El perro que canta jazz

A veces un saxo y un ladrido nos recuerdan que hay otra forma de medir el tiempo

JON URIARTE

-Ahora no lleva el ritmo, pero suele hacerlo-.

La sonrisa que cierra el comentario nos confirma lo que dice su mirada. Ama a ese perro. O compañero, debería decir. Hay más fieles entre los de cuatro patas que entre quienes caminan sobre dos. Bien lo sabe Salva. Uno de esos músicos que decidieron convertir las aceras en un escenario sin paredes, ni techo. Hoy, por fin, sale el sol. Raro en un Madrid que últimamente tiene envidia de Bilbao y exprime las nubes. Por eso hacía tiempo que no veía a Salva y a su partenaire. Al saxofonista y al perro que canta jazz.

Antes de nada les invito a que vean el vídeo que nos acompaña. Está grabado de manera torpe, por un servidor, hace dos días. No es el mejor momento del dúo, quizá porque había un grupo de turistas cuyos gritos apenas dejaban huecos para insertar un puñado de notas. Por fin llegó una pausa en el rugido de la marabunta. Y sonó el saxo. Nada raro. Un músico callejero. Salvo por el detalle de quien ponía garganta a la melodía. Golden. Un ejemplar de 7 años y aspirante a una raza que pudo ser y por poco no fue. Ni falta que le hace, la verdad. No ha nacido para mostrar palmito en competiciones caninas o embarazar a perras pijas. Lo suyo es el arte. A eso se dedica. Por eso, siempre que visito Madrid y voy cerca del Paseo del Prado, me dejo caer por allí.

Puedo llevar el día torcido o la semana desigual, pero es verles y siento una curiosa sensación. El de que siempre quedará un hueco para una vida diferente. Esa que parece cine. Pero de los de antes. Donde la pantalla se llenaba de extraños animales, dibujados por manos humanas, que hablaban a los abiertos oídos infantiles. Golden podría haber sido uno de los colegas de Pongo, el padre de los «101 Dálmatas». Pongamos que fuera un primo de Coronel, can de aire marcial, y del Sargento Tibbs, que será gato pero tiene alma de perro. O, ya que mencionamos también felinos, no desentonaría junto a Scat Cat y su banda, amigos y cómplices del gato de arrabal O'Malley. Y puestos, podría cantar con ellos aquello de «Todo el mundo quiere ser un Gato Jazz». Porque también Golden puede cambiar de familia animal. El arte todo lo permite. Además tiene pinta de saber más de callejones que muchos mininos. Por eso, cuando le escucho junto a Salva, vuelvo a sentir aquella mencionada sensación del ayer. La de las voces que me hablaban cuando se abrían las cortinas y las luces se apagaban. Bien pensado hasta Salva lo subraya aportando un aire cinematográfico al asunto, con un sombrero que podría llevar Roger Radcliffe, dueño del dálmata Pongo. Y, por si fuera poco, está el lugar. Un banco a escasos metros del Congreso de los Diputados.

Tenía que ser allí. Con todo lo que se ha vivido estos días en la casa de los leones que guardan las leyes. No imagino mejor sitio que ese para que un perro y un hombre canten a los vientos mientras otros viven tempestades. Son las cosas de esta vida que, en el fondo, siempre tuvo venas cargadas de sorna. No sé de dónde es Golden. Salva me cuenta que es de Segovia.-En realidad soy de aquí y de allá. De todas partes-. Lo que viene siendo el pasaporte habitual del emigrante entre los emigrantes. El que no se fue de un país o pueblo, sino de ese lugar que llaman «vida normal». Desconozco sus motivos. No los pregunté, porque no tengo derecho. Cada cuál elige su senda o intenta caminarla como puede o le dejan. Pero les veo bien. Como dos artistas que disfrutan de lo que hacen. Y de paso alegran un rato a los demás. El que transcurre mientras pasamos cerca de ellos. O más tiempo. Como me sucede a mí. Tuve perros que hacían gracietas y eran capaces de atender y cumplir órdenes sorprendentes. Pero no es aplicable a este caso. Es...otra cosa.

No parece que hayan enseñado a Golden a actuar así. Estoy seguro que un día le dio por ahí. Y que, vista la reacción de Salva y del respetable, decidió convertirlo en oficio. O en vicio. Porque es escuchar una melodía y llenarla de ladridos. En su justa medida, ojo. Para no molestar y encajar siempre en el compás. Un crack. Los habrá mejores. Perros que cantarán como un humano y se moverán con más garbo que Bustamente en «Mira quién Baila». Pero yo prefiero a Golden. Es más sincero. Más real. Y, qué cosas oiga, más humano. En medio de estas ciudades donde nadie tiene un minuto para nadie, satisface saber que un hombre y su perro siguen a su ritmo. Marcando su camino y, sobre todo, su propio tiempo.

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