Condenan a pagar 2.000 millones de dólares a la agroquímica Monsanto a un matrimonio muerto por cáncer

Un cliente, con un envase del herbicida Roundup en una tienda de San Rafael, California./afp
Un cliente, con un envase del herbicida Roundup en una tienda de San Rafael, California. / afp

MERCEDES GALLEGO

Parecen unos viejecitos sanos y adorables, incapaces de matar a una mosca, pero acaban de asestarle al todopoderoso Monsanto una puñalada mortal. Alva y Alberta Pilliod, de 76 y 74 años, enfermos de cáncer, son los héroes de todos los ecologistas que llevan más de medio siglo luchando contra la compañía agroquímica y biotecnológica más odiada del planeta.

Según los ecologistas, Monsanto modifica las semillas de nuestros alimentos, aterroriza a los agricultores que no las usan, arruina los cultivos tradicionales, obliga a comprar los pesticidas que produce para resolver los problemas que ella misma crea y contamina los acuíferos, entre otras perversidades. Ni todas las protestas del mundo han frenado su avance hasta que un jurado de California se ha apiadado del matrimonio Pilliod y ha impuesto un castigo ejemplar a Monsanto.

Los 2.000 millones de dólares -1.800 millones de euros- de indemnización que le han impuesto superan con mucho lo que los demandantes podrán gastar en la vida que les queda, pero les permitirán irse a la tumba con la satisfacción de haber asestado a Goliat una pedrada mortal. Y de camino dejar a sus dos hijos y cuatro nietos un capital para enfrentarse a las enfermedades que puedan sufrir.

La historia empieza en 1982, cuando esta pareja modélica, «sólidos miembros de nuestra comunidad», recordó su abogado, al hablar del analista militar convertido en hombre de negocios y la profesora que llegó a ser directora de la escuela, compró «la casa de sus sueños». Y, «como todo el mundo», quiso mantener su jardín sin malas hierbas. En televisión, el pesticida Roundup sonaba como una buena opción que ni siquiera dañaría a los ciervos y otros animales que se acercaran a su idílico jardín. «Si la etiqueta hubiera dicho que este producto podría causar cáncer, nunca lo hubiéramos usado», lamenta Alva. «Pensaban que podían confiar en la empresa, y se equivocaron», clamó su abogado ante el jurado de Oakland.

Alva tiene que gastarse ahora 21.000 dólares al mes en medicamentos para mantener en jaque al cáncer «o se muere», advirtió con voz grave su letrado. Y lo que es peor: «Monsanto sigue negando que este producto cause cáncer, no acepta su responsabilidad, y esta sentencia es una clara declaración de que tiene que cambiar sus prácticas engañosas», afirmó triunfante al conocer el veredicto.

El herbicida a base de glisofato que les causó linfomas no hodgkianos sigue estando permitido en muchos países del mundo, incluyendo la Unión Europea, gracias entre otras cosas a la actuación de políticos como el exsecretario de Estado de Medio Rural y Agua Josep Puxeu, que, según los cables diplomáticos hechos públicos por Wikileaks, sucumbió a la presión estadounidense para hacer 'lobby' en Bruselas en favor de los transgénicos de Monsanto. La Agencia de Protección Medio Ambiental estadounidense también ha sido cómplice, o cuando menos víctima, de estos engaños y hasta la Organización Mundial de la Salud todavía solo se permite decir que el glisofato «probablemente» sea cancerígeno.

Las acciones de Bayer, que adquirió la empresa estadounidense en junio del año pasado, han caído hasta perder el 44% del valor que tenían cuando se formalizó la fusión, convirtiéndose así en la peor inversión de la multinacional alemana hasta el momento. Y no porque el castigo de 2.000 millones de dólares vaya a aguantar la apelación hasta el Supremo que ya ha anunciado la empresa, donde probablemente se reducirá sustancialmente, sino porque ya es la tercera sentencia multimillonaria que le cae en menos de un año y quedan pendientes en los tribunales las demandas de más de 8.000 enfermos de cáncer.

Las disculpas de Bayer no llegarán más lejos que el dinero. Fusionarse con el fabricante del DDT, el Agente Naranja y el fosfato blanco suponía quedarse con todo el mal karma acumulado en más de un siglo de vida. Le queda, sin embargo, la esperanza de que las malas hierbas nunca mueren.