La Guardia Civil investigaba desde abril la desaparición de Jesús Mari

Agentes de la Guardia Civil en las inmediaciones de la casa de la persona detenida. /EP
Agentes de la Guardia Civil en las inmediaciones de la casa de la persona detenida. / EP

Ante las repercusiones públicas que ha adquirido el macabro crimen, los mandos recuerdan a los agentes la prohibición de filtrar datos, a riesgo de una sanción penal

M. PÉREZ | J. C. ROJO

¿Cómo es posible que si Jesús María Baranda desapareció en febrero y sus allegados lo consideraron desde el principio como una ausencia forzada -en otras palabras, un secuestro o un crimen- hayan transcurrido siete meses sin dar con su paradero hasta que su cráneo fuera descubierto de manera casual hace una semana dentro de una caja? ¿Nadie investigó nada pese a las inconexiones que arrojaba el caso, las excusas a veces escasamente verosímiles de su pareja -acusada y en prisión-, la denuncia presentada por sus familiares o la desesperación de uno de sus primos, que acudía cada semana a preguntar al cuartel de la Guardia Civil?

Ese es uno de los interrogantes que se hacen en Castro Urdiales los amigos y vecinos de este exempleado de banca de 67 años muerto presuntamente a manos de su novia, Carmen Merino, de 61 años, aunque no se descarte la posible participación de terceras personas a tenor de la forma en que su cuerpo fue decapitado y el resto del cadáver ocultado hasta el punto que sigue sin aparecer. Pero la respuesta a esa pregunta es sencilla: la Guardia Civil sí investigaba. Al menos lo hacía desde la segunda semana de abril, cuando los primos de la víctima presentaron una denuncia. Aunque antes ya habían acudido preocupados al cuartel y a los juzgados, y fuentes próximas al caso consideran que a nivel policial ya se estarían metabolizando las dudas que les trasladaban los allegados; sospechas fundadas sobre la falta de datos del paradero del pensionista y los mensajes que aparentemente éste les enviaba a sus móviles, improbables, carentes del léxico y la confianza que hubiera puesto el fallecido en su redacción.

Muestra de ADN

Los agentes han dado pasos en este tiempo. De hecho, se cree que Carmen Merino entregó la cabeza a una amiga dentro de una caja, bajo promesa de que no la abriría, al presumir que la Guardia Civil iba tras sus pasos. Según ha averiguado este periódico, algunos agentes acudieron a la vivienda de Jesús Mari, en el número 12 de la calle Padre Basabe, para recoger una muestra de ADN del desaparecido. También le pidieron a su pareja el móvil, pero esta dijo que se le había roto. Según su relato, la víctima, «de viaje en Asturias y Galicia», se hizo con un teléfono prepago para enviar los mensajes. La Guardia Civil llamó a ese número. Contestó una mujer desde Barcelona, confirmó este viernes un allegado del fallecido. Posiblemente, alguien a quien la compañía operadora asignó el número después de que el terminal prepago fuera desactivado.

El instituto armado averiguó también que Carmen había hecho tres movimientos bancarios en las cuentas de su pareja, a las que éste mismo le dio acceso en el pasado. Y expertos en este tipo de casos opinan que los agentes habrían seguido estos meses manteniendo a la mujer en su radar y vigilando detalles cómo los movimientos del coche del desaparecido, aparcado durante largo tiempo en la calle pese a que disponía de una plaza de garaje en el edificio donde residía la pareja.

Jesus Mari tiene varios parientes en Castro, Sámano y Helguera, de donde realmente era oriunda la familia. Reconocen su desesperación cuando desde los juzgados o el instituto armado les comentaban, al principio, que la ausencia del exempleado de banca «entraba dentro de los parámetros de una desaparición voluntaria», explicaba este viernes uno de sus primos.