Román, herido muy grave

Espectacular cogida en una corrida de Las Ventas

Román, herido muy grave
Agencias
BARQUERITO

En la honda, armada y poderosa corrida de Baltasar Ibán vinieron dos toros del mismo nombre y de reata muy antigua en la ganadería: Santanero. Primero y tercero de sorteo. El tercero fue el más descarado de los dos. A su envergadura se sumó el cuajo de la edad, el aire de toro viejo. Castaño albardado y montado, detalle que iba a condicionar su conducta. La salida fue prometedora, pero al tomar engaño hizo lo que casi todos: apretar con correoso son y sin terminar de pasar.

Fue toro de apretar en el caballo. En la primera vara derribó después de romanear por los pechos y con la montura pegada a tablas sin escape. En la segunda peleó con genio. Se agarró a modo el menor de los hermanos Chocolate, Santiago. Por derrumbarse en banderillas fue devuelto el primer Ibán, lidiado y picado sin acierto ni fortuna. Pegó testarazos sin cuento y, agitado y codicioso, acusó los daños de una deficiente lidia a la defensiva.

El segundo trajo en jaque a todo el mundo después de venirse cruzado antes de varas, donde cobró mucho y empujó. Fue uno de los dos claros de la corrida. Pepe Moral lo pasó a muleta desplegada y sin confianza. Después, asomó el tercero, que en banderillas se definió: tardo, reservón, receloso, a la espera, listo. Los intentos por sacarlo de las rayas de Raúl Martí, que lidiaba, no hicieron provecho. El palco hizo pasar a los banderilleros seis veces.

En la sexta pasada salió prendido, volteado y pisoteado El Sirio, tercero de cuadrilla. Como fuera, se hizo de ánimo Román, que había entrado en el cartel en sustitución de Emilio de Justo. Con ese ánimo, serio desenfado, y un atreverse sin miedo, vivió la faena de mayor trágala de la feria. Los trallazos de protesta de toro escamado y artero no hicieron mella en Román, sino que hasta parecieron espolearlo. Firmeza de Román, la muleta al hocico, gobernado el primer viaje, ligado y aguantado el segundo, pero de este, o del de pecho, salía suelto a querencia el toro, y a plantarse en ella sin dejar de medir. La agresividad latente se dejaba sentir, pero fue un quién dijo miedo: Román se puso por la izquierda antes de ir por la espada. Era misión imposible. A la hora de cuadrar, el toro recién huido a tablas, había acabado en el punto opuesto donde había empezado el combate, tan severo y fragoroso. En la suerte contraria, Román atacó sin que el toro descolgara, la espada entró hasta el puño pero en ese momento salió prendido, zarandeado y volteado. Brutal.

Iba hora y media de festejo. Tocó seguir. Con todo su trapío, el cuarto, que galopó al caballo, resultó de suave son. Curro Díaz se fue frente a la puerta de la enfermería y sobre la tabla cimera dejó la montera. Brindis a Román. El detalle conmovió a la gente. Curro se entendió con el toro sin pruebas. Una primera tanda de cara pinturería y tres tandas cortas en redondo, bien rematadas y traídas, mecidas, espaciadas, calmosas. Una estocada soltando engaño.

Después de la tragedia, parecía otra la corrida. No por mucho tiempo: el quinto, pájaro de estampa soberbia, castigadísimo en el caballo, sorprendió a Pepe Moral en renuncio manifiesto. Con el sexto, que se orientó de partida, volvió Curro Díaz a estarse sereno y refinado. Solo que ese último fue de apenas medias embestidas y muy poco querer.