La madre de la joven holandesa que decidió morir denuncia que su hija no fue tratada en un psiquiátrico

La joven Noa Pothoven./E. C.
La joven Noa Pothoven. / E. C.

Lisette Pothoven asegura que por culpa de «las largas listas de espera» su hija Noa, que padeció durante años depresión, estrés postraumático y anorexia, no pudo ingresar en un centro especializado

Álvaro Soto/ I. ugalde
ÁLVARO SOTO/ I. UGALDEMadrid

La muerte de Noa Pothoven, la holandesa de 17 años años que decidió morir al dejar de alimentarse por no poder superar las violaciones que sufrió cuando era niña, ha abierto una profunda en el país y sembrado la conmoción en el mundo entero. La dura pérdida que ha supuesto para sus padres, Frans y Lisette, se entremezcla con una sensación de frustración, convencidos de que podía haberse hecho más para salvar la vida de la joven. La madre ha asegurado que su hija debió ingresar «en un centro psiquiátrico» pero «las largas listas de espera» lo impidieron. Eso se tradujo en que fuera ingresada en tres instituciones de menores, donde no pudo tratarse eficazmente su trastorno mental.

«No me voy a andar con rodeos: voy a estar muerta como mucho en diez días. Tras años de duelo, mi lucha ha terminado. Por fin voy a ser liberada de mi sufrimiento porque es insoportable. No me intentéis convencer de que esto no es bueno. Es una decisión bien consideraba y definitiva». Así de desgarrador fue el mensaje de despedida en la red social Instagram de Noa, que murió el pasado domingo en una cama de hospital que se había instalado en su casa de la localidad de Arnhem.

El estupor causado por el caso de Noa ha llevado al ministro de Sanidad holandés, Hugo de Jonge, a anunciar que se abrirá «una investigación». «Preguntas sobre su muerte y sobre los cuidados que recibía son comprensibles, pero solo se pueden responder cuando los hechos se hayan aclarado», ha señalado el político, que ha dejado claro que la joven «no fue eutanasiada». «Dejó de comer y alimentarse para poner fin a su sufrimiento».

Pothoven sufrió una primera agresión sexual en una fiesta escolar, cuando tenía 11 años y era una niña alegre que sacaba buenas notas. Tres después, fue violada por dos hombres en un callejón de su ciudad. No denunció «por miedo y vergüenza», pero desde aquel momento, padeció estrés postraumático, anorexia y depresión. Todo ello lo relató en el libro 'Winnen of leren' (Ganar o aprender), en el que contó la imposibilidad de llevar una vida normal.

En esta obra, que fue premiada en su país y sirvió como ayuda a jóvenes con problemas psicológicos, también narró sus continuas entradas y salidas en hospitales para someterse a diferentes tratamientos psiquiátricos y sus intentos de suicidio. La familia reclamó incluso la utilización de la terapia de electroshock, pero la petición fue rechazada. Pothoven reclamó también ayuda en la clínica Levenseinde, en La Haya, donde exploró la posibilidad de someterse a la eutanasia, pero el centro médico rechazó darle ayuda para morir.

«Piensan que soy demasiado joven, que debo completar el tratamiento del trauma y que mi cerebro tiene que estar completamente desarrollado, lo que ocurre a los 21 años. Pero estoy hundida porque no puedo esperar tanto», explicó. «Revivo el miedo, el dolor, todos los días. Hasta hoy, mi cuerpo se siente sucio», escribió.

«El amor es dejar marchar»

En las últimas semanas, Pothoven había dejado de comer y beber y estaba preparada para morir, junto con sus padres, que en estos últimos momentos apoyaban su decisión, y el resto de su familia y amigos. «Se ha decidido que seré liberada. Todavía estoy respirando, pero en realidad, ya no estoy viva», escribió en una de sus últimas reflexiones. «No vivo desde hace mucho tiempo, sobrevivo, y ni siquiera eso. El amor es dejar marchar», dijo como despedida a sus padres. Fue su hermana la que confirmó al periódico holandés AD el fallecimiento de la joven.

Años antes del fatal desenlace, Lisette denunció la burocracia para casos como el de su hija y la falta de centros apropiados para tratar a víctimas de abusos sexuales. La joven había estado ingresada seis meses en una institución en la que fue inmovilizada y aislada para que no se lesionara. «Nunca, nunca más volveré a un sitio así. Es inhumano», escribió. Posteriormente, en una clínica para personas con desórdenes alimentarios, fue alimentada con una sonda nasogástrica.

Aunque la muerte de Pothoven no puede considerarse eutanasia, su caso ha reabierto el debate sobre la muerte asistida. La Ley de Eutanasia holandesa de 2002 permite que se pueda pedir y aplicar en situaciones de sufrimiento psicológico insoportable, ya sea practicada por el médico o como ayuda al suicidio, a través de una sustancia preparada por el facultativo y que toma el paciente.

Tras conocer el caso de Noa Pothoven, el Papa Francisco afirmó ayer en un mensaje de Twitter que «la eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos» y que la respuesta a la persona que sufre tiene que ser no abandonarla. «La respuesta que hemos de dar es no abandonar nunca a quien sufre, no rendirnos, sino cuidar y amar a las personas para devolverles la esperanza», aseguró Francisco en su cuenta en la red social.