Aniversario de la llegada del hombre a la Luna

El primer hombre que escuchó a Armstrong en la Luna

Carlos González brinda en la estación de Fresnedillas con sus compañeros después del alunizaje del Apolo 11/Cortesía Next Door
Carlos González brinda en la estación de Fresnedillas con sus compañeros después del alunizaje del Apolo 11 / Cortesía Next Door

El español trabajaba en la estación de Fresnedillas y supo que la nave había alunizado con éxito un instante antes que el resto de la NASA

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Cuando los tres astronautas partieron desde Cabo Cañaveral a bordo del Apolo 11 para llegar a la Luna por primera vez en la historia de la humanidad, había un español que se encargaba de todas las comunicaciones durante el alunizaje desde la estación de la NASA en Fresnedillas de la Oliva (Madrid). Carlos González era uno de los técnicos de operaciones y mantenimiento de la agencia espacial norteamericana, una pieza de crucial importancia en esta misión.

«La comunicación de voz entre los tripulantes y Houston era imprescindible para bajar a la Luna», recuerda González, que se ocupaba del buen funcionamiento de los receptores, que captaban la señal de los astronautas, y de los transmisores, que mandaban la de la base terrestre. Los controles, aunque eran la última tecnología para la época y había sido desarrollada específicamente para ese proyecto, suponían un amplio conjunto de botones y manivelas que González debía manipular a pulso, guiado por un osciloscopio, hasta llegar a la frecuencia correcta.

Una vez encontrado el punto exacto en el ruidoso espectro, debía lograr que la señal no se perdiera y que no la anularan las interferencias. De lo contrario, Armstrong no pisaría con éxito nuestro satélite.

Desde esa consola intermedia entre la Luna y Estados Unidos, González y sus compañeros asignados al proyecto Apolo en España, «unos 20» en total, fueron los primeros que escucharon, antes incluso que los norteamericanos, las primeras palabras pronunciadas por un hombre desde suelo lunar.

«Houston, aquí base La Tranquilidad, el águila ha aterrizado», dijo Armstrong. La voz llegó a la Tierra casi un segundo y medio después de que Armstrong hablara. Desde Fresnedillas hasta Houston tardaron medio segundo más.

«El retraso se debe a que la señal tarda en recorrer la distancia entre la Luna y la Tierra: 400.000 kilómetros», explica hoy González, que trabajó en la NASA durante 43 años. «La consecuencia fue que nosotros fuimos los primeros en oír que el módulo se había posado en la Luna».

El éxito del paseo lunar, no obstante, pareció amenazado en dos momentos. El primero cuando saltó una alerta que advertía que la nave no podría aterrizar de forma automática. Significaba que Armstrong tendría que hacerse cargo de los mandos, según el libro 'El gran salto al abismo' (Next Door), en el que Jesús Sáez novela la vida de González. El otro, cuando la cápsula se quedaba sin energía. «Teníamos el convencimiento de que iba a salir todo bien», responde González. «Sin embargo, conforme veíamos que se acercaban a la superficie lunar, que se acababa el combustible y no encontraban el lugar adecuado, aumentaba la tensión. Recuerdo que había gente poniéndose azul por contener el aliento, y que alguien gritó en inglés: '¡Chicos, posaros ya!'».

Risas en Fresnedillas

Con el Apolo 11 alunizado, González se relajó. «La responsabilidad de que funcionara todo bien estaba por encima de la emoción, pero cuando estoy mirando mi receptor, y oigo a Armstrong anunciar que 'el águila se ha posado', noto una descarga emocional y me digo: 'ya está; sí, lo ha conseguido'. Confirmado el alunizaje, González escuchó que desde Houston contestaron a los astronautas: 'Gracias, os vemos en la Tierra'.

«Cuando ellos llegaron, quisieron salir inmediatamente», recuerda González. Pero Houston les ordenó permanecer en la nave: el plan de vuelo especificaba aguardar seis horas. «'Los médicos recomiendan dormir un poco', les dijeron. Y nosotros en Fresnedillas nos reímos al escucharlo. ¡Han hecho dos años de entrenamiento, un viaje a la Luna y un alunizaje que ha tenido sus cosillas, y les dicen que tienen que dormir! Los nervios no les dejaban, era imposible».

¿Por qué debían permanecer inactivos durante ese tiempo? «El hecho de que Armstrong pisara la Luna se iba a televisar en directo a todo el mundo, y el Gobierno de Estados Unidos quería que la hora no fuera ni demasiado pronto ni muy tarde en todo su territorio, que es muy grande. Y hallar esa hora razonable hizo que los astronautas esperaran y que nosotros lo viéramos a las 3:56 de la madrugada (del 21 de julio de 1969)».

Celebrar con cerveza

Cuando Neil Armstrong dijo su célebre frase –«esto es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad»–, González estaba ya en casa de su madre viendo la histórica caminata lunar por televisión. Su turno había terminado con la traslación del satélite y su órbita sobre el oeste de Estados Unidos, desde donde correspondía entonces mantener las comunicaciones con los tripulantes del Apolo 11.

«A partir de ese momento los americanos hicieron el seguimiento y nos dijeron que podíamos irnos a casa, que lo habíamos hecho muy bien», cuenta González, que empezó su labor en la agencia espacial con la misión del Apolo 7, la primera tripulada. «Mi madre preparó unas rajitas de chorizo, trocitos de pan, frutos secos y compró cerveza. 'Hay que celebrarlo por todo lo alto', dijo. Con mi padre y mis hermanos lo vi en familia. Estaban muy contentos. Era como si yo hubiera puesto el cohete en la Luna».

En más de cuatro décadas de trayectoria en la NASA, González vivió la gloria de la llegada del hombre a la Luna, pero también momentos muy amargos, como las operaciones de rescate del Apolo 13 y el estallido del Challenger.

La gloria y la tragedia en la conquista del espacio

Desde la consola de comunicación de Fresnedillas, Carlos González vivió en primera línea una de las mayores tragedias de la carrera espacial, el estallido del Challenger el 28 de enero de 1986. Con la muerte de sus siete tripulantes el público recordó que la conquista del espacio nunca había sido una cuestión de rutina. «Estábamos esperando para recibir la señal, porque el Challenger se comunicaba con Bermudas al despegar y a los pocos minutos con Madrid. Oímos el despegue y 73 segundos después las líneas quedaron en silencio total. Llamé a Houston y me dijeron: 'Tenemos una contingencia excepcional'. No añadieron nada más».

Hay otro momento que González considera aún más dramático: el rescate de los tripulantes del Apolo 13, en abril de 1970. «Cuando sucedió el accidente, yo ya había terminado mi turno, pero me di la vuelta y estuve en la estación los siguientes cinco días monitorizando las señales. Ver cómo los rescataban del océano y que estaban vivos supuso una emoción incontenible». Incluso desde los controles de la NASA en Madrid la exploración espacial ha sido una gran aventura.

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