La espectacular riada siembra Mallorca de muerte y deja sin hogar a 200 personas

La fuerza del agua arrastró decenas de vehículos que quedaron apilados en las calles./REUTERS
La fuerza del agua arrastró decenas de vehículos que quedaron apilados en las calles. / REUTERS

La isla llora a los diez fallecidos mientras los equipos de rescate buscan todavía a un niño desaparecido

J. M. CAMARERO | M. SÁIZ-PARDO

Quienes lo vivieron solo encuentran una palabra para describirlo: «Apocalipsis». El fin del mundo comenzó a llegar al noreste de Mallorca con las últimas horas de luz del martes en forma de un diluvio con una cantidad de agua superior, en algunos lugares, a los 200 litros por metro cuadrado en solo unas horas. Un volumen de precipitaciones inimaginable. Fue un tremendo aguacero imposible de absorber por el terreno, que se cebó con saña en la comarca del Levante de la isla (a 60 kilómetros de Palma), donde las ramblas secas y las montañas pusieron el escenario idóneo para la devastación y la muerte.

A pesar de la 'tormenta perfecta' que se había desatado por sorpresa a las 18.00 horas, ningún vecino del triángulo maldito formado por los municipios de Sant Llorenç des Cardassar, Arta y S'Illot pensó que lo peor estaba todavía por llegar con la caída de la noche y la madrugada. Incluso cuando el aguacero parecía remitir. Pasadas las 20.00 horas, los torrentes secos que rasgan toda la zona se convirtieron en avenidas de agua nunca antes vistas. En «verdaderos tsunamis» que llegaron de improviso, en palabras de los testigos.

Avalanchas de barro que a su paso acabaron con la vida de diez vecinos, seis hombres y cuatro mujeres. El balance es provisional porque todavía se busca a un niño de cinco años , cuya madre, que salvo a otra hija de ocho, se cuenta entre las víctimas mortales. Algunos fallecieron atrapados en los coches, otros en los bajos de sus casas o cuando intentaban escapar nadando de los aludes de lodo y agua. Otros cuerpos aparecieron casi en el mar, arrastrados por el barro.

'Zona cero'

Casi todas las víctimas perecieron en la 'zona cero', el pueblo de Sant Llorenç y sus inmediaciones. La ubicación de este municipio, de apenas 8.000 habitantes, le situó en el centro de la furia. El pueblo está construido justo en la confluencia de dos torrenteras que desembocan -después de alguna modificación hecha por la mano del hombre- en una tercera rambla, la de Ses Planes, en pleno casco urbano. Este torrente, convertido durante horas en un río salvaje desbordado, fue la tumba de casi todas las víctimas y eso que su cauce estaba bastante limpio en previsión de lluvias copiosas.

Afectados por las inundaciones, en un polideportivo. La riada llegó a sus máximas cotas durante la noche. . Un hombre ayuda a una anciana a caminar por el lodazal.

A lo largo de los más de once kilómetros que recorrió hasta su desembocadura en el mar, junto a S'Illot (que es precisamente donde se busca el cuerpo del niño desaparecido), el torrente engulló literalmente todo. Las aguas del Ses Planes, ayudadas por un descenso de 80 metros, se volvieron especialmente virulentas. Casi aguas bravas. Su cauce habitual, de apenas dos o tres metros, llegó en algunos puntos a más de un centenar.

El aluvión, en su origen, comenzó convirtiendo las calles de Sant Llorenç en ríos de hasta dos y tres metros de altura. La fuerza del agua provocó pilas de cinco o seis automóviles. Las olas de fango arrasaron la gran mayoría de las casas, reventando literalmente muros de varios centímetros y haciendo saltar las puertas. La mayoría de los vecinos lograron ponerse a salvo subiendo a los pisos altos de las viviendas, incluso escalando hasta los tejados y árboles cercanos. Muchos consiguieron alcanzar las zonas más elevadas del municipio, que se libraron de las principales arremetidas de las aguas, aunque también sufrieron importantes desperfectos.

Una combinación de factores que sólo sucede cada 80 años

Un «cóctel perfecto» de factores meteorológicos desencadenó la tragedia. Así lo definió ayer la agencia estatal Aemet, que aseguró que unas lluvias tan «intensas, torrenciales y persistentes» sólo suceden una vez cada 80 años. La causa hay que buscarla en una gota fría que, junto al viento marítimo del este, muy húmedo y templado, y el aire frío en capas altas de la atmósfera provocó una precipitación sumamente intensa. El martes en el Levante de Mallorca se registraron hasta 232,8 litros por metro cuadrado en la Colònia de Sant Pere (en Artà), 220 en Sant Llorenç des Cardassar y 200,5 en el núcleo urbano de Artà. «Fue una línea de tormentas» que afectó de manera muy potente y duradera a zonas de la isla durante 6 horas. Otro factor que influyó fue el carácter tan local de las lluvias, ya que a ocho kilómetros apenas cayeron 23 litros.

Torrente abajo, la situación fue igualmente dramática. Tras arrasar Sant Llorenç, la riada desbordó puentes, engulló infraestructuras y se comió pedazos de varias carreteras mientras arrastraba como si fueran de papel decenas de coches a las cunetas. Los campos se anegaron en segundos, dificultando aún más la huida de los afectados hacia lugares seguros en las colinas. La tierra no daba abasto para filtrar el equivalente de tres bañeras completas de agua por metro cuadrado.

Con la llegada del día, la envergadura del desastre se hizo evidente. La comarca había sido devastada por la inundación y era casi inaccesible, con once carreteras dañadas. Los destrozos, incalculables, tanto en domicilios como en campos o vehículos. Más de 200 personas lo han perdido todo o casi todo. Sus viviendas son inhabitables y ellos han tenido que dormir en los polideportivos.

Después de una noche de espanto en la que solo los guardias civiles y algunos bomberos pudieron llegar a las zonas más afectadas, ayer la ayuda llegó a raudales. Más de un millar de personas (630 funcionarios, efectivos del Ejército y 400 voluntarios) trabajaron a destajo en la búsqueda de los desaparecidos, la asistencia a los damnificados, la limpieza y la puesta en marcha de servicios esenciales.

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