(R)evolución

ANA EROSTARBEPeriodista Colectivo Doce Miradas

El feminismo es esa idea revolucionaria que defiende que mujeres y hombres merecemos los mismos derechos y oportunidades. Nada más y nada menos. Tan avanzado es este pensamiento que, a día de hoy, no existe país que pueda presumir de haber alcanzado la igualdad. Y hay 194. Son frecuentes, sin embargo, las voces que nos piden paciencia a las mujeres. Más paciencia... También aquellas que nos recuerdan la responsabilidad de anteponer a nuestras demandas cuestiones más urgentes. Cuestiones, se deduce, más importantes que una huelga incómoda que nos recuerde tantos siglos de ninguneo y agravio.

Tan transgresor ha sido históricamente este reclamo de la igualdad que trascendió a la propia reina de las revoluciones; la que en 1789 defendía los nuevos ideales: libertad, igualdad… fraternidad. Porque también entonces se pidió a las mujeres, tras embarrarse faldas e ilusión en las barricadas, que esperaran. «La mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe tener también el de subir a la tribuna», demandó Olympe de Gouges. Pronto comprendería que solo la redacción de una declaración de la Mujer y la Ciudadana nos incluiría a empujones en el nuevo escenario de derechos que se estaba dibujando. Fue suya también la clarividencia de esta maravillosa frase: «Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta».

Cruentas o pacíficas, las revoluciones son expresiones multitudinarias que provocan un cambio social en los fundamentos. Concitan a quienes sufren en su piel la injusticia y a quienes, desde el privilegio y el mandato de la conciencia, se unen a la llamada. Concentran demanda de transformación hacia un mundo mejor, más justo, más igual. Concentran, en suma, demanda de evolución. ¿Y qué es lo que está sucediendo hoy con las mujeres en el mundo sino esto?

Tal día como hoy hace un año, esta revolución vivía su particular toma de la Bastilla al activarse en más de 170 países. Hoy, una «vuelta» más tarde –del latín «revolutio»– aquí seguimos. Toda una marea de mujeres ocupando la calle. Resistiendo la resaca de las voces sin sonrojo que defienden la involución y, sobre todo, lanzando cabos a quienes han entendido la injusticia de la que son partícipes y su trascendencia. Porque solo tendiendo puentes podremos sacar el mejor partido para el futuro que nos viene.

¿Pero qué queremos las mujeres? Honestamente, no es tan difícil de entender ni de lograr. Queremos ocupar el centro de lo público y de lo privado. No la graciosa periferia de uno y el pesado protagonismo de lo otro. Y con la hartura de tanto pedir permiso y por favor, ya no pedimos. Ahora exigimos acción y cambio. Evolución. Si no es ahora, ¿cuándo?