizaciones contra la OTAN, y nunca le interesaron las siglas: «Mi gran aspiración es salir de este paso por la política con la conciencia tranquila», decía este hombre que renunció a cobrar del Ayuntamiento

CARLOS BENITOLLANES

Como sucede a veces con los políticos, el perfil de Javier Ardines todavía sobrevive en la web oficial del Ayuntamiento de Llanes, donde era concejal de Medio Rural, Playas y Personal. En el texto, escrito en primera persona, el propio político resumió su vida y planteó sus aspiraciones, que siguen ahí, preservadas por una tecnología a la que en estos meses nadie ha avisado de su muerte. «Nací en Halle, Bélgica, en 1966. Soy hijo de emigrantes, aunque a los 9 años volví a España», comenzaban esa especie de memorias, entre personales y políticas.

Ardines contaba en el texto, de alguna manera lo sigue contando, que se casó con 23 años, que tuvo dos hijos, que ya era abuelo y que estudió Técnico Agrícola y Técnico de Invernaderos en Villaviciosa, aunque eso solo fue una manera de distraer temporalmente el destino que tenía claro desde muy joven, cuando se ganó la fama de pescador fino y vendía sus capturas a los restaurantes de la zona. «Mi pasión siempre fue la mar, salir a la angula, al ocle. Así que decidí lanzarme a la mar profesionalmente y crear mi propia empresa de pesca de bajura», explicaba. Sus compañeros (los de la pesca, que eran los de verdad, no los de la política) se referían a él como un «enamorado» del mar, madrugador y hábil, y a veces Ardines llegaba a los plenos directamente desde su barco, el 'Bramadoria', aún con ropas de faenar y ese olor a pescado y a salitre tan chocante en un salón consistorial.

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El concejal de IU había entrado en la política por accidente o, más bien, por la tenaz insistencia de quienes lo deseaban a su lado. «Sin querer, ya que no tenía interés por tener actividad política, llegamos a donde estamos», relataba. Lo suyo era más bien el activismo, porque dicen quienes le conocían que era un hombre «de ideales puros y duros», que no toleraba las desviaciones morales y los vicios de la política. «Era una persona honesta, íntegra, de las pocas que quedan en esta asquerosa sociedad», ha escrito su hija Alba. Su primera movilización fue contra la OTAN, a los 16 años, pero el salto a la política formal se produjo mucho más tarde y de manera menos natural: «Me fueron a buscar a casa y renuncié tres veces», decía. Al final, aceptó formar parte de las listas de Izquierda Unida y, de manera inesperada, acabó en el gobierno municipal, dentro de la llamativa coalición que forman la agrupación Vecinos x Llanes, Foro, PP y la propia IU.

«Duro y un poco chuleta»

Ardines se consideraba «un invitado» en ese ámbito y perseguía el objetivo declarado de «cambiar la política municipal» y acabar con las «barrigas agradecidas» a las que, según él, habían conducido los 28 años del PSOE en la alcaldía. Quería «igualar la calidad de servicios de los pueblos con los núcleos urbanos» y acabar con el imperio del hormigón y el turismo de playa en el municipio asturiano, mientras desenmarañaba la red clientelar tejida durante décadas. «Era un hombre duro, un poco chuleta. Se llevaba bien con la mayoría de la gente, pero, si se llevaba mal con alguien, se llevaba muy mal. Nunca tenía miedo de hacer lo que creía justo», le describe un allegado. Los 'marrones' más delicados del Ayuntamiento solían acabar en sus manos: asuntos controvertidos como los 'parkings' en suelo público que no dudó en clausurar.

El concejal, un hombrón de metro ochenta, aficionado a los coches antiguos y jugador de bolos asturianos, había renunciado a liberarse y no cobraba por su gestión. Inflexible en sus posturas, mantuvo enfrentamientos enconados en los plenos y también fuera: le llovían denuncias, desde los grupos ecologistas hasta el personal heredado de la anterior etapa municipal, que acusaba al equipo de gobierno de acoso laboral, y tampoco faltaron las amenazas, esa otra manera de hacer política tan habitual en los pueblos pequeños, sobre todo si cuentan con un maná tan generoso como el turismo. En agosto, cuando lo mataron, las miradas se volvieron directamente hacia esa olla a presión municipal y urbanística, donde se cocían rencores que fácilmente podían acabar en violencia, pero también había ya quienes apuntaban la posibilidad del crimen pasional. «Fue lo primero en lo que pensaron muchos», admitía una vecina recientemente, tras asegurar que el concejal arrastraba cierta «fama de mujeriego» desde su juventud.

El perfil de Ardines en la web municipal concluye con un par de frases sobre ese oficio de político que él creía transitorio, un mero paréntesis antes de recuperar su vida normal. «Mi gran aspiración -decía- es salir de este paso puntual por la política con la conciencia tranquila, tratando a todos por igual indistintamente de su ideología. ¡Espero acertar!».